– Cariño… -murmuró, mientras miraba las cumbres rosadas de sus pechos-. Eres exquisita -dijo luego, inclinando la cabeza para tomar un pezón entre los labios.
Phinn cerró los ojos para disfrutar de sus caricias.
– Oh, Ty, te deseo tanto…
– Y yo a ti -murmuró él.
Estuvo a punto de decirle que lo amaba, pero intuyó que eso no era lo que él quería escuchar.
– Yo… en fin…
Las palabras se le atragantaban.
– ¿Quieres hacer el amor conmigo, pero te da vergüenza?
– ¿Tú sabes lo que me haces?
– Si es lo mismo que tú me haces a mí, yo diría que es muy interesante -contestó Ty, con una sonrisa en los labios.
– Pero es que… yo no sé bien cómo se hacen estas cosas… y me siento un poco tonta porque no sé si necesitas saberlo o no -era horrible, estaba medio desnuda y no era capaz de formar una frase coherente-. No sé si tienes que saber que nunca he estado con un hombre -dijo por fin, impaciente consigo misma.
Ty se quedó mirándola con cara de sorpresa.
– ¿Qué estás diciendo exactamente, que eres virgen?
– ¿Eso importa? -Phinn hizo una mueca, intuyendo que sí importaba.
– En este momento te deseo más de lo que puedo decirte… -nervioso, se inclinó para tomar la bata del suelo-. Por favor, tápate. Te deseo, pero necesito… pensar con claridad.
Ella lo miraba sin saber qué hacer. Pero enseguida supo la verdad: que no iba a compartir su cuerpo con Ty, el hombre del que estaba enamorada.
Pero un segundo después, frustrada, su orgullo empezó a despertar. ¿Ty necesitaba pensar si iba a rechazarla o no? ¡Rechazarla!
– Tómate el tiempo que quieras -le dijo, enfadada-. Yo me marcho.
– Phinn, no quiero que…
– ¡No te preocupes! -lo interrumpió ella, dirigiéndose a la puerta-. ¡Yo tampoco quiero!
PHINN no podía dormir y la noche le parecía interminable. Ty había dicho que la deseaba, pero que tuviera que pensar si se acostaba con ella o no demostraba que no la deseaba tanto.
Su reloj, el reloj de Ty, mostraba que eran las cuatro de la mañana cuando lo oyó salir de la casa. Y ella quería marcharse también y no volver nunca más.
Le había dicho que lo deseaba. ¿Qué más prueba necesitaba de que quería estar con él? Estaba medio desnuda… y Ty la había rechazado.
Mortificada al pensar que podría saber que estaba enamorada de él, Phinn quería esconderse en algún sitio y no volver a verlo. Pero no podía marcharse de allí. ¿Qué haría con Ruby?
No dejaba de darle vueltas a la cabeza, pero cuanto más lo pensaba más se daba cuenta de que para Ty hacer el amor con ella no podía significar mucho.
Suspirando, se levantó temprano para bajar al establo y esa mañana estuvo muy ocupada con llamadas de teléfono. Su madre llamó para insistir en que debía ir a visitarla y Will Wyatt llamó también para pedirle que no se olvidara de él y decirle que tenía un plan para que Ty lo invitase a pasar otro fin de semana en Broadlands Hall.
En un momento de debilidad, Phinn se preguntó si Ty la llamaría, pero era una fantasía porque nunca lo había hecho. ¿Y por qué iba a hacerlo? Él vivía en Londres, en un mundo sofisticado donde abundaban las mujeres sofisticadas. Tyrell Allardyce no tenía ni tiempo ni inclinación, aparentemente, para educar a una chica de pueblo.
Pensando que su convicción de que Ty la había rechazado estaba amargándole la existencia, Phinn decidió olvidarse del asunto. Aunque no iba a ser fácil.
– ¿Dónde vas, Ash? -le preguntó.
– A estirar las piernas un rato mientras pienso en los asuntos de la finca.
– ¿Quieres que vaya contigo?
– Si quieres…
Eso fue el lunes.
El martes, con Ruby más animada, Phinn fue con Ash a Honeysuckle. Para entonces, con Ty constantemente en sus pensamientos, su aversión a volver a la granja en la que había crecido le parecía algo secundario.
