– He llegado a la conclusión de que, si no era sincera, no te irías nunca.
– No me digas que estoy arruinando tu vida social -preguntó él en broma. Luego sorprendió el rubor de su madre-. Estoy arruinando tu vida social -dijo, sorprendido por no haberse dado cuenta antes-. Podrías haberme pedido simplemente que me fuera.
– Creo que acabo de hacerlo -Flo sonrió, más colorada aún.
Su madre quería que se marchara para pasar más tiempo con su novio.
– Me iré a primera hora de la mañana -masculló Ty mientras sacudía la cabeza, sorprendido por aquel irónico giro de los acontecimientos.
– ¿Vas a hablar con Lilly? -preguntó ella, esperanzada.
Ty sonrió.
– Creía haberte dicho que no pensaba discutir mi vida amorosa con mi madre -se acercó y le dio un beso en la mejilla-. Gracias por preocuparte por mí y darme una patada en el trasero -dijo, riendo-. En cuanto a lo demás, prometo pensar en todo lo que me has dicho.
Pensaría. Y después, quizá, encontraría el coraje necesario para perseguir lo que deseaba.
Una semana después de su regreso, Lacey recordaba ya por qué amaba su trabajo. Las chicas que trabajaban para ella estaban tan contentas de que hubiera vuelto que se presentaron en su apartamento con una tarta de bienvenida. Como sorpresa especial, una de ellas buscó a Marina y la llevó con ellas. Cada vez que Lacey hablaba con una de sus empleadas, se acordaba de sus primeros tiempos en Nueva York y de lo agradecida que estaba con Marina por haberle dado una oportunidad y un empleo. A ella le encantaba hacer lo mismo.
En cuanto a las personas que contrataban los servicios de su empresa, algunas eran un incordio y se quejaban sin cesar porque las toallas no estaban bien dobladas, el perro se había hecho caca en casa (cosa que debía ser culpa del paseador) o la lista de la compra no estaba completa. Luego estaban los que se sentían agradecidos simplemente por tener a alguien que se ocupara de las tareas domésticas mientras ellos se pasaban todo el día en la oficina. En todo caso, Lacey volvía a tener todo el día ocupado y disfrutaba de cada minuto.
También echaba de menos a Ty. Constantemente, desesperadamente y en todo momento. Aun así, había hecho lo correcto al volver a casa para recordar las cosas que adoraba de su vida. Una vida que podía duplicar en Hawken's Cove, si ése era el único modo de estar con Ty.
Porque otra cosa de la que se había dado cuenta al volver era de que el hogar no era un sitio físico. El hogar era un sentimiento. Era el lugar donde su corazón latía un poco más aprisa y adonde podía volver tras un día satisfactorio o frustrante con la certeza de que Ty la estaría esperando. En ese momento, no le importaba ya que la casa de sus padres o su tío estuviera allí para recordarle todo lo que había perdido. Había ganado mucho más al reencontrarse con Ty.
Quedaban unos días para su cumpleaños, el día en que regresaría a Hawken's Cove para reclamar su herencia. El día en que le cedería la casa a su tío para siempre. No quería tener nada que ver con esa parte de su vida.
En cuanto al dinero, el fideicomisario nombrado por el juzgado que se había hecho cargo de él tras el encarcelamiento de Paul Dunne, le había informado de que Dunne había desfalcado cientos de miles de dólares a lo largo de los años. El capital propiamente dicho ascendía a un millón setecientos mil dólares, dejando aparte la casa y la finca. Una cifra que Lacey apenas podía asimilar.
A pesar de la merma, le quedaba más que suficiente para mantener los costes de la casa en la que viviría su tío, y para fundar de nuevo su empresa en Hawken's Cove. Marina se había jubilado, pero Lacey le había pedido que supervisara su negocio en Nueva York, y ella había aceptado. Con el tiempo, Lilly podía venderle la empresa a ella, o a otra de sus empleadas. El tiempo lo diría.
Naturalmente, todos sus planes basculaban sobre la presunción de que Ty quería que volviera. Que quería pasar el resto de su vida con ella y tener hijos juntos cuando estuvieran preparados, y dejar que Flo abrumara a sus nietos con su amor y sus mimos.
