Olivia se quedó boquiabierta ante aquella increíble sugerencia.
– Bueno, en ese caso supongo que tengo suerte de tenerte para que me protejas.
Echó a andar rápidamente por el muelle, decidida a poner algo de distancia entre ellos. Sin embargo, unos segundos después, él volvió a ponerse a su lado, mirando a su alrededor como si estuviera calculando de dónde iba a venir el siguiente ataque y listo para ponerse entre ella y una bala.
Mientras iban saliendo del puerto, Olivia trató de mantener si indignación, pero, en realidad, todo aquello parecía no tener importancia y resultar algo infantil. Aquel hombre estaba dedicado en cuerpo y alma a mantenerla con vida y lo único que ella hacía era quejarse.
Dylan los estaba esperando, apoyado contra el lateral de un Mustang rojo, cuyas llaves le entregó a Conor. Entonces, abrió la puerta para Olivia.
– Si encuentro una sola abolladura, un arañazo, te prometo que me las pagarás.
Cuando Conor y ella estuvieron dentro, Olivia se volvió a él deseosa de arreglar las cosas entre ellos. Sin embargo, encontró que la expresión de él resultaba tan distante, que cambió de opinión. Para cuando llegaron a un motel, en la carretera de Cohasset, Olivia había decidido que era mejor no abrir la boca.
Conor la ayudó a salir del coche y luego se metió la mano en el bolsillo y se sacó una llave del bolsillo. Cuando abrió la puerta, se hizo a un lado. Entonces, Olivia pudo comprobar lo mucho que había bajado su nivel de vida. La habitación parecía sacada de una película de terror. Había una cama de hierro contra la pared y papel pintado, completamente desteñido, en tonos verdes y naranjas. El suelo de linóleo estaba marcado con quemaduras de cigarrillos y la habitación olía a humo y a humedad. Lentamente, se dirigió al cuarto de baño, temerosa de lo que podría encontrar allí. Sin embargo, todo estaba muy limpio. Los viejos sanitarios relucían y olía a un fuerte desinfectante.
– No es un palacio -murmuró él-, pero aquí estaremos a salvo por ahora. Si tenemos que huir, el barco de Brendan está solo a unos pocos kilómetros.
– Lo siento -dijo ella, con una sonrisa forzada-. No quería parecer desagradecida.
– Y yo no quería resultar tan dictatorial. Resulta muy difícil cuando tú no haces lo que yo te pido. Conozco a Red Keenan y sé que no se detendrá en nada para evitar que testifiques.
– Me siento como si me hubieran arrebatado la vida. No tengo mas ropa que la que llevo puesta. Estoy preocupada sobre mi negocio, mi apartamento, sobre Tommy…
Le preocupaba cómo estaría sobreviviendo el gato solo con la patrona. Normalmente, la señora Callaban cuidaba al gato, pero Olivia tenía miedo de que alguien hubiera entrado por la fuerza en el piso y de que Tommy se hubiera escapado y estuviera solo en la calle. La señora Callaban odiaba a los gatos y, de mala gana, había accedido a ocuparse del gato por una nueva adquisición para su enorme colección de figuritas Hummel.
– ¿Tommy?
– Lo dejé al cuidado de mi casera -explicó Olivia-. Vive un poco más abajo de la calle. No quería que se viera implicado en todo esto. Ella lo ha cuidado antes, pero me gustaría tenerlo conmigo. Dormiría mejor sabiendo que él está a salvo.
– ¿Es que tienes un hijo? -preguntó él, boquiabierto-. ¿Cómo no se lo dijiste a la policía?
Olivia abrió la boca para corregirlo, pero se lo pensó mejor.
– Tommy lo es todo para mí -añadió-. Tengo miedo de que Red Keenan lo descubra y…
– Tengo que ir a por él. No estará a salvo si no está con nosotros. ¿Cuántos años tiene?
– Nueve.
– ¿Y su padre?
El modo en que Conor la miraba le dijo que aquella se pregunta se debía a más de un interés simplemente policial. Quería saber si había tenido una relación apasionada con otro hombre.
– Bueno, no tengo relación con él. Tenía el instinto de… un gato callejero.
