Margaret Weis - La tumba de Huma

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Ahora todo el mundo sabe que los esbirros draconianos de Takhisis, la Reina de la Oscuridad, han vuelto. Todas las naciones se disponen a defender sus hogares, sus vidas y su libertad. Pero las razas llevan largo tiempo divididas por el odio y los prejuicios. Los guerreros elfos luchan contra los caballeros humanos. La guerra parece perdida antes de comenzar. Los compañeros se ven separados por el conflicto, viviendo distintas aventuras. Pasará una estación completa antes de que vuelvan a reunirse, si es que lo consiguen. Bajo el pálido sol invernal, un caballero caído en desgracia, una doncella elfa mimada y un kender algo chiflado ven cómo se acercan las tinieblas.
Nadie diría que son unos héroes.
Y ellos, menos que nadie.

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—¿Dónde está ese maldito kender? —gruñó el enano—. ¡Le voy a... —interrumpió la frase mirando a su alrededor.

—¡Silencio! —ordenó Tanis al pensar que Tas había logrado escapar.

El rostro del enano estaba cada vez más encendido.

—¡Ese pequeño bastardo! ¡Fue él el que nos metió en esto, y ahora desaparece...!

—¡Shhhh! —dijo Tanis mirando fijamente al enano.

Flint carraspeó y guardó silencio.

El condestable siguió empujando a sus prisioneros hacia la Sala de Justicia. Cuando ya se hallaban a salvo en el interior del feo edificio de ladrillos, reparó en que uno de ellos había desaparecido.

—¿Señor, queréis que lo busquemos? —le preguntó uno de los soldados.

El condestable reflexionó unos segundos y luego sacudió la cabeza irritado.

—No perdamos el tiempo. ¿Sabes lo que es intentar encontrar a un kender que no quiere ser hallado? No, dejadlo ir, tenemos a los más importantes. Vigiladlos mientras yo Informo al Consejo.

El condestable desapareció tras una puerta de madera, dejando a los compañeros y a los soldados en un oscuro y maloliente corredor. Tendido en una esquina yacía un calderero que roncaba ruidosamente; obviamente había tomado mucho vino. Los soldados, ceñudos, se sacaban pedazos de calabaza de los uniformes, despojándose, además, de los trozos de zanahoria y otras hortalizas que tenían adheridos. Gilthanas se quitaba la sangre que descendía por su rostro, mientras Sturm intentaba limpiar lo mejor posible su capa.

El condestable regresó, haciéndoles una señal desde la puerta.

—Traedlos.

Mientras los soldados empujaban a sus prisioneros, Tanis se las arregló para acercarse a Sturm.

—¿Quién está al mando de la ciudad? —le susurró.

—Tendremos mucha suerte si el Señor de Tarsis está aún al mando de ella. Los Señores de Tarsis siempre han tenido fama de ser nobles y generosos. Además, ¿de qué pueden culparnos? No hemos hecho nada. Lo peor que puede sucedernos es que nos hagan abandonar la ciudad acompañados de una escolta armada.

Tanis sacudió la cabeza pensativo mientras entraban en la sala del Consejo. Le llevó unos segundos acostumbrarse a la penumbra de la sórdida sala que olía aún peor que el corredor. Los seis miembros del Consejo, tres a cada lado de su señor, estaban sentados en unos bancos colocados sobre una elevada tarima. El señor se había aposentado sobre una alta silla que se hallaba en el centro. Cuando entraron, aquél elevó la mirada. Sus cejas se arquearon ligeramente al ver a Sturm, y a Tanis le pareció que los rasgos de su rostro se suavizaban. El señor incluso hizo un leve gesto de amable bienvenida al caballero. Tanis se sintió más animado. Los compañeros caminaron hasta detenerse frente a los bancos. No había sillas. Los que tenían que suplicar algo al Consejo o los prisioneros debían soportar sus juicios de pie.

—¿De qué se acusa a estos hombres? —preguntó el señor.

El condestable lanzó a los compañeros una perniciosa tirada.

—De incitar un tumulto, mi señor.

—¡Un tumulto! —explotó Flint—. ¡Nosotros no hemos hecho nada para provocar un tumulto! Fue ese charlatán del...

Un personaje ataviado con una larga túnica surgió de entre las sombras y se acercó al señor para susurrarle algo al oído. Ninguno de los compañeros lo había visto entrar, pero ahora sí le veían.