Lacey ignoraba qué era lo que quería él y, las pocas veces que le había llamado, se había encontrado con su contestador automático. Suponía que estaba fuera, trabajando, haciendo el turno de noche en el bar o investigando algún caso. Como no sabía cómo expresar sus sentimientos por teléfono, no había dejado ningún mensaje. Y él tampoco la había llamado. O, al igual que ella, no había dejado mensaje.
Lacey jugueteó con el colgante de su cuello. No tenía aún valor para separarse de aquella joya cargada de sentimentalismo, ni quería hacerlo. No, a menos que Ty le dijera que se olvidara para siempre. Tragó saliva (notaba un nudo en la garganta) y procuró seguir pensando positivamente.
Pensó en lo que haría con el resto del dinero de su herencia. Parecía un desperdicio dejarlo en el banco, acumulando intereses sin hacer nada con él. Tenía algunas ideas, pero aún no había tomado ninguna decisión en firme.
Se sobresaltó al oír que llamaban a la puerta. Digger empezó a ladrar obsesivamente y a saltar delante de la puerta, sin saber siquiera quién había detrás.
Lacey miró por la mirilla y estuvo a punto de desmayarse. La abrió de par en par.
– ¡Ty! ¿Qué haces aquí? -dijo, nerviosa, llena de esperanza y al mismo tiempo asustada porque le hubiera pasado algo a su madre-. ¿Flo está bien? -preguntó.
– Eso depende de lo que consideres estar bien. Me echó de casa, ¿puedes creértelo? -él dejó su abultada mochila en el suelo y Lacey la miró extrañada.
– ¿Qué quieres decir con que te echó de casa?
Él esbozó aquella sonrisa arrogante y sexy que ella adoraba.
– Dijo que la estaba poniendo de los nervios y que la estorbaba. Y luego me dijo que me largara de una vez.
– ¡No puede ser!
Él se echó a reír.
– No literalmente, claro. Pero su opinión quedó muy clara.
Lacey miró su mochila y alzó luego la vista hasta sus ojos. Unos ojos que ahora parecían ligeros y libres de un exceso de equipaje. No comprendía qué estaba pasando, pero tenía la corazonada de que iba a gustarle. Mucho.
Se movió hacia delante de puntillas y luego volvió a retroceder.
– Entonces, ¿has vuelto a tu apartamento? -preguntó.
– No. Le dije a Hunter que acampara allí unos días.
– ¿No tiene su casa en Albany?
– Va a sustituirme en el bar, así que tendría que hacer un viaje muy largo de noche. Además, odia ese apartamento tan elegante que tiene alquilado. Sólo lo alquiló para que quedara claro que había triunfado, pero ya no le importa lo que piense la gente.
– Lo está pasando mal, ¿verdad? -preguntó Lacey.
Ty asintió con la cabeza.
– Molly lo ha dejado hecho polvo. ¿Sabías que Hunter se ofreció a irse con ella adonde fuera?
Aunque Lacey había estado en contacto con Hunter y sabía que se había dado por vencido, su amigo no le había contado algunas partes cruciales de la historia.
– No tenía ni idea -murmuró-. ¿Ella lo rechazó?
– Tajantemente -Ty cruzó los brazos sobre el pecho.
Lacey hizo una mueca.
– Pobre Hunter. Pero al menos tuvo el coraje de ofrecerse a irse con ella -dijo intencionadamente. No sólo se refería al hecho de que Ty no se hubiera ofrecido a hacer lo mismo, sino a que ella tampoco lo hubiera hecho.
– Por desgracia, no le sirvió de mucho.
– Pero por lo menos ahora sabe a qué atenerse.
Ty asintió con la cabeza.
– Tienes razón.
Se quedaron así un rato, paralizados, sin saber qué decir.
Lacey aprovechó la ocasión para mirarlo atentamente por primera vez. Hacía varios días que Ty no se afeitaba, tenía el pelo tan largo como antes y su chaqueta de cuero parecía muy gastada. Era su rebelde irresistible y ella se alegraba mucho de que estuviera allí.
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