Entrelazó los dedos con los suyos, le hizo alzar los brazos por encima de la cabeza y fijó la mirada en su rostro:
– ¿Estás segura de que quieres que sigamos?
Claire no abrió los ojos: se limitó a sonreír.
– Sí.
– Mírame -le pidió Will. Claire obedeció y se quedaron mirándose fijamente los dos.
– ¿Te gustaría dormir? -le preguntó.
– Sí -contestó ella.
Will dio media vuelta, se levantó y permaneció al lado de la cama. Si iba a disfrutar de una noche de pasión con Claire O'Connor, quería que fuera una noche que ambos recordaran, una noche que durara más que una hora o dos. Se inclinó hacia delante para arroparla.
– Mañana me darás las gracias -susurró mientras le quitaba los zapatos-. Y no te equivoques conmigo. Me gusta el sexo, pero soy capaz de controlar mis impulsos. Aunque mentiría si dijera que no me está matando tener que salir de este dormitorio -le abrochó con mucho cuidado la blusa-. Estoy seguro de que esta noche no voy a poder dormir.
Se inclinó y rozó sus labios con un beso.
– Lo dejaremos para otro momento.
– Sí, para otro momento -susurró ella con una sonrisa.
Will abandonó el dormitorio, cerró la puerta tras él y cruzó el pasillo hasta llegar a las escaleras. Al pasar por el salón, agarró la copa de vino y la botella vacía antes de dirigirse a la cocina.
Aunque era tarde, no estaba cansado. La verdad era que estaba tan excitado, que le extrañaría ser capaz de dormir. O de pasar toda la noche encerrado en su habitación, pensando en la preciosidad que tenía en el piso de arriba y sabiendo que, si quería, podría entrar en la habitación y meterse con ella en la cama.
– ¿Ha resultado ser una mujer desenfrenada y salvaje?
Will giró sobre sus talones y descubrió a Sorcha en el marco de la puerta. Llevaba una túnica blanca atada con un cinturón y una corona de acebo en la cabeza.
– ¿Qué demonios estás haciendo aquí?
– Simple curiosidad -replicó. Cruzó la habitación y se colocó en frente de él-. Quería saber si me hechizo había funcionado.
– No -mintió-. ¿De verdad esperabas que lo hiciera?
Sorcha frunció el ceño y lo miró fijamente, como si le estuviera intentado leer el pensamiento.
– ¿Por qué no crees en mis poderes, Will? Son auténticos.
– Sorcha, es tarde y necesito dormir. Vete a tu casa.
– No puedo. Tengo que ir al círculo de piedras a hacer un conjuro. Maggie Foley quiere tener nietos y me está pagando para que haga rituales de la fertilidad durante una semana para sus tres hijas.
– Pero has preferido venir aquí a molestarme.
– Si no crees en la magia, es imposible que funcione -alargó la mano hacia su bolso, sacó una botella y la abrió-. Toma, es posible que te venga bien. Vas a necesitar toda la ayuda que puedas encontrar.
– ¿Qué es esto?
– Agua del manantial del Druida. Utilízala. Si no encuentras pronto a una mujer, creo que terminarás volviéndote loco. No es bueno que un hombre reprima toda esa energía sexual.
– Tanto tú como el resto de los habitantes de Trall sois los culpables. Tú fuiste la que me propuso como candidato a Soltero más Codiciado. Pensasteis que serviría para hacer publicidad de Trall, pero lo único que conseguisteis fue arruinar mi vida social.
– El agua podría cambiar eso -dijo Sorcha.
– No hay ningún manantial del Druida. Seguro que esa agua es del grifo de tu casa.
Vació la botella de agua en el fregadero y se la devolvió.
Sorcha se encogió de hombros.
– Muy bien, como tú quieras -se volvió hacia la puerta.
– ¿Vas a revocar el hechizo? -le preguntó Will.
Sorcha se volvió lentamente hacia él con una sonrisa de satisfacción.
– Crees en mis poderes, pero no quieres admitirlo. Yo ya he hecho mi trabajo, el resto, depende de ti.
Y, sin más, se marchó. Will rió para así. Así que a lo mejor había algo de verdad en el hechizo de Sorcha. Dejaría que Claire descansara del viaje y se recuperara de los efectos del vino durante esa noche. Pero al día siguiente, pensaba llegar hasta el fondo de la intensa atracción que se había despertado entre ellos. Y después averiguaría si realmente los supuestos poderes de Sorcha tenían algún efecto en él.
