No. Esperaría. Un par de días más era todo lo que necesitaba para asegurarse. Entonces, podrían marcharse de aquel lugar y seguir con sus vidas. Tanto si terminaban juntos como separados, Conor sabría que les habría dado una oportunidad. Aquello era lo único que pedía. Una oportunidad.
– ¿Por qué no podemos salir? -protestó Olivia-. Hace un tiempo precioso y no ha intentado matarme nadie desde hace días. ¿Por qué no podemos ir a dar un paseo, aunque sea en coche? ¡Podríamos salir a comer! Iríamos al campo, donde nadie nos reconocería. Me conformo hasta con uno de esos restaurantes en los que comes en el coche.
Conor la miró desde detrás del periódico. Llevaba muy callado varios días, distante, como si algo le pesara en la mente. Había ido en algunas ocasiones a la ciudad y había regresado aún más distraído, más tenso. Olivia había pensado que su preocupación se debía a que ella tuviera que declarar, pero no quería estropear los pocos días que les quedaban juntos, así que había decidido no hacer preguntas.
Las noches no habían cambiado. Los dos se olvidaban convenientemente de sus promesas y caían en la cama cada noche con más pasión que nunca. De hecho, Conor le hacía el amor hasta que casi no podían moverse, como si estuviera con ella por última vez. Después de cada una de las noches, Olivia esperaba que desapareciera por la mañana, pero Conor estaba siempre a su lado cuando se despertaba.
Ninguno de los dos había hablado del futuro, pero Olivia sabía que cada día que pasaba los acercaba más al fin.
– Por favor, deja el periódico…
– De acuerdo -accedió Conor-. Iremos a dar un paseo en coche. Te mostraré mi rincón favorito de Boston.
Olivia aplaudió encantada y fue corriendo al dormitorio por su abrigo. No le importaba que estuvieran corriendo un riesgo. Además, necesitaba una oportunidad de ver cómo se defendían sus sentimientos en el mundo real, de ver si estaban a gusto el uno con el otro o aquel mundo irreal estallaba en pedazos.
Cuando salió de la habitación, Conor ya la estaba esperando en la puerta. Se la abrió galantemente y luego le ofreció el brazo.
– Su carruaje espera, señora -bromeó. De hecho, lo que más sorprendió a Olivia fue que accediera a salir con ella. Era siempre tan cuidadoso… sin embargo, últimamente le daba la sensación de que se había relajado un poco. Cuando salieron a la calle, ella extendió los brazos. Entonces, cerró los ojos y empezó a dar vueltas.
– Me siento como si me acabaran de soltar de la cárcel. Es un día glorioso…
Se montaron en el coche y se dirigieron en dirección a Concord. Olivia contemplaba el paisaje por la ventanilla. Aunque había visto los mismos lugares muchas veces, todo le parecía mucho más hermoso. No se había dado cuenta de lo aislada que había estado.
– ¿Dónde vamos?
– Ya lo verás.
– Sé que me voy a divertir, sea donde sea donde vayamos.
La mayor parte del camino transcurrió en silencio. Muy pronto llegaron al puerto de Boston. Allí, Conor aparcó el coche y fueron a pasear hacia el parque del puerto. Olivia entrelazó los dedos con los de él.
– Solía venir aquí de niño -explicó Conor mientras se sentaban en la hierba-. Sin embargo, ahora que me paro a pensarlo, nunca fui un niño.
– ¿No?
– No después de que se marchara mi madre. Cuando mi padre estaba pescando, yo tenía que ocuparme de mis hermanos. Solíamos venir aquí a contemplar los aviones. Si teníamos dinero, tomábamos el ferry e íbamos a Logan. Algunas veces, hasta entrábamos en el aeropuerto, aunque los de seguridad siempre nos detenían.
– ¿Y todo eso tú solo?
– Ya tenía entonces dieciséis años y mis hermanos estaban acostumbrados a obedecerme. Además, era mi excursión favorita. Si quería que mis hermanos hicieran algo, solo tenía que prometerles que íbamos a venir aquí para ver los aviones. Brendan se sabía memoria los horarios de los aviones y sabía el destino de todos ellos.
