– No deberías haber venido. Te dije que me esperaras…
Griffin no había dejado de arrepentirse por haber tomado la decisión de volver a su época. Sabía que su sitio estaba con ella, no en ninguna venganza absurda, y ahora se sentía culpable por haberla puesto en peligro.
Remó con todas sus fuerzas, y tras un periodo de tiempo indeterminado, que le pareció una eternidad, alcanzó la playa. Aún podía oír los disparos en la distancia y no podía saber quién iba a ganar, pero debía confiar en los libros de historia de su Amanda. De ser así, los piratas serían capturados y Merrie y él estarían a salvo.
– No me dejes, Merrie. He viajado por el tiempo para encontrarte y no pienso perderte ahora.
Al examinar su herida, observó que no era tan grave como había pensado. La bala le había atravesado el brazo, pero sin rozar el hueso, y ya no sangraba tanto.
Sacó el barril de agua que siempre llevaban en la barca y lo abrió. El olor a ron llegó hasta él.
– ¡Maldita sea, espero que el otro barril tenga agua! Pero usaré el ron para curarte.
Afortunadamente, el otro barril sí tenía agua. Le limpió la herida y rompió su propia camisa para vendaría. Cuando terminó, se aseguró de que estuviera tan cómoda como fuera posible.
– Mañana por la mañana pasará algún pesquero y nos verá, pero me temo que esta noche estaremos tú y yo solos… Despierta, Merrie, abre esos preciosos ojos verdees que tienes. Despierta y mírame, por favor.
El sol de la tarde era bastante cálido, y la brisa, apenas perceptible. Sin embargo, sabía que dé noche refrescaría y se alegró de que en la barca también hubiera algunas mantas.
Entonces, ella abrió los ojos y lo miró.
– ¿Griffin?
– Hola, Merrie…
– Estás vivo… te he echado tanto de menos…
– Y yo a ti. ¿Pero cómo te sientes? Meredith frunció el ceño.
– Me duele el brazo… ¿Qué ha pasado?
– Nada por lo que debas preocuparte ahora. Estarás bien. No dejaré que te ocurra nada malo.
– Bien…Estoy bien… el niño y yo estamos bien…
Ella empezó a hablar con dificultad, como si apenas pudiera mantenerse consciente. Y enseguida, se desmayó.
Mientras ella dormía, Griffin encendió un fuego en la base de una duna. Era lo suficientemente grande como para calentarlos, pero no tanto como para llamar la atención en la distancia.
Habían transcurrido varias horas cuando Meredith abrió los ojos de nuevo y se sentó.
– Pensé que te habías marchado…
– Estoy aquí, contigo. No te abandonaré, te lo prometo -dijo él. Griffin la abrazó y añadió:
– No, nunca te abandonaré. Cuando perdí a Jane, me quedé sin fuerzas, sin motivos para, seguir viviendo. Buscaba una forma de apagar mi dolor, así que me dio por beber y por acostarme con todas las mujeres que podía, y después, por perseguir a Teach. Pero tú tenías razón. Él no fue responsable de la muerte de mi padre. Y creo que lo he sabido desde el principio.
Él la acarició y se detuvo un momento antes de continuar. Meredith se había vuelto a desmayar, pero siguió hablando de todas formas.
– Cuando te encontré, todo cambió. Me salvaste la vida y hoy lo has vuelto a hacer, pero lo más importante es que me has salivado con tu amor. Te amo, Merrie. Y espero poder decírtelo muchas veces, cuando puedas oírme.
El estado de Meredith empeoró durante la noche. Tenía fiebre y decidió quitarle una de las mantas, pero empezó a temblar de tal forma, que se la puso otra vez. Hablaba en sueños. Decía cosas inconexas sobre piratas y bebés, sobre Kelsey y sobre el huracán Delia.
Por fin, se relajó un poco y su sueño se hizo más tranquilo. Pero, a pesar de ello, Griffin no se durmió. Permaneció allí, mirándola, hasta el amanecer. Y en algún momento, empezó a rezar y a pedirles a todos los dioses que salvaran a la única mujer que había amado. A la mujer que tenía su corazón y su alma en un puño.
