Desde aquella excursión al parque, las cosas habían cambiado, en cierto modo para mejor, pero en muchas cosas para peor. Se habían unido emocionalmente más que nunca, compartiendo historias de sus pasados y hablando de la infancia, de sus padres… Olivia se sentía como si le hubieran dado una ventana al alma de Conor, ya que él no era la clase de hombre que dejara ver al hombre que llevaba en su interior.
Sin embargo, desde aquella pequeña excursión, Conor no había vuelto a compartir la cama con ella. Como en muchos otros temas, Olivia había sentido miedo de abordar aquel asunto. Además, sospechaba que lo que estaba haciendo era prepararla para lo inevitable. Cuando comenzara el juicio, ya no habría razón para que siguieran juntos. Era un plan muy sensato, aunque le costaba mucho quedarse dormida sin sentir a su lado a Conor. Había sentido la tentación de pedirle una última noche juntos, pero ya lo había hecho una vez y no podría hacerlo de nuevo.
Olivia respiró profundamente. Debería sentirse satisfecha con la nueva dirección de su relación, en la que la intimidad había reemplazado al placer físico. Sin embargo, en los últimos días, le parecía que había llegado a amar a Conor más que nunca y quería expresarlo tanto en palabras como en gestos.
Olivia trató de superar sus frustraciones cocinando. Preparaba unas elaboradas comidas para ambos. Conor, por su parte, ejercitaba su físico mediante el jogging. Después de una larga ducha, iba a hacer los recados. Justo antes de comer, salían a dar otro paseo, algo que llevaban haciendo los tres últimos días.
Ella había conseguido olvidarse del juicio. Su preocupación se convertía en un pequeño ataque de aprensión. No sabía como cambiaría su vida después de testificar contra Keenan y Ford, pero no hacía más que imaginarse su futuro sin Conor. Estaba locamente enamorada de él y, por primera vez en su vida, creía que se trataba del hombre que podía hacerla feliz para siempre.
– ¡Dios mío, querida! Parece como si estuvieras a miles de kilómetros de distancia -le dijo Sadie.
Olivia parpadeó y luego miró a las cinco ancianas que se habían reunido en su casa a tomar café.
– Lo siento, ¿qué estabais diciendo?
– ¿Dónde está tu guapo marido?
– Ha salido a correr. Le gusta hacer ejercicio por la mañana. Algunas veces, también por la tarde. ¿Le apetece a alguien tomar más café?
Pintonees, se dio cuenta que todavía no se habían tomado la primera taza ni los pastelitos. Todas la miraban expectantes.
– Venga -susurró Ruth Ann, dándole un codazo a Sadie-. Pregúntaselo.
– ¿Preguntarme? ¿Preguntarme qué?
– Bueno, querida. Cuéntanoslo todo. ¿Cómo es el sexo? -preguntó Sadie, con una sonrisa.
– ¿El sexo? -repitió ella, sin comprender.
– Sí, querida, cuéntanos -dijo Geraldine-. ¿Se hacen ahora cosas nuevas? Nos gustaría mantenernos al día.
– Es evidente que tú lo haces bien -comentó Ruth Ann-. Ese marido tuyo siempre parece muy satisfecho. No te avergüences, querida. El sexo es un tema de conversación muy habitual entre nosotras.
– Bueno, no creo que… -susurró Olivia, sonrojándose.
– Tal vez si aprendiera cosas nuevas – dijo Louise-, mi George no estaría siempre mirando a esa zorra de Eleanor Harrington. Desde que su marido murió, está a la caza.
– Con el porcentaje de mujeres que hay aquí, es una competición despiadada -añadió Sadie-. Yo tengo a mi Harold bajo siete llaves por miedo a que me lo quite una de esas viudas.
– ¿Cómo mantienes a tu hombre contento? -preguntó Doris-. ¿Le preparas platos especiales? He oído que las ostras ponen muy cachondos a los hombres.
– ¿Cachondos? -repitió Olivia, tragando saliva.
– No, Doris. Yo he probado las ostras con Harold y solo le dan gases -afirmó Sadie-. Creo que debe de haber nuevas técnicas. Yo veo libros en la librería, no me atrevo a leerlos. Hay uno que se llama Cómo volver a un hombre loco en la cama.
