– No sé qué es lo que ha pasado, Griffin, pero lo siento. Si pudiera hacer algo para arreglar las cosas, lo haría.
– Si realmente no ha sido por tu trabajo, tiene que existir otra explicación. Has debido de pasar algo por alto… -dijo en tono acusador.
– ¿Crees que no te devolvería al pasado si pudiera?
– No lo sé. ¿Lo harías?
– ¿Cómo puedes preguntarme eso? Griffin maldijo en voz baja.
– Tengo que regresar. No puedo estar condenado a esta vida…
– ¿Tanto te molesta? ¿Tan repugnante te parece mi época? -preguntó, frustrada.
– No es eso. Pero yo tenía una vida propia en mi época y no puedo olvidarlo así como así.
– ¿Una vida? Tú único objetivo era vengarte de Barbanegra. ¿Y llamas a eso vida? -espetó-. Además, si la venganza era tan importante para ti, ¿por qué no lo mataste en el barco mientras dormía?
– Yo no soy un asesino como él. Quiero que lo juzguen y que pague por sus delitos.
– En tal caso, tendrás que convencerme de ello. Según los datos que tengo, Barba-negra no era un asesino sanguinario…
– No, claro que no. Él no mataba directamente, no fue su mano la que acabó con la vida de mi padre. Daba órdenes a otros para que lo hicieran. O provocaba sus muertes de otro modo.
– ¿De otro modo? ¿Qué quieres decir?
– Cuando atacó el barco de mi padre, llevó a toda la tripulación a tierra firme. Mi padre contempló la escena desde la playa y vio cómo hundían el Betty. Por entonces ya estaba bastante mal; no se había recuperado de la muerte de mi madre y aquello empeoró su estado. Los médicos intentaron salvarlo y le dieron calomelanos, pero murió meses después.
– ¿Calomelanos? ¿Ese brebaje se utilizaba para purgar? ¿Estás seguro?
– Sí, ¿por qué?
– Griffin, no puedes culpar a Teach de la muerte de tu padre. Por una parte, murió meses después de que abordara su barco; y por otra, es muy probable que lo mataran los médicos al darle eso. Por lo que me has contado, tu padre sólo estaba deprimido.
– No, no puede ser. Me aseguré de que lo trataran los mejores médicos de Wílliamsburg.
– El calomelanos se hacía con cloruro de mercurio, una sustancia venenosa. El propio George Washington, el primer presidente de Estados Unidos, murió por un tratamiento parecido.
– ¿Insinúas que fue culpa mía?
– No, en modo alguno. Fue culpa de la medicina de la época. Pero tal vez debas reconsiderar tu intención de vengarte de Barbanegra.
– ¿Reconsiderarla? ¿Qué significa eso? Ese hombre es el diablo en persona, Merrie, y alguien debe detenerlo.
– Sí, yo también creo que alguien debe detenerlo. Pero no estoy segura de que debas ser tú.
– ¿Por qué? ¿Porque tus libros de historia dicen algo diferente? ¿O porque prefieres pensar que Barbanegra es un personaje romántico?
Ella suspiró y negó con la cabeza.
– Es posible que tu presencia en este siglo tenga otra explicación.
– ¿Otra explicación?
Meredith se acercó a su escritorio, abrió una carpeta y sacó un documento que dio a Griffin.
– Esta es una copia de una carta dirigida al Almirantazgo británico. En ella se relata la batalla en la que los hombres de Robert Maynard acabaron con los de Teach. Pues bien, parece que uno de los hombres de Maynard murió por los disparos de un soldado de la Royal Navy que lo confundió con un pirata.
– ¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
– ¡Que ese hombre podrías ser tú! Intenté encontrar el nombre de la víctima, pero no lo conseguí. Sólo sé que lo tomaron por un pirata, lo que quiere decir que vestía como ellos. Y la única persona que se encontraba en esas circunstancias eras tú.
Griffin se encogió de hombros.
– Podría ser, pero no es seguro.
– ¿Qué más pruebas necesitas? Ahora ya sabemos que algo te envió al futuro para salvarte la vida.
– ¿Algo? Fuiste tú.