Claire se despertó lentamente y abrió los ojos en una habitación iluminada por el sol de la mañana. Al principio, no estaba segura de dónde estaba. Volvió a cerrar los ojos, convencida de que estaba soñando, pero se dio cuenta de que no estaba dormida. Apoyándose sobre un codo, miró a su alrededor. No, no estaba en su dormitorio. Estaba en Irlanda. Pero aquélla no era la habitación que le habían asignado. Tampoco veía su equipaje por ninguna parte… Poco a poco, fue recordando lo ocurrido la noche anterior.
– Oh, no -musitó.
¿Sería aquel el dormitorio de Will? ¿Había pasado la noche en su cama? Miró bajo las sábanas y suspiró aliviada. Todavía estaba vestida, aunque tenía la blusa mal abrochada.
– Así que no hice ninguna estupidez -frunció el ceño-. ¿Y por qué no hice ninguna estupidez?
Llamaron a la puerta y Claire se levantó inmediatamente de la cama. Intentó alisar las arrugas de la blusa y se pasó la mano por el pelo antes de abrir y descubrir a Will al otro lado, con una bandeja.
– Te he preparado un café -le dijo-. He pensado que podrías necesitarlo.
Claire se frotó la sien, repentinamente consciente de que le dolía.
– ¿Qué hora es?
– Las doce. Las seis de la mañana en Chicago. Pero si lo prefieres, puedo traerte el café más tarde. Te he dejado las maletas en el pasillo.
Claire hizo un gesto, invitándole a pasar, y se sentó al borde de la cama. Will colocó la bandeja en una mesita y se la acercó. Le sirvió café en la taza.
– Tienes leche y azúcar -dijo, señalando la bandeja.
– Lo prefiero solo -bebió un sorbo, mirándole por encima del borde de la taza-. ¿Qué pasó anoche?
– ¿No te acuerdas?
– Vagamente. Pero no bebí tanto. Sólo un par de copas de vino.
– Creo que estabas más cansada que bebida -dijo Will-. Te quedaste dormida, te traje a esta habitación y…
– ¿Y?
– Y te metí en la cama.
– ¿Y eso fue todo?
– Sí. Bueno, no del todo. Estuvimos tonteando un poco antes de que te quedaras dormida.
– Define «tontear». No quiero que haya malentendidos.
Will le tomó la mano y jugueteó con sus dedos mientras hablaba.
– Nos besamos, nos acariciamos y allí acabo todo. Tú me invitaste a pasar la noche contigo, pero no quise aprovecharme.
– Qué noble por tu parte.
– No, no tan noble. Créeme, consideré seriamente la posibilidad de aceptar tu ofrecimiento. Y me he pasado la noche deseando abofetearme por no haberlo hecho. Vivo en una maldita isla. No se ven mujeres tan guapas por aquí todos los días.
– Lo siento -dijo Claire.
– ¿Qué es lo que sientes?
– Haberle alentado. La verdad es que no he venido aquí para… Bueno, aunque te encuentro muy… -Claire bebió rápidamente otro sorbo de café.
¿Por qué le costaba tanto decirle que no le deseaba?, gimió Claire para sí. ¿Quizá porque deseaba a Will Donovan más de lo que jamás había deseado a un hombre en su vida?
– Has venido a la isla a pasar unas vacaciones -dijo Will. Se levantó lentamente-. Si quieres, puedo llevarte hoy a recorrerla.
– Gracias, pero pensaba ir al pueblo dando un paseo y hacer algunas compras.
– Procura abrigarte. Hace mucho frío.
Claire le observó atentamente mientras salía de la habitación, cerrando la puerta tras él. Soltó entonces la respiración. La verdad era que le habría encantado pasar el día entero con Will, acurrucada frente a la chimenea, bebiendo vino y aprendiendo a conocerse… más íntimamente. Pero había viajado hasta Trall con intención de encontrar el manantial del Druida. Y si quería lograr su objetivo, tendría que realizar algún trabajo de investigación. La primera persona a la que debería ver era la sacerdotisa druida que el capitán Billy había mencionado.
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