Poul Anderson: Las cascadas de Gibraltar

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Poul Anderson Las cascadas de Gibraltar
  • Название:
    Las cascadas de Gibraltar
  • Автор:
  • Издательство:
    Ediciones B
  • Жанр:
    Альтернативная история / на испанском языке
  • Год:
    2000
  • Город:
    Barcelona
  • Язык:
    Испанский
  • ISBN:
    84-406-9723-6
  • Рейтинг книги:
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Poul Anderson

Las cascadas de Gibraltar

La base de la Patrulla del Tiempo sólo estaría allí durante el centenar de años más o menos que duraría la afluencia. A lo largo ese periodo, poca gente, aparte de los científicos y el personal de mantenimiento, se quedaría allí demasiado tiempo. Por tanto era pequeña, un refugio y un par de edificios de servicio, casi perdidos en la tierra.

Cinco millones de años y medio antes de su nacimiento, Tom Nomura descubrió que el sur de Iberia era más empinado de lo que recordaba. Las colinas trepaban abruptamente hacia el norte hasta convertirse en montañas bajas que amurallaban el cielo, atravesadas por cañones en los que las sombras eran azules. Era una región seca, con lluvias violentas pero breves en el invierno, con ríos convertidos en arroyuelos o en nada cuando la hierba ardía en el verano. Los árboles y los arbustos crecían muy apartados: espino, mimosa, acacia, pino, áloe; alrededor del agua había palmeras, helechos, orquídeas.

Con todo, era rica en vida. Los halcones y los buitres siempre flotaban en el cielo despejado. Manadas de rumiantes se entremezclaban; había ponis rayados, rinocerontes primitivos, antepasados de la jirafa con aspecto de okapi, en ocasiones mastodontes —de fino pelo rojo, con grandes colmillos— o extraños elefantes. Entre los depredadores y carroñeros se contaban los dientes de sable, formas primarias de los grandes gatos, las hienas y los correteantes monos de tierra que en ocasiones caminaban sobre sus patas traseras. Los hormigueros se levantaban a casi dos metros sobre el suelo. Las marmotas silbaban.

Olía a heno, a quemado, mierda cocida y carne caliente. Cuando se despertaba el viento, corría con fuerza, empujando y arrojando polvo y calor a la cara. A menudo la tierra resonaba por las pisadas de los animales, los pájaros clamaban y las bestias barritaban. Por la noche llegaba un frío súbito, y las estrellas eran tantas que uno no distinguía las extrañas constelaciones.

Así habían sido las cosas hasta hacía poco. Y todavía no se había producido ningún gran cambio. Pero había comenzado un siglo de trueno. Cuando terminase, nada volvería a ser igual.


Manse Everard miró con los ojos entrecerrados a Tom Nomura y a Feliz a Rach durante un breve momento antes de sonreír y decir:

—No, gracias, hoy me quedaré por aquí. Divertíos.

¿Había caído uno de los párpados del hombre alto, con nariz rota y algo canoso en dirección a Nomura? Éste no podía estar seguro. Eran del mismo entorno, del mismo país. Que Everard hubiese sido reclutado en Nueva York en 1954 y Nomura en San Francisco en 1972 no debería representar gran diferencia. Los trastornos de esa generación no eran más que burbujas en comparación con lo sucedido antes y lo que vendría después. Sin embargo, Nomura acababa de salir de la Academia, con apenas veinticinco años de tiempo vital a las espaldas. Everard no había dicho cuántos años sumaban sus propios viajes por el tiempo; y, considerando el tratamiento de longevidad que la Patrulla ofrecía a sus miembros, era imposible adivinarlo. Nomura sospechaba que el agente No asignado había visto suficiente existencia como para haberse convertido en más extraño para él que Feliz, que había nacido a dos milenios de ambos.

—Muy bien, empecemos —dijo ella. Por cortante que fuese, Nomura pensaba que su voz convertía el temporal en música.