– ¿Y eso qué tendría de malo? ¿Es que te molesta que una mujer te salve la vida?
– No, pero soy perfectamente capaz de solucionar mis propios problemas. Y por supuesto, no me gusta molestar a los demás con ellos.
– ¿A los demás? ¿Es que de verdad te importan los demás? -Preguntó con amargura-. Dime la verdad, Griffin… Si pudieras volver al pasado en este mismo instante, ¿lo harías?
Griffin cerró los ojos durante un momento. Después, la miró y dijo:
– Sí. Lo haría.
– En ese caso, comprende que no me tome muy en serio tu propuesta de matrimonio.
– Eso no tiene nada que ver con mi deseo de regresar para terminar lo que he empezado. Son dos cosas distintas.
– ¿Y qué soy yo? ¿Un obstáculo en tu camino? ¿Una contingencia más?
– ¡Maldita sea, Merrie, no pongas a prueba mi paciencia! ¿Qué quieres que te diga? Pides que te diga la verdad, y cuando soy sincero, no te gusta lo que tengo que decir.
Tú me importas. Me importas mucho más de lo que me ha importado ninguna otra mujer en toda mi vida. ¿Eso no es suficiente?
– Si eso es verdad, ¿por qué quieres volver?
Griffin se acercó a ella y le acarició los brazos.
– No sería un hombre si no cumpliera mi obligación con Teach. Barbanegra y tú sois cosas distintas.
– Olvídalo. No quiero seguir hablando de ese asunto.
Griffin se apartó y se pasó una mano por el pelo.
– En eso estamos de acuerdo, así que no volveremos a sacar el tema. Me voy a trabajar.
– Ah, no, nada de eso -dijo ella-. Seguiremos hablando cuando vuelvas a casa.
Griffin se detuvo un momento. Pero, después, negó con la cabeza, abrió la puerta y se marchó.
– ¡Maldito cabezota! -exclamó Meredith.
– ¡Maldito cabezota! -repitió Ben.
Griffin se alejó a buen paso. La brisa de la mañana era fría, pero ni siquiera lo notó.
– Es increíblemente obstinada -murmuró-. Nunca había conocido a ninguna mujer como ella.
Al parecer, Meredith siempre quería salirse con la suya y tener la última palabra. Aquello lo confundía porque las mujeres de su época no se atrevían a tanto; eran más sumisas y pensaban que los hombres tenían más experiencia y autoridad. Jane jamás se habría comportado de ese modo. Pero, por otra parte, sabía que comparar a su difunta esposa con Merrie era injusto para ambas. Eran personas de mundos absolutamente distintos.
Griffin quería a Meredith y sabía que en el fondo también la quería por ser tan obstinada. No la habría amado de ser una mujer tímida y recatada que se limitara a dejarse llevar. Amaba su fuego y su pasión, su inteligencia y su arrojo.
En ese momento, sus pensamientos adquirieron un rumbo muy distinto. Estaba pensando en ella en términos que no se había planteado hasta entonces. Por extraño e incluso inconveniente que fuera, se había enamorado de ella; y aunque intentara negarlo, no tenía fuerzas para luchar.
Pero, a pesar de todo, quería volver a su tiempo. Se preguntó por qué y sólo encontró una respuesta: que en el siglo XX se sentía incompleto. Había dejado algo importante en el pasado, un círculo que debía cerrar y que en realidad no era Teach. Barbanegra sólo era un instrumento de su verdadero objetivo, una forma de despedirse definitivamente de su padre.
En el caso de Jane y de su hijo, había habido una razón para sus muertes, una razón contra la que él no podía luchar. Pero en lo relativo a su padre, había contemplado su lenta caída hasta la muerte y no había podido hacer nada. Acabar con Teach era una forma de dar sentido a su muerte.
Sin embargo, no sabía cómo explicárselo a Meredith, cómo hacerle comprender que tenía un profundo sentido del deber y del honor y que todos sus actos estaban regidos por él. Pensaba que no lo entendería.
Cuando llegó al muelle de Early Jackson, el puerto ya estaba lleno de gente. El mariscador se encontraba donde siempre, fuera del agua, pero prácticamente habían terminado con las labores de raspado del casco.
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