George Martin: Tormenta de espadas

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George Martin Tormenta de espadas
  • Название:
    Tormenta de espadas
  • Автор:
  • Издательство:
    Gigamesh
  • Жанр:
    Фэнтези / на испанском языке
  • Год:
    2005
  • Город:
    Barcelona
  • Язык:
    Испанский
  • ISBN:
    84-96208-08-7
  • Рейтинг книги:
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Tormenta de espadas: краткое содержание, описание и аннотация

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Las huestes de los fugaces reyes de Poniente, descompuestas en hordas, asolan y esquilman una tierra castigada por la guerra e indefensa ante un invierno que se anuncia inusitadamente crudo. Las alianzas nacen y se desvanecen como volutas de humo bajo el viento helado del Norte. Ajena a las intrigas palaciegas, e ignorante del auténtico peligro en ciernes, la Guardia de la Noche se ve desbordada por los salvajes. Y al otro lado del mundo, Daenerys Targaryen intenta reclutar en las Ciudades Libres un ejército con el que desembarcar en su tierra.

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«Mance Rayder comenzó siendo cuervo. Yo podría ser rey, igual que él, y tener varias esposas.» Craster tenía diecinueve, sin contar las jóvenes, las hijas que todavía no se había llevado al lecho. La mitad de esas esposas eran tan viejas y feas como Craster, pero eso no le importaba. Chett pondría a las más viejas a trabajar para él: a cocinar, limpiar, recoger zanahorias y cebar cerdos, mientras las más jóvenes le calentaban la cama y le parían hijos. Craster no pondría la menor objeción, sobre todo después de que Paul el Pequeño le diera un abrazo.

Las únicas mujeres que Chett había conocido eran las putas a quienes había pagado en Villa Topo. Cuando era más joven, a las chicas del pueblo les bastaba echar una mirada a su rostro lleno de forúnculos y espinillas para volver la cara con asco. La peor era aquella guarra de Bessa. Se abría de piernas para todos los chicos del Pantano de la Bruja, por lo que había pensado que por qué no lo iba a hacer también para él. Hasta se pasó una mañana recogiendo flores silvestres, pues había oído decir que le gustaban, pero ella se le había reído en la cara y le había dicho que antes se metería en la cama con las sanguijuelas de su padre que con él. Dejó de reírse cuando le clavó el cuchillo. La expresión de su rostro le gustó, por lo que sacó la hoja afilada y se la volvió a clavar. Cuando lo atraparon cerca de Sietecauces, el viejo Lord Walder Frey ni siquiera se molestó en asistir personalmente al juicio. Envió a uno de sus bastardos, a Walder Ríos, y lo siguiente que supo Chett era que iba de camino hacia el Muro con aquel demonio hediondo de Yoren. Como pago por un momento de placer, le habían quitado la vida entera.

Pero estaba decidido a recuperarla y, de paso, a quedarse con las mujeres de Craster.

«Ese viejo salvaje tenía razón. Si quieres que una mujer sea tu esposa, tómala, nada de darle flores silvestres para que no te mire los granos.» Chett no tenía la intención de cometer por segunda vez el mismo error.

Todo iba a salir bien, se prometió por enésima vez. «Siempre que podamos escapar sin contratiempos. —Ser Ottyn se dirigiría al sur, a la Torre Sombría, el camino más corto hacia el Muro—. No se ocupará de nosotros, no sería propio de Wythers, lo único que quiere es regresar sano y salvo. —Seguro que Thoren Smallwood insistiría en atacar, pero Ser Ottyn era extremadamente cauteloso y estaría al mando—. De todos modos, eso no importa. Cuando nos hayamos largado, Smallwood puede atacar a quien le plazca. ¿Qué más da? Si ninguno de ellos regresa al Muro, nadie vendrá en nuestra búsqueda, pensarán que hemos muerto con los demás.» No se le había ocurrido antes esa idea y, por un momento, lo tentó. Pero tendrían que matar a Ser Ottyn y también a Ser Mallador Locke para que Smallwood asumiera el mando, y esos dos estaban siempre bien protegidos, de día y de noche… No, el riesgo era excesivo.

—Chett, ¿qué hacemos con el pájaro? —preguntó Paul el Pequeño mientras avanzaban por un sendero rocoso entre centinelas y pinos soldado.

—¿De qué pájaro de mierda hablas? —Lo que menos necesitaba en aquel momento era un cabeza de chorlito preocupado por un pájaro.

—Del cuervo del Viejo Oso —dijo Paul el Pequeño—. Si lo matamos, ¿quién va a darle de comer a su pájaro?

—¿Y a quién coño le importa? Si quieres, mata también al pájaro.