Sabía que debía decirle la verdad, pero aquella era su manera de recuperar en cierto modo el control sobre su vida.
– Voy a por él -dijo Conor, sacando las llaves del coche-. Quiero que llames a tu patrona y le digas que voy de camino. No te demores mucho ni respondas a ninguna pregunta, ¿de acuerdo? Escríbeme su dirección.
– Estará encantada de verte -explicó Olivia-. Se alegrará mucho de no tener que cuidar más de Tommy.
– ¡Dios mío, Olivia! ¿Por qué no me dijiste nada? -preguntó él, atónito de que ella fuera madre.
– Conor, no tienes por qué… -respondió, sintiéndose algo culpable. Entonces, para su sorpresa, él levantó la mano y le acarició la mejilla. Luego, le colocó un dedo en los labios.
– No pasará nada -dijo él-. Puedo entrar y salir sin que nadie se dé cuenta. Si los hombres de Keenan están vigilando tu piso, no me verán ni a mí ni a Tommy. Tú te quedarás en el barco con Brendan mientras voy por él.
– Pero pensé que estaba a salvo aquí y… bueno, en realidad estaba deseando darme una ducha bien caliente. Te prometo que no me marcharé de esta habitación.
Tras considerar la petición durante un momento, mostró su acuerdo dándole un breve pero potente beso. Olivia lo miró y vio que aquel impulso le había pillado a él también por sorpresa. Entonces, se aclaró la garganta y sonrió.
– De todos modos, voy a pedirle a Brendan que vigile por aquí fuera.
Olivia parpadeó. ¡Aquello había ido demasiado lejos! Tenía que decirle que Tommy era un gato. Sin embargo, ya había recibido bastante ira durante un día. Tendría que enfrentarse a él cuando regresara.
– ¿Estás seguro de que estarás bien? Conor asintió y se dirigió a la puerta. Cuando la cerró tras él, Olivia se llevó la mano a la boca y se tocó los labios. Todavía estaban cálidos y húmedos por su beso.
– Si le disparan, nunca podrás perdonarte. Sin embargo, aquello no podría pasarle a Conor. Era valiente y fuerte. Cuando regresara, estaría furioso con ella, pero no la abandonaría, por mucho que ella se mereciera aquel castigo. A pesar de que solo hacía un día que lo conocía, ya sabía que no había otra persona a la que prefiriera confiarle su vida que a Conor Quinn.
Conor rodeó el bloque un par de veces para asegurarme que no estaban vigilándolo. No esperaba que nadie estuviera controlando la casa de la patrona, pero nunca estaba de más asegurarse. Además, quería asegurarse de que nadie estaba vigilando el piso de Olivia. Había visto un coche oscuro con ventanas ahumadas cerca, por lo que tomó nota para poder llamar a Danny y pedirle que lo comprobara.
Aparcó el Mustang de Dylan en la siguiente bocacalle y luego se mantuvo pegado a las sombras de las casas. Miró por encima del hombro una vez más antes de llamar al timbre. Como tantas otras casas de aquella zona, la enorme casa, que en el pasado había pertenecido a una sola familia, estaba dividida en varios apartamentos.
La cortina de encaje que había sobre la ventana se agitó un poco y luego se abrió la puerta de par en par. Se encontró cara a cara con una mujer mayor, de pelo canoso y vestida con un arrugado vestido.
– Ya iba siendo hora -musitó.
– ¿Es usted la señora Callaban? -preguntó Conor. La mujer asintió-. He venido a recoger a Tommy.
Ella le hizo un gesto para que pasara. Los dos se vieron en un pequeño recibidor, en el que Conor tuvo que apretarse contra la pared para que la mujer pudiera pasar.
– Estoy encantada de poder librarme de él. No da nada más que problemas. Se pasa despierto toda la noche, duerme todo el día y no deja de comer. Y el ruido está a punto de volverme loca.
Olivia debía haberse sentido desesperada para haber dejado a su hijo con tal arpía. Se alegraba de poder reunir a la madre con su hijo y, aunque proteger a ambos sería más trabajo, merecía la pena.
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