Margaret Weis - Ámbar y Sangre

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Con este título finalizan las aventuras de la guerrera Mina.
El mundo de Krynn siempre tiene sorpresas para los incautos, pero la revelación de que una mortal, que primero dedicó su vida al Dios Único y luego a Chemosh, es a su vez una diosa, rebasa todos los límites conocidos. Para Mina, significa caer en la locura al conocer la verdad.
Los dioses de la Oscuridad y de la Luz se muestran ansiosos por tener a Mina como una de los suyos, ya que ella puede romper el equilibrio de poder en el cielo. Pero Mina tiene sus propios planes.

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Mina no tardó en cansarse. No obstante, no se quejaba, sino que seguía caminando. Valthonis le dijo que podía tomarse el tiempo que necesitara. No había prisa.

—¿Quieres decir que tengo toda la eternidad ante mí? —preguntó Mina con una sonrisa atormentada—. Eso es cierto, padre, pero me siento obligada a continuar. Sé quién soy, pero ahora tengo que descubrir por qué. Ya no puedo sentarme a descansar tranquilamente cuando llega la noche.

Llevaba consigo los dos objetos que había cogido en la Sala del Sacrilegio. Los apretaba con fuerza en la mano y no estaba dispuesta a soltarlos, aunque en ocasiones su carga le hacía aún más difícil cruzar los tramos más empinados del camino. Cuando por fin se rindió y se sentó a descansar, desenvolvió los objetos y los miró. Los estudiaba, levantaba cada uno de ellos y los recorría con los dedos, como un ciego que trata de ver con las manos lo que sus ojos no pueden contarle. No dijo nada de lo que pensaba a Valthonis y él no preguntó.

A medida que se acercaban a Morada de los Dioses, parecía que los Señores de la Muerte fueran liberándolos, permitiendo su marcha. El camino iba haciéndose más fácil y descendía en suave pendiente. Una brisa cálida como el aliento de la primavera alejaba las nubes de azufre y el vapor. Las flores silvestres crecían en los márgenes del sendero, asomaban por debajo de las rocas y florecían en las grietas de la pared de piedra.

—¿Qué pasa? —preguntó Valthonis, deteniéndose, cuando se dio cuenta de que Mina había empezado a cojear.

—Tengo una ampolla—respondió ella.

Se sentó en el suelo y se quitó el zapato. Miró con exasperación la herida en carne viva y sangrante.

—Los dioses juegan a ser mortales —dijo—. Chemosh podía hacerme el amor y obtener placer con aquel acto, o eso se decía a sí mismo. Pero en realidad sólo pueden fingir que sienten. Ningún dios tuvo nunca una ampolla en el talón.

Levantó el zapato manchado de sangre para que lo viera.

—¿Así que por qué yo sí tengo una ampolla? Sé que soy una diosa. Sé que este cuerpo no es real. Podría saltar por el precipicio y estrellarme contra las rocas, pero no me haría ningún daño. —Se mordió el labio—. Todo eso lo sé, pero de todos modos me duele el pie. Por mucho que me gustara decir que no es verdad, ¡sí me duele!

—Takhisis tenía que convencerte de que eras humana, Mina —contestó Valthonis—. Te mintió para convertirte en su esclava. Temía que te convirtieras en su rival, si hubieras sabido la verdad: que eres una diosa. Tenía que hacerte creer que eras humana y para eso tenías que sentir dolor. Tenías que conocer la enfermedad y el sufrimiento. Tenías que sentir el amor, la alegría y la tristeza. Se recreó cruelmente mientras te hacía creer que eras mortal. Creía que eso te haría débil.

—¡Y me hace débil! —exclamó Mina en un arranque de furia, con los ojos brillantes—. Y lo odio. Cuando ocupe mi lugar entre los dioses, no podré mostrar flaqueza. Tengo que aprender a olvidar lo que he sido.

—Yo no estoy tan seguro —la contradijo Valthonis. Se arrodilló delante de ella y la miró fijamente—. Dices que los dioses juegan a ser mortales. Lo que hacen no es «jugar». Cuando adoptan la forma de un mortal, lo que intentan es sentir lo que los mortales sienten. Los dioses intentan comprender a los mortales para ayudarlos y guiarlos o, en algunos casos, para coaccionarlos y atemorizarlos. Pero son dioses, Mina, y por mucho que lo intenten, nunca llegarán a comprenderlo del todo. Sólo tú conoces el sufrimiento de la mortalidad, Mina.

Reflexionó sobre lo que le había dicho.

—Tienes razón —dijo Mina al final, pensativa—. Quizá por eso puedo ejercer tanto poder sobre los mortales.

—¿Es eso lo que quieres? ¡Ejercer poder sobre ellos!