Flint tosió y guardó silencio, lanzándole a Tanis una significativa y preocupada mirada tras sus blancas y espesas cejas. Tanis suspiró abrumado. Gilthanas, con expresión marcada por el odio, se limpió la sangre de la herida con mano temblorosa. Sturm fue el único que se mantuvo aparentemente calmo e impasible al ver el rostro medio humano, medio de reptil del draconiano...

Los compañeros que habían permanecido en la posada estuvieron reunidos en la habitación de Elistan durante casi una hora desde de que los otros fueran arrestados por los soldados. Caramon seguía de guardia junto a la puerta con la espada desenvainada. Riverwind vigilaba la ventana. Todos oyeron los gritos proferidos por la alborotada muchedumbre, y se miraron los unos a los otros con expresiones de tensión y fatiga. Un rato después el estruendo se calmó. Nadie les dijo nada. En la posada reinaba un silencio mortecino.

La mañana transcurrió sin incidente alguno. El pálido y frío sol fue ascendiendo en el cielo, aunque sin conseguir caldear aquel día invernal. Caramon envainó su espada y bostezó. Tika arrastró una silla hacia donde él estaba para sentarse a su lado. Riverwind se situó al lado de Goldmoon, quien charlaba en voz baja con Elistan, haciendo planes para los refugiados.

La única que permaneció junto a la ventana fue Laurana. Aunque no había gran cosa que mirar, ya que los soldados, aparentemente, se habían cansado de desfilar arriba y abajo de la calle y se habían resguardado en los portales de los edificios para protegerse del frío. Tras ella escuchó las risas de Tika y Caramon, y se volvió para observarlos. Caramon, aunque hablaba demasiado bajo para ser oído, parecía estar describiendo una batalla. Tika lo escuchaba atentamente, con los ojos relucientes de admiración.

En el viaje que habían hecho al sur en busca del Mazo de Kharas, la joven camarera había recibido muchas lecciones de lucha y, aunque nunca conseguiría ser verdaderamente diestra con la espada, había desarrollado inmensamente el arte de derrotar a su enemigo a golpes. Ahora, precisamente, vestía su cota de mallas. El sol iluminaba el metal y centelleaba en su roja cabellera. La expresión de Caramon al charlar con ella era relajada y animada. No se acariciaban —no ante la dorada mirada del gemelo de Caramon—, pero estaban muy juntos.

Laurana suspiró y se volvió, sintiéndose muy sola y —al pensar en las palabras de Raistlin—, muy asustada.

Un segundo después oyó tras ella el eco de su suspiro. Pero aquél no era un suspiro de pena, era un suspiro de enojo. Al volverse ligeramente vio a Raistlin, que había cerrado el libro de encantamientos que leía, y se había acercado a la ventana para aprovechar la poca luz que por ella entraba. Debía estudiarlo a diario. El sino de los magos es tal que para memorizar los encantamientos deben repetirlos una y otra vez, pues las palabras mágicas titilan y mueren como chispas de fuego. Cada sortilegio formulado mina la fuerza del mago, debilitándolo físicamente hasta tal punto, que finalmente queda exhausto y no puede utilizar su magia hasta haber reposado.

La fuerza y el poder de Raistlin habían aumentado desde que los compañeros se encontraran en Solace. Había realizado varios encantamientos nuevos que le enseñó Fizban, el excéntrico viejo mago que había muerto en Pax Tharkas. A medida que su poder aumentaba, también crecían los recelos de sus compañeros. Nadie tenía un motivo justificado para desconfiar de él, antes bien, su magia les había salvado varias veces la vida—, pero había en él algo inquietante, secreto, silencioso, rígido, y solitario que asustaba.

Acariciando ausentemente la funda azul marino del extraño libro de encantamientos que había conseguido en Pax Tharkas, Raistlin observó la calle. Sus ojos dorados en forma de relojes de arena, centelleaban fríamente.

A pesar de que a Laurana le disgustaba hablar con el mago, ¡tenía que saber! ¿Qué significaba... una larga despedida?

—¿Qué ves cuando miras a lo lejos, como ahora? —le preguntó suavemente, sentándose a su lado, sintiéndose invadida por una súbita debilidad fruto del temor.

—¿Qué veo? —repitió él en voz baja. Había mucha tristeza y dolor en su voz, no la amargura que la caracterizaba—. Veo como el tiempo afecta a las cosas. La carne humana se marchita y muere ante mis ojos. Las flores se abren sólo para morir. Los árboles se desprenden de hojas que nunca volverán a recuperar. En lo que yo veo siempre es invierno, siempre es de noche.

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