– Exacto, una joven muy especial y muy inteligente. No es tuya, Doyle Van Horn. No tenías derecho.
Tahira se colocó delante de Doyle.
– No le hagas daño, por favor. Sé que lo que he hecho es imperdonable, pero no le hagas daño.
Doyle le pasó un brazo por el hombro.
– No te disculpes. No has hecho nada malo.
– En eso tienes razón -dijo Jefri-. Aquí el acusado eres tú.
Doyle se irguió cuan alto era.
– No te tengo miedo.
– Deberías tenerlo -dijo el rey, con severidad-. Mantenemos la paz en el reino desde hace mil años y nadie tiene derecho a secuestrar a una joven inocente para sus perversiones.
– No la he secuestrado -dijo Doyle, con los dientes apretados-. Sólo quería ayudarla a escapar – miró a Jefri-. Tú no la quieres. Apenas la soportas y no estás enamorado de ella. ¿Por qué demonios insistes en casarte con ella? -sin darle tiempo responder, se volvió a Tahira-. Y tú eres igual. Di la verdad.
Tahira agachó la cabeza.
– Estoy aquí para someterme a los deseos del príncipe.
Doyle maldijo en voz baja.
– Tahira, por el amor de Dios, di lo que quieres de verdad, aunque sea por una vez. No pasará nada, te lo prometo.
Los ojos de la joven se llenaron de lágrimas.
– Te matarán.
– No somos tan salvajes -dijo el rey.
Jefri ya había oído bastante. Bajó las escaleras y tomó la mano de Tahira.
– Ven conmigo -le dijo, amablemente-. Hablaremos en privado.
Y después de dar órdenes a los guardias de que custodiaran a Doyle, llevó a Tahira a una pequeña antesala detrás del trono. Allí la sentó en un sillón y le dio un vaso de agua.
– ¿Estás bien? -le preguntó.
Ella asintió, sujetando el vaso con las dos manos.
– Doyle no me ha hecho daño. Tienes que creerme.
– Te creo. Sé que no fuiste con él contra tu voluntad. Querías ir con él, ¿verdad?
Ella abrió los ojos y asintió.
– Durante las últimas semanas os habéis hecho amigos.
– Sí.
Bien. Al menos su padre le había dicho la verdad. Ahora necesitaba el resto de la información.
– ¿Estás enamorada de él?
Tahira se hundió en el sillón.
– No, no. Yo nunca… no hemos… Me has hecho un gran honor, y yo me siento muy agradecida.
– Tahira, no estoy interesado en tu gratitud. Quiero tu felicidad -la interrumpió él-. Pensaba que deseabas este matrimonio por encima de todo, pero ahora sé que no es cierto. ¿No sería más fácil decir lo que sientes de verdad y no arriesgarte a una vida desgraciada porque tienes miedo?
– Hablas como Doyle -dijo ella, y sonrió. Tras un silencio, añadió, hablando muy deprisa y apretando con fuerza el vaso de cristal -: No quiero casarme.
Profundamente aliviado, Jefri le quitó el vaso de la mano, temiendo que lo rompiera. De repente el futuro volvió a brillar ante él. Pero tenía que estar seguro.
– ¿Qué es lo que quieres? -preguntó.
– Me gustaría estudiar moda y diseño. En París. Es adonde íbamos Doyle y yo, para estar juntos-se sonrojó-. Bueno, no exactamente. Iba a ayudarme a encontrar un lugar para vivir y una escuela.
– ¿Hablas francés?
– Sí. E italiano. En Italia hacen unos zapatos preciosos.
Jefri sonrió.
– Eso he oído -le tomó la mano-. Tahira, me has honrado con tu lealtad. Siento que hayas tenido que tratar de escaparte para conseguir lo que deseabas. Nunca fue mi intención hacerte daño. Será un placer ayudarte a encontrar un lugar en París.
También se haría cargo de su situación económica, pero no había necesidad de aclarar eso ahora.
– ¿No estás enfadado? -preguntó ella, sorprendi¬da.
– No, estoy encantado.
Más que eso, de hecho, aunque no era una conversación innecesaria entre ellos.
Tahira se lanzó a su cuello y lo abrazó.