—¡Por supuesto! ¿Acaso no es lo que queremos todos? —Arrugó la frente—. Vi a los dioses en acción aquel día en Solace. Vi la sangre derramada y los cuerpos amontonados delante de los altares. Si los mortales luchan y mueren en nombre de su fe, ¿por qué iban a ir a la muerte cantando mi nombre en vez de otro?

Se calzó, se levantó y empezó a caminar. Parecía determinada a convencerse a sí misma de que no sentía nada e intentaba andar con normalidad, pero no lo lograba. Con una mueca de dolor, se detuvo de nuevo.

—Tú eras un dios —dijo Mina—. ¿Recuerdas algo de lo que eras? ¿Recuerdas el tiempo antes de la creación? ¿Tu mente todavía abarca la vastedad de la eternidad? ¿Ves hasta los límites del cielo?

—No —contestó Valthonis—, Mi mente es la de un mortal. Veo el horizonte y a veces ni siquiera eso, si las nubes me lo impiden. Creo que, de lo contrario, sería demasiado terrible para soportarlo.

—Lo es —murmuró Mina.

Se quitó los dos zapatos y los lanzó por el precipicio. Echó a caminar descalza, pisando con cuidado, y casi al momento se cortó el pie con una piedrecilla afilada. Ahogó un grito y pegó un pequeño salto. Exasperada, apretó los puños con fuerza.

—¡Soy una diosa! —gritó—. ¡No tengo pies!

Se miró los pies desnudos, como si deseara que desaparecieran.

Allí seguían sus dedos, moviéndose y hundiéndose en la tierra.

Mina gimió y se desplomó. Se hizo un ovillo.

—¿Cómo puedo ser una diosa si siempre soy mortal? ¿Cómo voy a caminar entre las estrellas si tengo ampollas en los pies? ¡Padre, no sé cómo ser un dios! Solo sé ser humana...

Valthonis la rodeó con el brazo e hizo que se levantara.

—No tienes que seguir caminando, hija. Ya estamos aquí.

Mina lo miró perpleja.

—¿Dónde?

—En casa.

En el centro de un valle cerrado por paredes suaves y con forma de cuenco, se alzaban diecinueve columnas que, silenciosas, contemplaban una laguna circular de negra obsidiana venida del fuego. Dieciséis columnas estaban juntas, tres columnas se alzaban apartadas. De estas últimas, una era de negro azabache, otro de granito rojo y la tercera de jade blanco. Del resto de las columnas, cinco eran de mármol blanco; cinco, de mármol negro. Seis columnas eran de un mármol de color indeterminado.

Antaño, eran veintiuna columnas las que custodiaban la laguna. Dos se habían venido abajo. Una de ellas, una columna negra, se había hecho añicos. Lo único que quedaba de ella era un montón de cascotes. La otra columna caída estaba intacta, reluciente bajo el sol, pues unas manos amorosas le limpiaban el polvo.

Mina y Valthonis se habían detenido fuera del círculo de columnas pétreas y las miraban. El cielo, libre de nubes, era de un azul tan intenso que dañaba los ojos. El sol se encaramaba a los picos de los Señores de la Muerte y seguía bañándolos con su luz radiante, pero no tardaría en resbalar por las laderas de las montañas y caer en la noche. El ocaso se había apoderado del valle, las sombras de las montañas se extendían mientras el sol seguía asomándose a la laguna de obsidiana.

Mina contemplaba arrobada la laguna negra. Se dirigió hacia ella y ya estaba a punto de pasar rozando la piedra por el pequeño hueco entre dos columnas, cuando se dio cuenta de que Valthonis ya no estaba a su lado. Se volvió y lo vio junto a la estrecha grieta de la pared de piedra por la que habían entrado.

—El sufrimiento nunca parará, ¿verdad? —preguntó Mina.

Su respuesta fue el silencio.

Mina desenvolvió los objetos de Paladine y de Takhisis, y los sostuvo en alto, uno en cada mano. Dejó el talego que había sido del monje a los pies de la columna de mármol blanco con vetas naranjas, después pasó entre los pilares y se detuvo junto a la laguna de negra obsidiana. Alzó sus ojos ambarinos al cielo y vio las constelaciones de los dioses, titilando en lo alto.

Los dioses de la luz, representados por la lira de Branchala, el fénix de Habbakuk, la cabeza de bisonte de Kiri-Jolith, la rosa de Majere, el símbolo del infinito de Mishakal. En el lado opuesto estaban los dioses de la oscuridad: Chemosh con su calavera de cabra, la balanza rota de Hiddukel, la capucha negra de Morgion, el cóndor de Sargonnas y la concha de tortuga de Zeboim. Separando la oscuridad y la luz, pero manteniéndolas unidas, estaban el libro de Gilean, la fragua de Reorx, los planetas siempre ardientes de Shinare, Chislev, Zivilyn, Sirrion. Más cerca de los mortales que las estrellas brillaban las tres lunas: la luna negra de Nuitari, la luna roja de Lunitari y la luna plateada de Solinari.

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