Margaret Weis - Ámbar y Sangre

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Con este título finalizan las aventuras de la guerrera Mina.
El mundo de Krynn siempre tiene sorpresas para los incautos, pero la revelación de que una mortal, que primero dedicó su vida al Dios Único y luego a Chemosh, es a su vez una diosa, rebasa todos los límites conocidos. Para Mina, significa caer en la locura al conocer la verdad.
Los dioses de la Oscuridad y de la Luz se muestran ansiosos por tener a Mina como una de los suyos, ya que ella puede romper el equilibrio de poder en el cielo. Pero Mina tiene sus propios planes.

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Mina sonrió entre las lágrimas y aquélla fue una sonrisa extraña y fría.

—Pero sé lo que estoy haciendo. Quiero oírles cantar mi nombre, padre. Quiero que me veneren. ¡Mina! No Takhisis. Ni Chemosh. Mina. Sólo Mina.

No se movió para secarse las lágrimas.

—Quienes fueron mis madres para mí, ambas murieron. Cuando Goldmoon estaba muriéndose, me miró desde el crepúsculo y vio la verdad, la fealdad que hay en mi interior. Y me abandonó.

Mina se levantó y corrió hacia el minotauro. Se agachó junto a él, pero no lo tocó. Se levantó y caminó hasta donde yacía el kender, debajo de la capa verde. Se inclinó y colocó con delicadeza una esquina de la tela que el viento había volado. Una luz trémula brillaba en sus ojos.

—Puedo arreglarlo —dijo. Se incorporó y abrió los brazos, abarcando a los heridos y el muerto, las ruinas del templo y el valle maldito—. ¡Soy una diosa! ¡Puedo hacer que todo esto no haya ocurrido jamás!

—Así es —confirmó Valthonis—. Pero para hacerlo, tendrías que regresar al primer segundo del primer minuto del primer día y empezar de nuevo.

—¡No lo entiendo! —gritó Mina confundida—. Hablas en clave.

—Todos volveríamos atrás si pudiéramos, Mina. Todos borraríamos nuestros errores del pasado. Para los mortales es imposible. Aceptamos la realidad, aprendemos de ella y seguimos adelante. Para un dios es posible. Pero significa hacer desaparecer la creación y volver a empezar.

Mina parecía dispuesta a rebelarse, como si no creyera lo que le decía, y durante un momento eterno Valthonis temió que su sufrimiento fueran tan intenso que quisiera aliviarlo echando al olvido al mundo y a ella misma.

Mina cayó de hinojos y alzó el rostro hacia el cielo.

—¡Dioses! ¡Me empujáis y tiráis de mí en todas direcciones! —gritó—. Todos me queréis para vuestros propios fines. A ninguno le importa qué quiero yo.

—¿Qué quieres tú, Mina? —preguntó Valthonis.

Miró en derredor, como si ella misma se lo preguntara. Su mirada se posó en el kender, su cuerpo descoyuntado e inmóvil tapado por la capa verde. Después su mirada voló hasta Galdar, que seguía inconsciente, el amigo leal. Miró a Rhys, que la había consolado cuando se despertaba llorando en medio de la noche.

—Quiero volver a dormir —susurró.

A Valthonis se le estremeció el corazón. Sus propias lágrimas le nublaron la vista y le estrangulaban la voz.

—Pero no puedo —prosiguió Mina—, Ya lo sé. Lo he intentado. Dicen ni nombre y me despiertan...

De repente lanzó un grito angustiado. Tantas lágrimas acudieron a sus ojos que parecía que el reflejo del Dios Caminante se ahogara en el agua salada.

—¡Haz que paren, padre! —suplicó, balanceándose hacia delante y atrás en una despiadada agonía—. ¡Haz que paren!

Valthonis avanzó por el suelo de piedra del valle de Neraka y se detuvo junto a su hija. Ella estaba arrodillada delante de él y se aferraba a sus botas. El Dios Caminante la cogió e hizo que se levantara.

—Las voces no van a parar. Para ti nunca pararán..., hasta que las respondas.

—Pero ¿qué les digo?

—Eso es lo que debes decidir.

Valthonis le tendió el talego que Rhys había llevado durante tanto tiempo. Mina lo miró, sorprendida. Lo desató y miró dentro. Allí estaban sus dos regalos, el Collar de Sedición y la Pirámide de la Luz.

—¿Los recuerdas? —preguntó Valthonis.

Mina negó con la cabeza.

—Los encontraste en la Sala del Sacrilegio. Ibas a regalárselos a Goldmoon cuando llegaras a Morada de los Dioses.