– Gracias, príncipe Jefri. Mil gracias. Y por favor, no le hagas nada a Doyle. No ha hecho nada malo.
– Y supongo que querrás continuar viéndolo.
Tahira asintió con entusiasmo.
– Es unos años mayor que tú -le recordó él-. Eso puede presentar algunos problemas.
– Los superaremos.
La seguridad con que habló lo hizo sonreír.
– Como quieras.
Billie paseaba nerviosa por su habitación, deteniéndose cada pocos minutos para escuchar pisadas. Cuando por fin oyó pasos en el pasillo, corrió a la puerta y la abrió de par en par.
– ¿Qué ha pasado? -quiso saber, mientras Jefri entraba en el dormitorio y la abrazaba.
– Te quiero -dijo él, cerrando la puerta de una patada y besándola.
– Yo también te quiero -murmuró ella, casi sin poder hablar.
Jefri la alzó en brazos y la llevó hacia el dormitorio. Allí la dejó de pie junto a la cama.
– ¿Qué ha pasado? -preguntó Billie otra vez, mientras él empezaba a desabrocharle los botones de la blusa.
– Tahira desea estudiar moda y diseño en París. No tiene ningún interés en casarse conmigo y parece bastante encantada con Doyle -le abrió la blusa y la contempló con admiración-. Eres preciosa.
Una oleada de calor la recorrió. Billie le sacó la camisa de los pantalones.
– Tú tampoco estás nada mal. ¿Así que no hay compromiso?
– Ya no. Sospecho que mi padre lo sabía todo desde el principio pero ha esperado a ver hasta qué punto me interesabas.
– Me estás tomando el pelo.
– No.
Jefri se inclinó y la besó con una pasión que la dejó sin fuerzas. Le acarició el cuerpo, a medida que le quitaba la ropa. Ella hizo lo mismo con él, con la continua distracción de cosas como su boca en los pezones o sus dedos entre las piernas.
La acarició y la amó hasta dejarla sin capacidad para pensar ni para respirar, sólo para sentir.
Colocándose entre sus muslos, Jefri la miró a los ojos.
– Quédate -jadeó él-. Quédate conmigo.
Ella se perdió en sus ojos negros.
– Claro que me quedaré.
– Quiero que te cases conmigo. Que seas la madre de mis hijos. Que seas parte de mí, y parte de mi país. No puedo vivir sin ti.
A Billie le ardían los ojos y pestañeó para apartar las lágrimas.
– Te quiero, Jefri. No me imagino en ningún otro sitio.
– ¿Es eso un «sí»?
– Un «sí, para siempre».
Entonces él entró en ella y la poseyó con una intensidad que la llevó a otra dimensión.
Más tarde, cuando recuperaron la respiración, ella se acurrucó a su lado.
– Supongo que ahora no me la tengo que quitar nunca -dijo, alzando la muñeca y contemplando la pulsera.
– No tienes que preocuparte -le aseguró él-. Mi pueblo siempre te amará tanto como yo. Éste será tu hogar. El palacio y los cielos de Bahania.
Billie apoyó la barbilla en su pecho y lo miró.
– ¿Así que no vas a pedirme que deje de volar?
– Por supuesto que no. Tu sitio está entre las nubes. La diferencia es que ahora estaré yo allí arriba contigo.
– Te advierto que seguiré ganándote. No creas que casándote conmigo te dejaré ganar.
Jefri se echó a reír.
– Ahora tengo toda una vida para practicar. Algún día te ganaré.
– Ni en sueños.
– Tú eres mi sueño. Mi fantasía. Para siempre.
Billie suspiró.
– Esto se te da muy bien.
– Estoy muy enamorado.
– Yo también. De hecho…
Unos rasguños en la puerta llamaron su atención.
– Oh, espera un segundo. Muffin quiere salir. Voy a abrirle la puerta.
Billie se levantó, se puso la camisa de Jefri y abrió la puerta de la suite para que Muffin saliera al pasillo. Después volvió corriendo al dormitorio.
– ¿Dónde estábamos? -preguntó, metiéndose otra vez bajo las sábanas.
Jefri la abrazó.
– Creo que aquí.
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