Kate Hoffmann - El Pirata

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SU HONOR LE EXIGÍA VOLVER A SU ÉPOCA… ¡A MATAR A UN HOMBRE QUE HABÍA MUERTO HACÍA TRESCIENTOS AÑOS!
Griffin Rourke: pirata, espía… quería vengarse del infame bucanero Barba Negra por haber matado a su padre. Y nada… ni siquiera una cautivadora mujer llamada Meredith iba a detenerlo.
Meredith Abbott no podía creerlo cuando se encontró al duro Griffin Rourke en la playa. El guapísimo pirata era la personificación de todas sus fantasías. Pero Meredith no había contado con que su amante tuviera aquella sed de venganza…

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A través del tiempo.

Se volvió hacia la cama, aterrada, y sintió un intenso alivio al ver que Griffin seguía allí.

– ¿Quieres un café? -preguntó con ansiedad.

– Sí… Un café y un zumo de naranja. Ah, y una de esas tostadas con mermelada.

Ella hizo un esfuerzo por sonreír y salió a toda prisa del dormitorio. Cuando llegó a la cocina, intentó tranquilizarse y se dijo:

– No, no puede ser, ahora no. Por favor… Se sentó en una silla, subió los pies al asiento y se abrazó a sus piernas.

– No puedo decírselo. No debe saberlo. Ha viajado a través de los siglos para estar conmigo y ahora es feliz. No quiero renunciar a él…

Tiró el libro a la basura, pero enseguida se sintió culpable. No podía hacer eso. Aunque Griffin había dicho que quería quedarse con ella, tenía derecho a saberlo y a tomar una decisión.

Empezó a llorar, se puso en pie y avanzó hacia el dormitorio muy despacio, como si estuviera en trance. Cuando abrió la puerta, vio que Griffin se había dormido y estuvo observándolo durante un par de minutos. Pero al final se acercó y lo despertó.

– ¿Ya está listo el desayuno? Griffin abrió los ojos y la miró.

– ¿Que ocurre? ¿Por qué estás llorando?

– Por esto -respondió, enseñándole el libro.

– ¿De qué estás hablando?

Meredith abrió el viejo volumen y le enseñó la ilustración del pirata.

– Mira. Esto explica por qué viniste a mi época.

– No lo entiendo. Sólo es un dibujo…

– Pero estaba mirándolo la noche del huracán. Me concentré en él para intentar superar el miedo y el libro se calentó de repente y pareció tener vida propia. Entonces, el viento dejó de soplar y yo salí del armario tan rápidamente como pude… Poco después, te encontré en la playa.

Griffin volvió a mirar la ilustración, sorprendido.

– ¿Por eso estoy aquí? ¿Por este libro?,

– Lo siento, lo siento de verdad. Había olvidado lo sucedido y no lo he recordado hasta hace un momento, cuando he tropezado con él.

– Dime qué significa todo esto.

– Tú lo sabes tan bien como yo.

– No, no, quiero oírtelo decir.

– Creo que significa que puedes regresar si quieres hacerlo.

– ¿Y tú? ¿Qué quieres tú?

– No me preguntes eso. No me pidas que tome decisiones en tu nombre, porque no puedo.

– Está bien, Merrie… pero por favor, no llores. Todo saldrá bien, te lo prometo – dijo, intentando animarla."

Sin embargo, las palabras de Griffin no consiguieron animarla. Sabía que, a pesar de todo, se marcharía. Y que, cuando lo hiciera, su vida no volvería a ser la misma.

Pasaron el resto del día en la cama, haciendo el amor, durmiendo y volviendo a hacer el amor. Pero, a pesar de todo, Meredith no consiguió liberarse de su profunda sensación de tristeza.

Ninguno de los dos mencionó el libro. Sin embargo, estaba presente entre ellos como una tormenta en el horizonte y ambos sabían que debía marcharse y regresar a su época. Además, no hacía falta que lo mencionaran. A medida que pasaban las horas y se acercaba la medianoche, las nubes se iban cerrando a su alrededor.

Por fin, cuando se aproximaba el momento de su marcha, Griffin la besó en la frente y aspiró el dulce aroma de su cabello.

– Dime que lo comprendes -murmuró.

– No, no lo comprendo.

– Parte de, mí sigue en el pasado. Hay algo que debo terminar, una deuda contraída con mi padre. Y hasta que no acabe con Teach, no podré vivir aquí. No estaré… completo.

