Robert Silverberg - El reino del terror

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—Un nombre romano, señor. Quiero decir que está en lengua romana, no es latín.

Eso le desconcertó.

—Latín… romano… ¿qué diferencia hay?

—Las clases más bajas hablan una especie de basta lengua que ahora llaman «romana», un dialecto… el dialecto del pueblo, así lo llaman. Deriva del latín, como las lenguas de las provincias. Es una forma de latín descuidada y más sencilla. Han empezado a traducir sus nombres propios a esa lengua, he oído. Este Marco Cornuto probablemente sea uno de los cocheros del emperador, un mozo de establo o algo de ese estilo.

Apolinar puso mala cara. Le disgustaba mucho la costumbre que últimamente se había impuesto en las provincias, de hablar dialectos locales que eran versiones burdas y vulgares del latín, mezclados con primitivos vocablos regionales: una manera de hablar en la Galia, otra en Hispania, otra en Britania y aún otra, muy diferente de las demás, en las provincias teutónicas. El había reprimido el uso de aquellas lenguas, aquellos dialectos, allá donde los había encontrado. ¿Y ahora también estaba ocurriendo allí? ¿Qué sentido tenía un nuevo dialecto del latín empleado allí mismo, en Roma? En las provincias, aquellos dialectos eran un medio de reafirmar su independencia respecto al Imperio. Pero Roma no podía segregarse de sí misma, ¿no era así?

Carax se limitaba a sonreír y a encogerse de hombros.

Apolinar recordaba ahora lo queTorcuato le había dicho acerca de la agitación en los suburbios, la posibilidad de alguna clase de levantamiento entre los plebeyos. ¿Es que acaso existía una nueva forma bastarda de latín que estaba empezando a desarrollarse entre los pobres, una lengua privada propia, que los apartaba de los odiados aristócratas? Valía la pena investigar el asunto. Sabía, por su experiencia en las provincias, la importancia que podía tener la lengua a la hora de promover la inquietud política.

Volvió a mirar la lista de aquellos a los queTorcuato había arrestado.

—Matio… Licencio… Licinio… Cesio Basio… —levantó la vista—. ¿Qué quieren decir estas marquitas rojas que hay al lado de algunos nombres?

—Ésos son los que ya han sido ajusticiados —respondió Carax.

—¿Has dicho «ajusticiados»? —preguntó Apolinar, sobresaltado.

—Ejecutados, sí —dijo Carax—. Pareces sorprendido. Pensé que ya lo sabías, señor.

—No —dijo Apolinar—. No sabía nada acerca de ninguna ejecución.

—En el extremo más lejano del Foro, en la placita enfrente del Arco de Marco Anastasio. Allí, él ha hecho instalar una plataforma, y todas las tardes de la semana hay ejecuciones, cuatro o cinco al día.

—¿Él?

—Larcio Torcuato, señor —dijo Carax, con el tono de quien está explicando algo a un niño.

Apolinar hizo un gesto de asentimiento con la cabeza. Era el décimo día desde su regreso a Roma y todos ellos habían sido muy ajetreados. Torcuato, en su primer encuentro en su casa, no le dio oportunidad a Apolinar de explicarle que sus intenciones eran abandonar el consulado y retirarse a la vida privada; y cuando el conde supo hasta dónde había llegado Torcuato (poner al emperador bajo arresto domiciliario, meter en prisión a los amiguitos del cesar, lanzar una batería de estrictos nuevos decretos ideados para barrer la corrupción del gobierno), comprendió que sus planes de retiro eran inviables. El programa deTorcuato, por encomiable que fuera, era tan radical que no podía permitirse que lo llevara a cabo él solo. Esto lo convertiría, en efecto, en dictador de Roma, y Apolinar sabía por sus lecturas de Historia, que la única clase de dictadores que Roma toleraba eran aquellos que, como César Augusto, fueron capaces de ocultar sus procedimientos dictatoriales tras una fachaza de legitimidad constitucional. Un simple cónsul nombrado por el emperador, que gobernara en solitario después de derrocar a éste, no sería capaz de mantenerse en el poder a menos que él mismo asumiera los poderes imperiales. Apolinar no quería ver cómo Torcuato hacía eso. El mantenimiento del sistema consular era ahora esencial. Y Torcuato debía tener un homólogo legítimo si quería que sus reformas tuvieran éxito.