– Me preguntó si lo tendrán en la biblioteca -comentó Louise.
De repente, la puerta del piso se abrió y entró Conor. Tenía la camiseta empapada de sudor. Se había marchado antes de que llegaran las vecinas y Olivia no se había atrevido a contarle sus planes por medio a que estuviera en desacuerdo con ellos.
– ¡Hola, cariño! -exclamó, poniéndose de pie para recibirla.
Conor miró a su alrededor y, entonces, plantó un beso en los labios de Olivia, lo que la sorprendió mucho. Las señoras se echaron a reír y Conor sonrió.
– Buenos días, señoras. ¿Cómo están? – les preguntó. Todas se echaron a reír, como colegialas-. ¿Puedo hablar contigo en el dormitorio? -añadió, refiriéndose a Olivia.
Olivia lo siguió y cerró la puerta del cuarto. Todas las cosas de Conor estaban esparcidas por todas partes, ya que las había tenido que recoger precipitadamente antes de que las mujeres llegaran.
– Lo siento, sé que no te gusta que entable relación con las vecinas, pero…
– No ese eso, ¿Dónde están mis llaves?
– ¿De verdad que no te importa?
– No -repitió él, revolviendo entre la ropa-. No me importa. ¿Sabes dónde están mis llaves?
– Estaban metidas en un zapato, bajo la de café -dijo ella, tras recogerlas de encima de la cómoda-. Tuve que limpiar antes de que llegaran las ancianas.
– Tengo que marcharme. ¿Te importa quedarte sola?
– Pensé que íbamos a salir a…
– No podemos. Tengo unos asuntos de los que ocuparme en la comisaría. Voy a ir a mi casa primero para darme una ducha y cambiarme. Probablemente estaré fuera la mayor parte del día.
– ¿Tiene que ver esto con el juicio?
– No. Es un asunto del que me tengo que ocupar -dijo él, abriendo la puerta del dormitorio y saliendo disparado en dirección a la puerta de la calle.
– Conor, espera.
Olivia hizo un gesto señalando a las ancianas. Entonces, él se inclinó sobre ella y volvió a besarla en los labios.
– Te veré dentro de un rato, querida – dijo. Entonces, tras hacer un gesto de despedida para las cinco mujeres, se marchó.
– Adiós -murmuró Olivia, volviéndose a sentar con sus invitadas.
– Supongo que la luna de miel tiene que acabarse en algún momento -suspiró Sadie.
Olivia sonrió y se sirvió un poco de zumo de naranja. Entonces, notó un pequeño centro de flores que Geraldine había llevado para adornar la mesa. Las margaritas estaban colocadas en un florero de imitación a plata. Olivia arrancó una margarita y empezó a quitarle los pétalos.
Las señoras continuaron hablando mientras ella las escuchaba sin mucho interés. Entonces, tomó el florero y estudió el diseño. Para ser una imitación, era de lo más notable. Pesaba casi lo que debería pensar si fuera de plata.
– ¿Dónde conseguiste esto? -le preguntó a Geraldine. Cuando miró la parte inferior, el corazón le dio un vuelco.
– En el supermercado. Me encantan las flores y venden ramos muy baratos. Duran casi una semana.
– No me refería a las flores, sino al jarrón.
– No sé. Solía ir a muchos mercadillos cuando me casé. No teníamos mucho dinero así que tuvimos que decorar la casa con cosas de segunda mano. Supongo que será de entonces.
– ¿En un mercadillo?
– ¿Y qué importa? Es solo una cosa sin valor, pero me pareció que resultaba muy bonito como jarrón.
– ¿Te importa si lo tomo prestado?
– Bueno, como si te lo quieres quedar.
– No, no creo que quieras dármelo. Tengo que ir a Boston, pero Conor se ha llevado el coche.
– ¿Es que pasa algo malo? -preguntó Sadie.
– No. De hecho, puede resultar algo muy agradable, pero quiero asegurarme primero. ¿Me puede llevar alguien a la estación?
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