– Pero él no es responsable de la muerte de tu padre. Griffin asintió.

– Cierto, ahora lo sé. Pero, a pesar de ello, tengo un trabajo que hacer y alguien debe detenerlo. Si no soy yo, es muy posible que no lo consiga nadie. Y en tal caso, podría hacer daño a otras muchas personas.

– Debí dejar el libro en el cubo de la basura. No debí decírtelo…

– Pero lo hiciste y es lo correcto.

– No quiero que te marches.

– Merrie, jamás me marcharía si no estuviera seguro de que puedo volver.

– Pero no estás seguro de eso. Ni siquiera estamos del todo seguros de que el libro sea realmente el causante de tu extraño viaje.

El la abrazó con fuerza. También temía no poder regresar, pero prefirió tranquilizarla.

– Lo que compartimos transciende el tiempo y el espacio y me niego a creer que no podremos estar juntos. Si no es en esta vida, será en otra.

– ¿Y qué voy a hacer sin ti?

– Eres una mujer fuerte, Merrie. Más fuerte que el resto de las mujeres que he conocido.

– Ahora no me siento fuerte -declaró, con voz rota.

Permanecieron así, abrazados, durante muchos minutos. No hicieron otra cosa que mirarse y acariciarse, pero al final se apartaron, como si ambos supieran que había llegado el momento.

Griffin se sentó en la cama y se pasó una mano por el pelo. *~

– Te prometo que todo saldrá bien.

– Tu ropa y tus botas están en el armario del pasillo -dijo ella, sin más.

Griffin salió del dormitorio muy despacio, sacó su ropa del armario y se vistió. Después, recogió la bolsa de cuero y volvió a la habitación.

Ella estaba sentada, envuelta en su bata. Parecía más pequeña y frágil que nunca.

– ¿Es la hora? -preguntó Meredith, sin fuerzas para mirar el reloj.

– Todavía no.

– No puedo hacerlo, Griffin. Por favor, no te vayas…

– Puedes y lo harás. ¿Recuerdas cómo hacerlo?

– No lo sé, dímelo tú.

– Haz exactamente lo mismo que hiciste aquella noche, la noche en que aparecí.

– ¿Y luego qué? Si funciona, ¿qué hago para que vuelvas?

– Me dijiste que Barbanegra encontrará su final el día veintidós de noviembre. En ese caso, debes invocarme en la medianoche de ese mismo día, tal y como lo hiciste durante aquel huracán.

– ¿Y si no regresas?

– Lo hiciste una vez y lo harás de nuevo. Volveré.

– Sí, a menos que te hayan matado… Prométeme que no morirás y te prometo que no me moriré de tristeza si no regresas -dijo, desesperada.

– Merrie, ha llegado la hora -dijo, apretándole una mano con fuerza-. Tienes que ser fuerte y hacerlo por mí.

– Está bien. Voy a cerrar los ojos, y cuando los abra de nuevo, quiero que te hayas marchado. Odio las despedidas… prefiero pensar que todo ha sido un sueño.

Griffin se quedó de pie junto a ella, mirándola, y al cabo de unos minutos se inclinó y la besó en la frente.

– No quiero que esto funcione… -dijo Meredith.

La luna, ahora llena, iluminaba la playa.

Una suave brisa mecía las copas de los robles y de los cedros. Griffin salió de la casa y caminó hacia el mar; quería volver dentro y abrazarla, pero se limitó a mirar hacia la ventana del dormitorio y a imaginarla allí.

– Tranquilízate, Merrie, todo saldrá bien. Sé que puedes hacerlo.

Esperó, contando los segundos que faltaban para la media noche. De repente, el aire se quedó extrañamente quieto y todo quedó en silencio. No oía nada, nada en absoluto.

Alzó los ojos al cielo, pero ya no pudo ver las estrellas. El viento comenzó a soplar con fuerza y se vio arrastrado a una especie de pozo profundamente oscuro. Estaba muy asustado, pero cerró los ojos y se abrazó a sí mismo, preparándose para morir.

Y entonces, justo cuando estaba a punto de estrellarse, se arrepintió y sintió el intenso deseo de regresar, abrazar a Meredith y quedarse con ella.

Gritó su nombre, desesperado. Después, perdió la consciencia.

La brisa de otoño acariciaba los pies de Meredith. Era inusualmente cálida para mediados de noviembre, sobre todo después de varias noches de intenso frío que habían

cambiado el color de las hojas de los árboles, dándoles una tonalidad rojiza.

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