Por eso, Apolinar había dejado de lado todos sus planes de retiro y había empleado sus primeros días en reafirmar su presencia en la capital, establer su despacho en el edificio consular, renovar sus contactos con los hombres importantes del Senado y en definitiva, reanudar su vida en el centro del poder. Se había encontrado todos los días con su colega Torcuato, quien le había asegurado que los trabajos de purga de la comunidad de haraganes y parásitos iba como la seda, pero hasta el momento, Apolinar no había ejercido presión alguna para que le informara con detalle. Ahora se daba cuenta de que había sido un error. La política de Torcuato de finalizar con la sangría del tesoro público que las huestes de gorrones habían practicado, era algo que él había aplaudido, por supuesto, pero a Apolinar nunca se le había ocurrido que su colega cónsul los estuviese ajusticiando. Y sus recorridos por la ciudad desde su llegada nunca le acercaron siquiera hasta las inmediaciones de aquella placita de Marco Anastasio, el lugar de las ejecuciones, donde rodaban cabezas por orden de M. Larcio Torcuato.

—Quizá debería tener una pequeña charla con Torcuato sobre esto —dijo Apolinar, levantándose y guardando la lista de los individuos arrestados en un pliegue de su túnica.

El despacho de Torcuato se encontraba en el piso superior al de Apolinar, en el edificio consular. En los viejos tiempos, los dos cónsules se repartieron entre ellos todo el noveno piso. Así había sido durante los tres primeros mandatos de Apolinar. Durante su primer consulado, Apolinar había utilizado el despacho de la parte este del edificio, que daba al Foro deTrajano. Durante su segundo y tercer mandatos, cuando ya era cónsul veterano, se trasladó a las salas de la parte oeste de la última planta que, de alguna forma eran más imponentes. Pero durante la larga ausencia de Apolinar en las provincias, Torcuato había ampliado su propio dominio consular, ocupando la parte de la planta que había sido del conde anteriormente y reubicó a su colega en un despacho secundario en la octava planta del edificio. «Las competencias consulares se han incrementado muchísimo desde que reorganizamos la situación», explicó Torcuato un poco avergonzado cuando Apolinar, a su regreso, trató de recuperar su viejo despacho. «Tú estabas luchando en Sicilia y era probable que no volvieras en dos o tres años; yo necesitaba más espacio a mi alrededor para los nuevos miembros de la plantilla que ahora se requerían, etcétera, etcétera…»

Los nuevos arreglos le afectaron lo suyo, pero aquélla no era la ocasión, pensaba Apolinar, de empezar a discutir con su homólogo por el espacio de su despacho. Ya llegaría el momento de preocuparse por temas de preferencia y estatus cuando las cosas en la capital se serenaran un poco.

Cuando llegó Apolinar, Torcuato estaba firmando afanosamente documentos. Por un instante, pareció no darse cuenta de que su colega había entrado en la sala. Entonces levantó la mirada y se disculpó en seguida con la expresión.

—Hay tanto papeleo…

—Firmando más órdenes de ejecución, ¿no?

Apolinar había intentado que su observación tuviera un tono neutral, incluso anodino. Pero el ceño fruncido de Torcuato le hizo comprender que no lo había conseguido.

—De hecho, Apolinar, así es. ¿Te molesta?

—Quizá un poco, sí. Creo que no acabé de entender que estabas dando muerte a la gente de Demetrio.

—Pensé que habíamos hablado sobre el tema.

—Sin entrar en detalles. Dijiste que estabas «retirándolos» de los cargos, creo. No recuerdo que me explicitaras lo que querías decir realmente. —Ya era posible apreciar una frialdad en la expresión de Torcuato. Apolinar sacó la lista de prisioneros que Carax le había entregado y dijo—: ¿Torcuato, crees que es prudente, aplicar sanciones tan severas a gente tan insignificante? ¿El barbero del emperador? ¿El bufón del Emperador?

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