Y como le pagaban por hacer compañía a Ash, cuando lo vio dirigirse a la camioneta el miércoles, se acercó a él. Pero antes de que pudiera decir que quería acompañarlo, Ash se adelantó.
– Querida Phinn, como hermana honoraria que eres te quiero mucho. ¿Pero te importaría si por una vez fuera solo?
Ella lo miró, sorprendida. La verdad era que Ash parecía mucho más animado en las últimas semanas. Había engordado un poco, tenía mucho mejor color de cara, nada que ver con el alma en pena de unos meses antes.
– Depende de donde vayas.
– Pues había pensado ir a ver a Geraldine Walton para preguntarle si quiere cenar conmigo el sábado.
Phinn sonrió de oreja a oreja.
– Oh, Ash. ¡Qué alegría!
– ¡Pero si aún no me ha dicho que sí!
– Te deseo suerte, de verdad.
Después de despedirse, Phinn fue a charlar un rato con Ruby. Aparentemente, su trabajo en Broadlands Hall había terminado… y era un problema porque seguía sin tener dónde ir. Pero no sabía cómo iba a seguir aceptando un salario cuando ya no había nada que hacer.
Por la tarde, sin embargo, tenía una preocupación más importante: Ruby había dejado de comer. Intentando no asustarse, Phinn llamó a Kit Peverill.
– No tiene buena pinta -le dijo el veterinario después de examinar a la yegua.
Phinn tuvo que apretar los labios para contener las lágrimas.
– ¿Siente mucho dolor?
– Voy a ponerle una inyección para que no le duela -dijo él-. Servirá para que aguante un par de días, pero llámame en cuanto me necesites.
Phinn se dirigía a la casa cuando vio que Ash volvía en la camioneta.
– ¿Cómo ha ido?
– Como tú misma sabes, ¿quién se puede resistir a los encantos de un Allardyce? -rió él.
¿Quién, desde luego?
– ¿Ése que se iba era el jeep del veterinario?
– Sí, acaba de examinar a Ruby -suspiró Phinn-. No está bien, Ash. Me ha dicho que ya no puede hacer nada.
Ash la acompañó al establo, pero Ruby parecía debilitarse por segundos y Phinn pasó el resto de la tarde con ella.
Tuvo que volver a llamar al veterinario el jueves y su expresión le dijo lo que ella ya sabía. Phinn se quedó con Ruby todo el día y toda la noche…
Y su querida Ruby murió el viernes por la mañana.
No sabía cómo iba a poder soportarlo, pero Ash se portó maravillosamente bien. Él se encargó de todo y Phinn le estaría agradecida por ello para siempre.
– Voy a llamar al veterinario para que se encargue de todo mientras tú te despides de ella, cariño. De todo lo demás me encargo yo.
Una hora después, Phinn se despidió de Ruby para siempre y, dejándolo todo en manos de Ash, salió a dar un paseo.
No sabía cuánto tiempo había estado dando vueltas por los caminos que tantas veces había recorrido con Ruby, pero estaba a kilómetros de la casa cuando se encontró con el tronco de un árbol caído que su yegua había saltado un par de meses antes, mirándola después como diciendo: «¿has visto eso?».
Cuando volvió al establo, horas después, Ruby había desaparecido y Ash se dirigía hacia ella.
– Se la han llevado con todo el cuidado del mundo, como tú querías. Y he pedido que nos enviasen sus cenizas… he pensado que podrías querer esparcirlas por sus lugares favoritos -dijo Ash, apretando su mano-. Pero pareces tan cansada… ven, la señora Starkey ha hecho tu sopa favorita.
Como un autómata, Phinn lo siguió hasta la casa y tomó algo de sopa antes de subir a su habitación. Durmió un rato, no sabía cómo, pero cuando despertó estaba exhausta y con el corazón encogido. Después de darse una ducha se cambió de ropa pensando que debía hacer algo, pero no sabía qué.
No quería ir al establo, pero sus piernas la llevaron allí de todas formas. Y allí fue donde la encontró Ash unos minutos después.
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