A primeras horas de aquel día, le habían levantado la suspensión como detective del departamento de policía de Boston. El comportamiento inapropiado había sido desestimado y se le había informado que podía volver a su trabajo a la mañana siguiente. En opinión de sus superiores, no había sido culpable de nada más que de ofuscación. Conor suspiró. Así se resumía todo. «Ofuscación.
Le parecía una explicación muy sencilla para la época más complicada de su vida. Habían pasado poco más de tres semanas desde que llegó a la casa de Cape Cod para realizar su misión. Y, mientras realizaba su trabajo, se había enamorado de la mujer más increíble que había conocido nunca. La había protegido a toda costa, aun a expensas de incumplir las reglas de su departamento.
La palabra «ofuscación» no servía para describir sus actos de las últimas semanas. Había sufrido una locura, había vivido en un mundo irreal y, sin embargo, allí estaba, delante del bar de su padre, de vuelta a su antigua vida y a sus costumbres de siempre, listo para ahogar sus penas en un vaso de Guinness.
Había pensado en llamar a Olivia. El juicio ya había empezado y terminaría dentro de tres días. Red Keenan había decidido negociar, ante la magnitud de las pruebas que se presentaban contra él por sus propios socios. Kevin Ford ni siquiera había tenido que testificar. Al final, proteger a Olivia no había tenido relevancia alguna y todo lo que habían compartido existía en un extraño limbo entre la vida real y la fantasía.
Lo más seguro era que Olivia hubiera vuelto a su vida de siempre. Una vez, él había creído que podría formar parte de aquella vida, pero entonces se había visto acuciado por la investigación en su contra. Como su trabajo estaba en peligro, había creído que no podría ofrecerle nada. Sin embargo, dado que lo había recuperado, había empezado a fantasear con que tal vez podrían hacerlo funcionar.
Ella nunca había desaparecido completamente de su vida. Pensaba en ella cada hora del día, recordando los momentos que habían vivido juntos hasta el punto de que casi podía recitar conversaciones de memoria. Había aprendido a conjurar la imagen de ella, junto con su olor y su sabor y el sonido de su risa con solo cerrar los ojos.
Por la noche, cuando estaba tumbado a solas en su cama, le parecía que todavía podía tocar su aterciopelada piel y los suaves contornos de su cuerpo. Los recuerdos eran tan intensos, que había llegado a preguntarse si los perdería alguna vez. En realidad, no quería perderlos nunca. Solo esperaba tener una vida llena de recuerdos de Olivia.
A pesar de todo, no había podido llamarla por teléfono. Seguramente estaba mejor sin él. Seguro que, tras volver a su vida de siempre, ya no se acordaba de él. Además, él nunca habría podido adaptarse a la vida doméstica.
Mentira. Claro que habría podido. Con Olivia en su vida, habría sido un marido amante y un buen padre. Ella le había hecho ver que podía amar y ser amado sin miedos ni temores. Olivia no era su madre.
De repente, sintió una fuerte necesidad de verla, de oír su voz, de tocarla. Sabía que lo suyo podría funcionar con que solo le dijera lo que sentía por ella. Conor decidió meterse en su coche, ir a buscarla y convencerla de que estaba enamorado de ella.
– ¡Maldita sea!
El sonido de aquella voz le sacó de sus pensamientos. Entonces, se fijó en una mujer que había agachada a pocos metros de él. Parecía tener problemas con el coche. Unos minutos antes, habría agradecido la interrupción, pero, dado que había decidido ir a buscar a Olivia, todos los minutos que pasaba sin verla le parecían preciosos. Sin embargo, sus obligaciones como policía estaban antes que sus deseos. Si había alguien que necesitaba ayuda, tendría que anteponerlo a todo lo demás. Cambiar un neumático. ¿Cuánto tiempo podía llevarle?
– ¿Puedo ayudarla?
La mujer gritó y se levantó enseguida, aferrándose a la llave inglesa que tenía en la mano.