Meredith abrió lentamente los ojos y se preguntó dónde estaba. Sintió el contacto de las mantas, suspiró y pensó que sería mejor que siguiera durmiendo un poco más; pero una fría ráfaga de viento golpeó su rostro, y para empeorar la situación, las gaviotas no dejaban de chillar.
Le dolía la cabeza. Pero aún peor que la
Jaqueca era el intenso dolor que sentía en su brazo derecho.
– ¿Qué ha ocurrido?
– Te has despertado… ¿Cómo te sientes?
– ¿Griffin? ¿Eres tú? -preguntó.
– Claro que soy yo, mi amor.
– Oh, Griffin…
Griffin se arrodilló a su lado y le acarició el pelo, mirándola con preocupación.
– ¿Dónde estamos?
– En Ocracoke. Pero me temo que en mi Ocracoke, no en la tuya -respondió él.
– ¿Y qué ha pasado?
– Te hirieron durante la batalla y esta noche has tenido fiebre, pero ahora estás mejor.
– Ah, sí, ahora lo recuerdo. Viajé en el tiempo como tú. Te estaba esperando y pensaba que no volverías, que te había perdido para siempre… Pero, de repente, el cielo cambio de color y me encontré en el Adventure.
Él la besó con suavidad.
– Cuando te vi., no pude creerlo. Estaba muy enfadado contigo, por haberme desobedecido y por haberte puesto en peligro.
– No te he desobedecido. Anoche fui a la playa, como habíamos quedado, para esperarte. Pero el destino decidió jugarnos
Una mala pasada… Y aunque te hubiera desobedecido, te recuerdo que soy libre de hacer lo que me venga en gana. Griffin rió.
– Sí, ya veo que estás mejor; vuelves a ser la misma de siempre -declaró-. Además, creo que me alegro de que hayas venido. Es posible que me hubieran matado si no llegas a aparecer en el barco. Es posible que me hayas salvado la vida por segunda vez.
– Por supuesto. No quería perderte. No quiero volver a alejarme de ti, Griffin.
– Ni yo de ti, mi amor.
– Bueno, no te preocupes. Ahora estoy a tu lado y no pienso marcharme a ninguna parte -dijo, apretándose contra él-. Por cierto, ¿cuánto tiempo llevamos aquí?
– Desde la batalla -respondió él. Instintivamente, Meredith se llevó una mano al vientre.
– ¿Y el niño? ¿Está bien?
– Merrie, estás delirando. Aquí no hay ningún niño.
– Por supuesto que sí; El nuestro.
– Creo que será mejor que vuelvas a cerrar los ojos y que sigas durmiendo. Es evidente que aún estás bajo los efectos de la fiebre.
– ¿Es que no te he dicho lo del niño? – preguntó ella-. Ya no soy capaz de distinguir los sueños de la realidad… Estaba segura de habértelo dicho, pero si no es así, te lo digo ahora: Griffin, estoy embarazada.
Griffin la miró con verdadero asombro.
– ¿Embarazada? ¿Estás segura?
– Completamente segura. Fui a ver al médico ayer… bueno, no «exactamente ayer -dijo, sonriendo-. Más bien mañana, pero dentro de doscientos setenta y ocho años.
Al ver que Griffin la miraba con preocupación, añadió:
– ¿No estás contento?
– Si he de ser sincero, no. Esto no es lo que había pensado para ti.
– Oh, no… Ya estás pensando otra vez en mi reputación.
– No, en absoluto. Eso se puede solucionar muy fácilmente. Sólo tenemos que cansarnos, si quieres.
– ¿Y si no quiero casarme contigo? Él la miró y arqueó una ceja.
– Te casarás conmigo. De eso puedes estar segura.
– Pues lo siento, pero la decisión es mía.
– Vaya forma más extraña de declararse a alguien -dijo ella con ironía.
Griffin gimió y se pasó una mano por él pelo, desesperado.
– Meredith Abbott, te amo, maldita sea… ¿Me harás el honor de casarte conmigo? Ella sonrió.
– Está bien, te perdono. Y sí; me casaré contigo.
Griffin rió entonces y la besó en la mano.
Читать дальше