Tal vez tuviera que irse, tal vez comprendiera sus motivos para hacerlo, pero eso no significaba que le resultara sencillo.
– Todavía es temprano. Puedo ocuparme del coche y pasar un rato más con tu madre antes de irme. Además, quiero ver a Hunter y a Molly.
– La verdad es que Molly se ha ido -sus palabras la pillaron por sorpresa-. Hunter llamó antes para decirme que hizo las maletas y se fue -Ty abrió el coche y sostuvo la puerta abierta para que ella pasara.
– ¿Así como así? -preguntó Lilly. Asombrada, se dio la vuelta-. ¿No tenía aquí su bufete? ¿A su madre? ¿Su vida entera?
Ty se encogió de hombros.
– Al parecer su madre también se ha ido. Últimamente se va todo el mundo -añadió con sorna.
Lacey sabía que aquel asunto le molestaba más de lo que parecía.
– Pobre Hunter -murmuró, y montó en el coche.
Ty cerró la puerta sin responder. Tuvo que morderse la lengua para no recordarle que Hunter pronto lo tendría a él para hacerle compañía. No quería parecer patético en ningún sentido.
Había logrado con gran esfuerzo mantener la calma al salir con Lilly del solario, pero las palabras que ella le había dicho a su tío aún resonaban en sus oídos. Ceder la casa de sus padres a su único pariente no encajaba con sus esperanzas de que ella volviera a establecer vínculos con su pueblo natal. Vínculos con él.
Aunque sólo había oído parte de la conversación y sabía que nada de cuanto Lacey le había dicho a Dumont afectaba a lo que sentía por él, desde entonces tenía el estómago revuelto. Se había prometido no presionarla para que le diera una respuesta hasta que el peligro sobre su vida hubiera pasado.
Ahora que había llegado el momento, no se atrevía a preguntar. Lilly había elegido ya una vez no regresar a Hawken's Cove y él no podía olvidar lo fácilmente que lo había relegado al pasado y lo había dejado allí. Si él no se hubiera presentado en su casa, si no le hubiera suplicado que reclamara su herencia, ella seguiría viviendo su vida en Nueva York, sin él.
Así que, si Lilly quería volver a marcharse, él no se interpondría en su camino. No se habían prometido nada y él se alegraba de haber tenido siempre presente que aquello podía ocurrir.
Sin embargo, esa certeza no hacía que lo inevitable fuera más fácil de asumir, se dijo. Pero sobreviviría sin Lilly. Como había hecho antes.
Hacía una semana que Flo Benson había salido del hospital. Los médicos aseguraban que su corazón seguiría funcionando como siempre. Que se recuperaría. Por desgracia, ella no podía decir lo mismo de su hijo. Desde que le habían dado el alta, Ty se había quedado con ella en casa. Después de los dos primeros días, había vuelto al trabajo. Durante el día estaba en la oficina y casi todas las noches se dedicaba a labores de vigilancia, lo cual dejaba libre a Flo para verse con Andrew.
Aun así, Flo sabía que Ty sólo intentaba mantenerse ocupado para no tener que pensar en Lilly y en cómo la había dejado marchar. De nuevo. Qué hombre tan terco, se decía Flo. No sólo se estaba torturando, sino que también la estaba volviendo loca a ella, siempre revoloteando a su alrededor cuando estaba en casa.
– Mamá, te he preparado una taza de té verde. Dicen que tiene muchos antioxidantes y que es bueno para el corazón -Ty entró en su dormitorio, donde ella estaba viendo las noticias de la noche.
– ¿Vas a trabajar esta noche? -le preguntó.
Él negó con la cabeza.
– Derek se está encargando de todo -puso la taza y el platillo sobre su mesilla de noche.
– Ty, tengo que preguntarte algo y, por favor, no te lo tomes a mal. ¿Cuándo demonios vas a irte? -le preguntó ella a su hijo.
Él ladeó la cabeza.
– Puedo irme ahora mismo, si te refieres a eso. Mi apartamento está listo desde hace tiempo. Pero creía que te apetecería tener compañía cuando volvieras a casa.
