Se aproximó a la embarcación, la admiró durante unos segundos y la golpeó con el puño como para comprobar su solidez.
– Buenos días, Griff…
Era Early.
– Buenos días, Early. No te había visto.
– Esta mañana has llegado tarde…
– Oh, lo siento. Me quedaré hasta la noche.
– No, no te preocupes por eso. Has trabajado muy duro durante los últimos días y no me gustaría robarte más tiempo del necesario. Seguro que a Meredith le gustaría verte más a menudo.
Griffin asintió con cierta tristeza y se inclinó para recoger una espátula y seguir raspando. Early lo miró con expresión divertida.
– ¿Tienes algún problema con ella?
– ¿Por qué lo preguntas?
– Porque te has puesto a raspar como si te fuera la vida en ello. Si sigues haciéndolo con tanta fuerza, harás un agujero en el casco… Seguro que te sientes mejor si hablas de ello.
Griffin dejó lo que estaba haciendo y lo miró.
– ¿Estás casado, Early?
– Sí. Llevo cuarenta años de matrimonio -respondió, frotándose la barbilla.
– ¿Puedo hacerte una pregunta?
– Claro, adelante…
– ¿Quién tiene la última palabra en tu casa? ¿Tu esposa, o tú?
– Ella, desde luego.
– Creo que no me has entendido. Me refiero a quién da las órdenes.
– Ella -insistió.
– Sigues sin entenderme… Veamos: ¿tomas en consideración sus opiniones en todas las cosas que haces?
Early rió.
– ¿Estás loco? Por supuesto que sí.
– Ah, entonces es lo normal…
– Mira, Millie y yo creemos en una relación de iguales. Yo cedo un poco y ella cede otro poco. Hace que las cosas sean más interesantes y más justas.
– ¿Una relación de iguales?
– Cuando nos casamos, mucha gente pensaba de otro modo; pero Millie dejó bien claro que no se casaría conmigo si no respetaba su independencia. Yo lo hice, evidentemente. Y luego llegó el movimiento de liberación de las mujeres y todo el mundo empezó a comportarse como nosotros. Millie y yo nos adelantamos a nuestro tiempo.
– ¿Y no te molesta ceder el control? ¿No es como gobernar un barco con dos capitanes?
– No, en absoluto. Además, nunca quise tener el control -dijo él-. Pero no te preocupés… me consta que Meredith es tan obstinada como una muía: lo heredó de su padre. Pero tiene un corazón grande, como su madre.
– Sí, es verdad -dijo con una sonrisa.
– Como estoy seguro de que arreglaréis vuestros problemas, supongo que te quedarás más tiempo en la isla. Pues bien, me estaba preguntando si necesitas más trabajo -dijo Early, cambiando de tema-. Los chicos y yo hemos encontrado dos mariscadores más y no tenemos tiempo para trabajaren los dos a la vez. Podrías encargarte de uno y luego repartiríamos los beneficios de la venta. ¿Te parece bien?
Griffin dudó antes de responder. Seguía sin saber cuánto tiempo permanecería en aquella época y si realmente quería quedarse.
– Me parece justo, pero dame unos cuantos días para pensarlo -dijo al final.
– Claro, claro, ya imagino que tendrás que hablar de ello con Meredith. Griffin asintió.
– Sí. Y ya que lo dices, creo que voy a contárselo ahora mismo. Volveré dentro de unas horas…
– Tómate todo el tiempo que quieras -afirmó, sonriendo-. En lo relativo a las damas, no hay que ir con prisas…
– Gracias, Early, aprecio mucho tu comprensión.
Griffin volvió tan deprisa a la casa, que tardó menos de la mitad de lo normal. Subió los escalones del porche, abrió la puerta principal y gritó:
– ¡Merrie! ¡Merrie! ¿Dónde estás?
– ¡Merrie! ¡Merrie! -repitió el loro.
Meredith apareció en la puerta del cuarto de baño, con el pelo mojado y una toalla en la mano.
– ¿Se puede saber por qué gritas? ¿Y por qué no estás trabajando?
– He venido para disculparme -respondió mientras caminaba hacia ella. Ella sonrió.