Mina contempló largamente los dos objetos, uno envuelto en la oscuridad absoluta y el otro poseedor de la luz. Envolvió los dos, con cuidado y reverencia.

—¿Está muy lejos Morada de los Dioses, padre? Estoy tan cansada...

—No muy lejos, hija. Ya no está lejos.

8

Un dedo peludo levantó un párpado de Rhys y el monje se despertó sobresaltado. Eso asustó a Galdar y estuvo a punto de sacarle el ojo. El minotauro apartó la mano y gruñó satisfecho. Deslizó un brazo descomunal por debajo de los hombros de Rhys, lo incorporó hasta que quedó sentado y le empujó entre los labios un frasquito. Por la garganta le bajó un líquido de sabor repulsivo.

Rhys se atragantó y empezó a escupirlo.

—¡Traga! —ordenó Galdar, dándole una palmada en la espalda que le hizo toser y envió el líquido garganta abajo.

Sintió una arcada y se preguntó si acababa de ser envenenado.

Galdar le sonrió, sacando todos sus dientes a relucir, y gruñó.

—El veneno sabe mucho mejor que este mejunje. Quédate quieto un momento y deja que haga efecto. Dentro de poco te sentirás mejor.

Rhys obedeció. No hizo ninguna pregunta. Todavía no se sentía lo suficientemente fuerte como para escuchar las respuestas. Le dolía la mandíbula y sentía un latido, aunque ya no la tenía rota. Se le clavaba un pinchazo en el estómago y cada vez que respiraba era una tortura. La poción se extendía por todo su cuerpo y el dolor de las heridas empezó a remitir, pero no alivió el dolor de su corazón.

Mientras tanto, Galdar había agarrado a Atta por el hocico y la sujetaba con firmeza, mientras otro minotauro vestido de soldado, con el emblema de Sargas, le extendía con destreza una pasta marrón sobre la herida.

—Te gustaría arrancarme la mano de un mordisco, ¿verdad, chucho? —dijo Galdar y se echó a reír cuando Atta gruñó como respuesta.

Cuando el minotauro hubo terminado con sus cuidados, asintió a su compañero.

Galdar soltó la perra y los dos minotauros se apartaron de un salto. Atta se levantó, un poco insegura. Sin dejar de mirar al minotauro con recelo, se acercó a Rhys para que la acariciara.

Después fue cojeando hasta la capa verde. La olfateó, la tocó con la pata y miró hacia Rhys, agitando la cola, como si dijera: «Esto lo solucionas tú, amo. Estoy segura.»

Atta , ven aquí —dijo Rhys.

Atta se quedó donde estaba. Volvió a tocar la capa con la pata y gimió.

Atta , ven aquí —repitió Rhys.

Lentamente, la perra agachó la cabeza y la cola. Atta cojeó tristemente hasta Rhys y se tumbó junto a él. Apoyó la cabeza entre las patas y emitió un profundo suspiro.

Galdar se agachó junto al cuerpo. Todos sus movimientos eran lentos y rígidos. Tenía el pelaje manchado de sangre y cubierto de la misma pasta marrón que el soldado había untado en la herida de Atta . Galdar levantó una esquina de la capa verde y miró a Beleño.

—Sargas ordena que lo honremos. Entre nosotros será conocido como Kedir ut Sarrak . [2] «Kender con cuernos.» (N. de la t.)

Rhys sonrió a pesar de las lágrimas. Ojalá el espíritu de Beleño siguiera por ahí para poder oír eso.

Los soldados minotauros recogieron sus cosas y se prepararon para partir. Nadie quería quedarse en aquel lugar más tiempo del necesario.

—¿Puedes viajar, monje? —preguntó Galdar—. Si es así, puedes venir con nosotros. Te ayudaremos a llevar a tu muerto y al chucho, si no nos muerde —añadió con aspereza.

Rhys asintió, agradecido.

Uno de los minotauros levantó el cuerpecito entre sus fuertes brazos. Otro cogió a Atta . La perra ladró y se revolvió, pero en cuanto Rhys se lo ordenó, dejó de resistirse y permitió que el minotauro la llevase, aunque gruñía cada vez que cogía aire.

—Quisiera agradecerte tu ayuda... —empezó a decir Rhys.

—A mí no tienes que agradecerme nada —lo interrumpió Galdar. Hizo un gesto hacia los soldados con su mano buena—. Puedes agradecérselo a estos insurrectos. Desobedecieron mis órdenes y vinieron a buscarme, a pesar de que les había ordenado que se quedaran esperándome.

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