Ella movió la cabeza de un lado a otro. A veces los hombres, incluido su querido doctor, eran muy duros de mollera.
– Me refería a cuándo vas a irte de Hawken's Cove a buscar a Lilly -Ty se sentó en la cama pesadamente, pero guardó silencio-. No es que no te quiera o no agradezca que me cuides, pero no lo necesito. Estoy bien. Ya te lo dijeron los médicos. Si sigues aquí, es más por ti que por mí. Creo que no quieres volver solo a tu apartamento, ni pensar en lo tonto que has sido por dejarla marchar otra vez -cruzó los brazos sobre el pecho, desafiando a su hijo a llevarle la contraria.
Él frunció el ceño al responder:
– No pienso discutir mi vida amorosa con mi madre.
– ¿Qué vida amorosa? Que yo sepa, no tienes ninguna ni nunca la tendrás. Dame una buena razón por la que no le pediste que se quedara.
– ¿Por qué me echas la bronca a mí, si fue ella la que recogió sus cosas y se marchó? -preguntó él.
– Porque eres tú quien lo está pasando mal y yo soy la infeliz que tiene que verte sufrir.
Flo se incorporó sobre las almohadas para ponerse más cómoda. Hizo una mueca al sentir un leve tirón en el pecho, pero el médico que le había dicho que aquel dolor era normal.
– Eso es lo que te molesta, ¿verdad? Que te dejara. Una parte de ti no logra superar el hecho de que no volviera la primera vez, y ahora querías que fuera ella la que diera un paso adelante. ¿Me equivoco?
Ty hizo una mueca. Las preguntas de su madre, sus certeras suposiciones, le hacían sentirse incómodo.
– ¿Quieres saber lo que me ha enseñado la vida? -le preguntó.
Ella levantó las cejas.
– Claro.
– Que la gente se marcha. Papá se marchó. Lilly se marchó. Y luego Hunter. Lilly tiene su vida en Nueva York. ¿Por qué demonios iba a hacerme ilusiones de que no volviera a ella? -Ty no era muy dado a expresar sus sentimientos, pero su madre sabía pulsar las teclas adecuadas y hacerlo enfadar hasta que decía cosas que normalmente se habría callado.
Flo sacudió la cabeza.
– Odio decirte esto, pero es hora de que madures. Tu padre era un borracho sin remedio y un jugador. Su marcha fue lo mejor que pudo pasarnos. En cuanto al resto, perdona que hable en plata, pero la vida a veces es una putada -Ty miró a su madre fijamente. Nunca la había oído hablar con tanta franqueza-. Tienes que superar el pasado. Lilly lo ha hecho. Tengo entendido que no pareció que le afectara saber que Marc Dumont me pagó para que la acogiera en casa. Que nunca estuvo realmente en un programa de acogida. ¿Tú lo notaste?
Él se frotó la nuca con la mano. Tenía los músculos tensos.
– Sí, lo noté -le había impresionado que Lilly no se hubiera mostrado más dolida por la noticia, o se hubiera enfadado con su tío por dejarla en una casa de la que no sabía nada. O que no se sintiera traicionada por su madre por conspirar con Dumont y aceptar una cantidad de dinero tan desmesurada.
– Te sorprendió, ¿verdad? Has estado protegiéndola de un secreto del que no necesitaba defenderse. Y te reconcomía la culpa porque tú hubieras tenido buenas cosas mientras ella luchaba por sobrevivir. Pero ella lo ha superado, Tyler. Eres tú el único que sigue sufriendo.
Él se levantó y se acercó a la ventana. La persiana bajada no dejaba ver el cielo oscuro de la noche. Se volvió hacia su madre y la miró con enojo desde el otro lado de la habitación.
– De pronto te has vuelto muy perspicaz.
– Ése es el efecto que causa el roce con la muerte. Te quiero y no quisiera que acabaras solo porque te asusten tus propios sentimientos. Te da miedo sufrir, pero ¿sabes qué? No puedes sentirte peor de lo que te sientes ahora.
Él sacudió la cabeza y se rió.
– Es muy propio de ti decir las cosas tal como son.
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