– Hiciste un buen trabajo con ellos. Todos son unos muchachos fenomenales. No los conozco muy bien, pero sé que es así.
– El problema es que no hice un trabajo tan bueno conmigo mismo.
– Eso no es cierto.
– Nunca me di mucha oportunidad de divertirme. Mis hermanos siempre me dicen que tengo que ser menos serio.
– Nosotros nos hemos divertido mucho. Bueno, eso cuando no nos disparaban.
– Sin embargo, nunca me divertí cuando era más joven. No tuve una cita con una chica hasta que no cumplí diecinueve años. A las chicas no les gustaba que me siguieran mis cinco hermanos a todas partes, pero yo no podía confiar que Dylan o Brendan se ocuparan de los gemelos y de Liam. Así que siempre me quedaba en casa. Supongo que por eso mi habilidad para relacionarme con la gente deja mucho que desear.
– Bueno, yo creo que tienes otras habilidades que la compensan -dijo ella, tumbándose en el césped.
Olivia miró al cielo. Había estado allí en otras ocasiones, pero aquella vez era diferente. Casi se imaginaba a aquellos chicos. Conor había sido un buen padre para ellos, y probablemente lo sería mucho mejor para sus propios hijos. Nunca había pensado en tener familia propia, pero, sentada allí con Conor, se imaginaba con hijos.
– Olivia, hay algo que tengo que decirte.
– No -murmuró ella. Entonces, se levantó y le colocó un dedo sobre los labios-. Este día es perfecto y no quiero estropearlo. Ya tendremos tiempo para hablar después. Ahora, solo quiero disfrutar del aire fresco y del sol -añadió, antes de volverse a dejar caer sobre la hierba-. ¿Cómo pude sentirme tan aterrorizada hace una semana y hoy encontrarme tan feliz? Quiero que esto dure.
– Me alegro.
– ¿Cómo crees que será mi vida cuando testifique contra Keenan? ¿Tendré que seguir preocupándome por él?
– No. No tendrás que volver a preocuparte nunca por Keenan.
– ¿Pero y si sale de la cárcel y quiere vengarse de mí?
– Entonces, yo te protegeré -le prometió él, tomándola de la mano y dándole un beso en la parte interior de la muñeca.
– ¿Nos veremos después del juicio?
– Tú estarás muy ocupada volviendo a levantar tu negocio. Y tendrás tus amigos. Ya no tendrás tiempo para pensar en mí.
– Eso no es cierto, Conor.
– Claro que lo es. Sé sincera, Olivia. Si yo me acercara a ti en la calle y te pidiera que salieras conmigo, saldrías corriendo en la dirección opuesta. Eres de un mundo diferente, con privilegios, sofisticada, culta. Yo soy solo un policía y no demasiado bueno.
– Yo no soy lo que tú crees. No crecí en Beacon Hill. Crecí en un piso encima de una tienda en North End. Mis padres eran hippies. Compraban y vendían lo que ellos llamaban antigüedades, pero que no eran más que trastos. Éramos muy pobres. Todo lo que ves surgió de la nada. Leí revistas para aprender a vestirme y estudié mucho para comprender a mis clientes. Incluso di clases de fonética para que me enseñaran a hablar como si tuviera dinero.
– De todos modos, ahora perteneces a ese mundo. Te has hecho tu lugar tú misma.
– Pero me gusta mucho tu mundo. Es mucho más emocionante y me hace sentir viva.
– Te propongo un trato. Cuando todo esto termine, volveremos a nuestras vidas de siempre. Si sigues sintiendo lo mismo al cabo de un mes, hablaremos.
Un mes entero sin Conor era impensable. Casi no podía pasar ni una hora sin él.
– ¿Me lo prometes? -preguntó ella-. ¿Solo un mes? Conor asintió.
– Nunca me arrepentiré de lo que hemos compartido -dijo Olivia
– Yo tampoco -le aseguró él, dándole un rápido beso en los labios-. Yo tampoco.
Las señoras se habían reunido para tomar café, como era su costumbre, pero, aquel día, se habían invitado al apartamento de Olivia para su ritual matutino. La joven no tuvo corazón para negarse y, de hecho, agradecía la compañía. Necesitaba algo que le impidiera pensar en Conor.
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