– No hace falta que te disculpes.
– Claro que hace falta. Y lo siento mucho,
– Nunca quise arrancarte de tu tiempo, Griffin. Si pudiera cambiar lo sucedido, lo haría.
– Lo sé.
– Pero tampoco puedo decir que me sienta decepcionada -puntualizó-. Soy muy feliz de tenerte aquí. Sobre todo si, de paso, te he salvado la vida.
– Y yo también soy muy feliz.
– ¿En serio? -preguntó sorprendida.
– Sí, y creo que ha llegado el momento de asumir la situación. Dudo que vaya a regresar.
– Lo sé -dijo, asintiendo.
– Por eso, he decidido seguir viviendo aquí y hacer planes para los dos. Early Jackson me ha ofrecido un trabajo con el que podría mantenerte. Incluso podríamos quedarnos a vivir en la isla.
– ¿Cómo?
– Por supuesto, me gustaría conocer tu opinión.
– Comprendo…
– Y si quieres, podríamos casarnos. A mí me parece que es el paso más lógico. No podemos seguir viviendo así, no sería apropiado.
Ella se quedó mirándolo, boquiabierta, sin poder creer lo que acababa de oír. Pero no tardó en reaccionar. Y cuando lo hizo, le arrojó la toalla a la cara.
– Vuelve al trabajo, Griffin, porque si te quedas en mi casa un segundo más, ¡te juro que te devolveré a patadas a 1718!
Tras su súbita declaración, Meredith giró en redondo y se marchó a su dormitorio, cerrando la puerta con tanta fuerza, que la casa tembló.
Griffin bajó la cabeza y se frotó los ojos.
Por lo visto, para comprender a las mujeres de aquel siglo iba a necesitar más de una conversación con Early Jackson.
Al principio no podía dormir. Todo lo que había pasado a lo largo del día parecía conspirar contra su sueño, así que Meredith no hizo otra cosa que dar vueltas y más vueltas en la cama, aferrada a la almohada y maldiciendo a Griffin por su comportamiento.
Pero al final se durmió y tuvo un sueño, uno que había tenido muchas veces en el pasado. Sin embargo, esta vez fue diferente. Ya no era una imagen vaga que se evaporaba enseguida, sino un hombre de carne y hueso, su fantasía hecha realidad.
En ese momento, sintió que la cama se hundía a su lado y notó la respiración y el calor de Griffin. Sus ojos se encontraron con los ojos azules del hombre que deseaba mientras la luz de la luna, que entraba por la ventana, iluminaba su rostro.
– No digas nada, Merrie. No sé si debería estar aquí, y si dices algo, es posible que me arrepienta y me marche.
Al notar su indecisión, Meredith le acarició. El eco de sus discusiones y de sus diferencias desapareció de inmediato y ella supo, sin duda alguna, que se había enamorado de aquel pirata orgulloso y arrogante, de aquel hombre de honor.
Tocó su cara lentamente, explorando su fuerte mandíbula, sus labios, como si fuera la primera vez. Después, lo atrajo hacia sí y lo besó. Sabía que ya no podía volver atrás; llevaba toda la vida esperando a Griffin y no podía ni quería pensar en las consecuencias de lo que estaba a punto de hacer. Sus lenguas se encontraron y el sabor de Griffin le pareció adictivo, una droga que despertaba todos sus instintos. Aquel beso ' no se parecía nada a los anteriores; contenía la promesa de la pasión que iban a compartir y no desató ninguna de sus inseguridades. Bien al contrario, se sentía feliz entre sus brazos. Se sentía bella, completa, capaz de cualquier cosa.
Griffin se tumbó a su lado y se apretó contra ella, frente a frente.
– Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que estuve con una mujer -le advirtió él.;^
– Sí, casi trescientos años. Eso es mucho tiempo, no hay duda -observó mientras pasaba una mano por debajo de su camiseta.
Al sentir el contacto de su piel y de sus duros músculos, Meredith deseó desnudarlo.
– No estoy seguro de cómo son las cosas en este siglo, así que tal vez será mejor que procedamos lentamente…
Читать дальше