– No se preocupe -dijo él, extendiendo las manos-. Soy policía. Y he venido a ayudarla.
La joven mujer lo miró cautelosa y levantó un poco más la llave.
– Muéstreme la placa.
Conor se la sacó del bolsillo y se la enseñó. Debería haberse marchado. Evidentemente, aquella mujer no quería que la ayudaran.
– ¿Lo ve? Soy el detective Conor Quinn, del departamento de policía de Boston.
– ¿Quinn? -preguntó ella, mirando automáticamente al bar.
– Sí, mi padre es el dueño -respondió. De repente, la farola iluminó el rostro de la mujer y Conor sintió una extraña sensación de haber visto aquella cara antes-. Su cara me resulta familiar. ¿Nos conocemos?
– No.
Sin embargo, Conor tenía buena memoria para las caras y sabía que había visto antes a aquella mujer. No en la comisaría o en un bar, sino en la calle, en una situación similar a aquella.
– ¿Vive usted en este barrio?
– Sí.
– ¿Dónde?
– Por allí -respondió, señalando hacia el oeste-. Bueno, ¿cree que podría ayudarme a cambiar la rueda de mi coche? Tengo un poco de prisa…
Conor agarró la llave inglesa y centró su atención en las tuercas de la rueda. Entonces, se puso manos a la obra. Sin embargo, no podía concentrarse en la tarea. Trataba de recordar dónde había visto a aquella mujer…
No era una mujer hecha y derecha ni tampoco una jovencita. Seguramente parecía más joven de lo que realmente era. Tenía el pelo muy oscuro, casi negro, muy corto. No obstante, eran los ojos lo que más le llamaban la atención. Aunque sabía que era policía, seguía mirándolo con una gran aprensión.
– ¿Sabes una cosa? Podría entrar en el bar y utilizar el teléfono para llamar a alguien. No debería estar sola a estas horas en una calle tan oscura como esta.
– No tengo amigos. Es decir, no por esta zona. Además, no están en casa. Entonces, ¿ese bar es un negocio familiar?
– Sí. Yo y mis hermanos ayudamos a mi padre los fines de semana.
– ¿Hermanos? ¿Tiene hermanos? ¿Cuántos? Conor frunció el ceño. Para ser una mujer que vivía en el barrio, pero no sabía exactamente dónde, y que no tenía amigos mostraba demasiada curiosidad. De repente, lo entendió todo. Seguramente era una de las chicas de Dylan o tal vez de Brendan. Sus hermanos siempre tenían mujeres rondándolos. Seguramente la pobre chica estaba enamorada y estaba esperando a que saliera el Quinn al que tanto quería.
– Tengo cinco hermanos.
– Cinco hermanos… No me puedo imaginar tener cinco hermanos. ¿Cómo se llaman?
– Dylan, Brendan, Sean, Brian y Liam. Todos están esperándome en el bar. ¿Por qué no entra a tomar algo? -preguntó él, sacudiéndose el polvo de la ropa tras terminar con la rueda-. Así podrá lavarse las manos. Le invito a tomar algo.
– ¡No! -exclamó, como si aquella proposición resultara escandalosa-. Tengo que marcharme. Ya llego tarde.
Tras recoger sus herramientas, las echó en el asiento trasero del coche. Segundos después, se marchaba precipitadamente, sin la rueda pinchada y sin darle a Conor las gracias.
– ¡De nada! -le gritó él.
A pesar de todo, no podía dejar de pensar en lo familiar que le resultaba. De repente, lo recordó todo. La había visto en la acera que había delante del bar la noche antes de ir a Cape Cod. Lo raro era que entonces también le había parecido reconocerla.
Conor la apartó de sus pensamientos. La única mujer en la que quería pensar era Olivia Farrell. Su única preocupación era encontrarla y decirle lo mucho que la quería. Todo lo demás podía esperar.
– ¡Kevin!
Olivia estaba en su tienda de Charles Street, mirando al hombre que había sido su socio. ¡Era la última persona que esperaba ver!
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