—No quiero hacer daño a ningún pájaro —dijo el hombretón—. Pero es un pájaro que habla. ¿Y si cuenta qué hicimos?

Lark de las Hermanas se echó a reír.

—Paul el Pequeño, tienes la mollera más dura que la muralla de un castillo —se burló.

—Cállate, no digas eso —dijo Paul, amenazador.

—Paul —intervino Chett antes de que el hombretón se enfadara del todo—, cuando encuentren al anciano tirado en un charco de sangre con la garganta abierta, no les hará falta ningún pájaro para saber que alguien lo mató.

—Eso es verdad —aceptó Paul el Pequeño tras meditar aquello un instante—. ¿Puedo quedarme con el pájaro? Me gusta mucho ese pájaro.

—Todo tuyo —dijo Chett, sólo para hacerlo callar.

—Si nos entra hambre, siempre nos lo podemos comer —sugirió Lark.

—Más vale que no se te ocurra comerte a mi pájaro, Lark —dijo Paul el Pequeño, cabreado de nuevo—. Más te vale.

Chett alcanzó a oír voces entre los árboles.

—Cerrad el pico de una puta vez. Ya estamos casi en el Puño.

Salieron muy cerca de la ladera oeste de la colina y la rodearon hacia el sur, donde la cuesta era menos empinada. Cerca del linde del bosque, una docena de hombres se entrenaba con los arcos. Habían tallado figuras en los troncos de los árboles y les disparaban flechas.

—Mirad —dijo Lark—, un cerdo con un arco.

El arquero más cercano era Ser Cerdi en persona, el gordo que le había quitado su puesto junto al maestre Aemon. Le bastó ver a Samwell Tarly para enfurecerse. La mejor vida que había conocido fue cuando trabajó como mayordomo del maestre Aemon. El anciano ciego no era muy exigente; además, Clydas se ocupaba de la mayor parte de sus necesidades. Los deberes de Chett eran sencillos: limpiar la pajarera, encender las chimeneas, preparar alguna comida… Y Aemon no le había pegado nunca.

«Se cree que puede llegar y echarme porque es de noble cuna y sabe leer. Pues a lo mejor le digo que me lea el cuchillo antes de que le abra la garganta con él.»

—Vosotros, seguid —les dijo a los demás—. Yo quiero ver esto.

Los perros tiraban, ansiosos por irse con ellos en busca de la comida que creían que los esperaba en la cima. Chett dio un puntapié a la perra y eso los tranquilizó hasta cierto punto.

Observó desde los árboles cómo el gordo luchaba con un arco largo, tan alto como él, con la cara de bollo fruncida por la concentración. Clavadas en la tierra, frente a él, había tres flechas. Tarly colocó una en la cuerda, tensó el arco, mantuvo la tensión un instante mientras trataba de apuntar y soltó. La flecha desapareció entre la vegetación. Chett soltó una carcajada, entre complacido y asqueado.

—No habrá quien encuentre esa flecha y me echarán la culpa a mí —dijo Edd Tollett, el sombrío escudero de pelo gris al que todos llamaban Edd el Penas—. Siempre que se pierde algo me miran a mí, desde aquella vez que perdí mi caballo. Como si hubiera podido evitarlo. Era blanco y estaba nevando, ¿qué querían?

—El viento le ha desviado la flecha —dijo Grenn, otro de los amigos de Lord Nieve—. Trata de mantener firme el arco, Sam.

—Pesa mucho —se quejó el chico obeso, pero disparó la segunda flecha de la misma manera. Pasó muy alto, atravesando las ramas a unos tres metros por encima del blanco.

—Creo que has acertado a una hoja de ese árbol —dijo Edd el Penas—. El otoño ya llega a toda velocidad, no hace falta que lo ayudes. —Suspiró—. Y todos sabemos qué viene después del otoño. Dioses, qué frío tengo. Dispara tu última flecha, Samwell, creo que se me está congelando la lengua y se me pega al paladar.

Ser Cerdi bajó el arco y Chett pensó que iba a ponerse a berrear.

—Es muy difícil.

—Coloca la flecha, tensa y dispara —dijo Grenn—. ¡Venga!

Obediente, el chico obeso cogió de la tierra su última flecha, la colocó en el arco largo, tensó y disparó. Lo hizo con celeridad, sin bizquear al apuntar, como había hecho las dos ocasiones anteriores. La flecha se clavó en la parte inferior del pecho de la silueta del árbol y se quedó allí, oscilando.

—Le he dado. —Ser Cerdi parecía asombrado—. Grenn, ¿has visto? ¡Mira, Edd, le he dado!

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