Salieron del porche y atravesaron el patio. Un par de patrulleros los saludaron, con un placer dirigido a ella. Nomura estaba de acuerdo. La mujer era joven y alta, la fuerza de sus rasgos quedaba suavizada por unos grandes ojos verdes, y tenía la boca grande y un pelo castaño que relucía a pesar de llevarlo cortado a la altura de las orejas. El habitual mono gris y las botas resistentes no podían ocultar su figura y la agilidad de su paso.

Nomura sabía que él mismo no era mal parecido —un cuerpo ancho pero flexible, rasgos regulares de altos pómulos, piel bronceada pero ella hacía que se sintiese soso.

También por dentro —pensó él—. ¿Cómo se las arregla un patrullero novato, ni siquiera asignado a labores policiales, sino un simple naturalista, para decirle a una aristócrata del Primer Matriarcado que se ha enamorado de ella?

El ruido que siempre llenaba el aire, esos kilómetros de distancia de las cataratas, a él le sonaba como un coro. ¿Era su imaginación, o realmente sentía un interminable estremecimiento por el suelo hasta sus huesos?

Feliz abrió un cobertizo. En su interior había varios saltadores, que se asemejaban vagamente a motocicletas de dos asientos sin ruedas, propulsados por antigravedad y capaces de saltar varios miles de años (ellos y sus actuales jinetes habían sido transportados hasta allí por transbordadores de carga). El de ella estaba cargado de equipos de grabación. Él no había conseguido convencerla de que estaba cargado en exceso y sabía que nunca le perdonaría que se lo advirtiera a alguien de fuera. Su invitación a Everard —el oficial de mayor rango disponible, aunque allí estaba sólo de vacaciones—, para que se uniese a ellos, había sido realizada con la vaga esperanza de que Everard viese la carga y le ordenase permitir que su asistente llevase una parte.

Ella saltó a la silla.

—¡Vamos! —dijo—. La mañana avanza.

Nomura montó en su vehículo y tocó los controles. Los dos se deslizaron hacia el exterior y hacia lo alto. A la altura de un águila, recuperaron la horizontal y se dirigieron al sur, donde el río Océano vertía a la Mitad de la Tierra.


Bancos de niebla elevados siempre marcaban el horizonte, pasando del plata al azul celeste. A medida que uno de acercaba, ganaban altura. Más adelante, el universo se convertía en gris, estremecido por el rugido, amargo a los labios humanos, mientras el agua fluía entre las rocas y atravesaba el barro. Tan espesa era la fría niebla salina que era poco recomendable respirarla más de unos cuantos minutos.

Desde lo alto, la imagen era todavía más asombrosa. Allí podía verse el final de una era geológica. Durante millón y medio de años la cuenca del Mediterráneo había sido un desierto. Ahora las Puertas de Hércules se habían abierto y el Atlántico entraba.

Con el viento del movimiento a su alrededor, Nomura miró al oeste a través de una inmensidad inquieta, de muchos colores y llena de espuma. Podía ver las corrientes, atraídas hacia el nuevo espacio abierto entre Europa y África. Allí entrechocaban y retrocedían, un caos blanco y verde cuya violencia iba de tierra a cielo y regresaba, desmoronaba los acantilados, tapaba valles y cubría las costas de espuma durante kilómetros hacia el interior. Desde allí venía una corriente, del color de la nieve por su furia, con resplandores esmeralda, para situarse en una pared de doce kilómetros entre los continentes y bramar. La espuma saltaba a lo alto, ocultando torrente tras torrente donde el mar penetraba.

Los arco iris llenaban las nubes resultantes. A esa altura, el ruido no era más que una monstruosa piedra de molino chirriando, Nomura podía oír con claridad la voz de Feliz en su receptor cuando ésta detuvo el vehículo y levantó un brazo.

—Un momento. Quiero unas muestras más antes de volver.

—¿No tienes suficientes? —preguntó él.

Las palabras de ella fueron suaves.

—¿Cómo puede haber suficiente de un milagro?

A él le dio un vuelco el corazón. Ella no es una guerrera, nacida para dominar a un montón de súbditos. A pesar de su vida anterior no lo es. Ella siente el temor, la belleza, sí, la sensación de Dios en su obra…

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