Dicen que no hay más de diez grados de separación entre dos personas… John Guare incluso escribió una obra de teatro y una película sobre ese tema.
Suele ser un pico: tres pasos arriba y tres pasos abajo. Un hombre conoce a su párroco, el párroco conoce al Papa, el Papa conoce a todos los líderes mundiales de importancia, el líder adecuado es conocido por los políticos menores, e incluso esos políticos menores conocen a sus votantes. Se construye un puente de Toronto a Tokyo… o de Vladivistok a Venecia, o de Miami a Melbourne.
La imagen cambió, el rostro de McGregor desapareció al entrar un reportaje. Trataba del juicio Hosek, que se celebraba hoy: las conexiones eran por tanto en tiempo real.
Heather lo vio al completo, esperando a que McGregor regresara. Y lo hizo.
Ahora, si había algún modo de pasar de esta mujer de Saskatchewan a McGregor, a miles de kilómetros de distancia.
Esto era en directo. McGregor hablaba ahora mismo.
Lo que significaba que tenía que estar percibiendo exactamente las mismas palabras; lo que estaba diciendo era exactamente lo que oía la mujer.
Heather pensó en sus anteriores cambios de perspectiva.
¿Podía intentar algo similar?
La mujer de Sastkatchewan estaba escuchando a McGregor, pero también estaba pensando en lo guapo que era, lo sincero que parecía.
Heather se concentró solamente en las palabras que McGregor decía, desenfocó la mirada, y probó con el truco Necker, reorientando su punto de vista y…
… ¡y de repente se encontró dentro de la mente de McGregor!
Había encontrado un medio para pasar de una persona a otra: si una experiencia se compartía directamente, incluso desde gran distancia, podía darse el salto.
McGregor estaba en su silla de presentador, con la chaqueta azul de Newsworld, leyendo las noticias en el teleprompter. Necesitaba otro repaso con el láser keratotómico: veía el texto un poco borroso.
Mientras leía las noticias, se concentraba exclusivamente en ellas. Pero en cuanto presentó el siguiente reportaje, se relajó.
El realizador le dijo unas palabras. McGregor se echó a reír. En su cabeza bullían ahora todo tipo de pensamientos.
Si los encuentros anteriores le habían parecido a Heather algo voyeurísticos, éste lo era decididamente. Heather no conocía en persona a McGregor, pero sí sabía de su presencia en los medios, un rostro en la pared del salón.
McGregor estaba pensando en una pelea que había tenido anoche con su esposa; también estaba preocupado porque había descubierto que su hijo adolescente fumaba hierba, y trataba de decidir qué grado de indignación mostrar, puesto que él mismo consumió marihuana durante su época universitaria. También pensó brevemente en las negociaciones de su contrato… Heather se sorprendió al descubrir que ganaba mucho menos de lo que siempre había supuesto.
Fascinante.
¿Pero cuál era el siguiente paso?
Hasta ahora, había conectado con otras mentes en el presente. Podía acceder a lo que estaban experimentando en este preciso instante.
Pero sin duda debía haber algún medio de acceder a sus recuerdos también: no sólo a lo que estuvieran pensando de cualquier momento dado, sino un modo de sondear sus recuerdos, en busca de sus pasados.
Había intentado hablar con los individuos que había visitado, pero no había funcionado.
Y había tratado de controlar sus acciones. Pero también había fracasado en eso.
Por tanto, no había ningún motivo para pensar que esto funcionaría, ningún motivo para esperar que pudiera hojear sus recuerdos.
Pero tenía que intentarlo. Tenía que saberlo.
¿De qué tendría recuerdos McGregor?
Era presentador de televisión; recordaría acontecimientos famosos.
¡Y conocería a gente famosa!
Seis grados de separación.
Seis grados, máximo.
¿Cuál sería la conexión lógica, un paso más cerca de Kyle? ¿A quién conocería McGregor que fuera una parada en su viaje hacia su marido?
¡La primer ministro! Kyle ni siquiera la conocía, pero la cadena que iba de ella hasta él era obvia.
Heather sabía exactamente qué aspecto tenía Susan Cowles, por supuesto. La había visto un millón de veces por televisión.
Se concentró en ella. Con fuerza.
La Honorabilísima Susan M. Cowles.
La segunda mujer primer ministro de Canadá.
La Dominadora, como la había calificado Time.
Susan Cowles, de perfil.
Susan Cowles, de frente.
Susan Cowles, desde lejos.
Susan Cowles, en primer plano.
Sin duda Greg McGregor la conocía, o tenía al menos una imagen mental de ella.
Pero no… al parecer hacía falta algo más que eso. El salto de la mujer de Saskatchewan a Greg McGregor había requerido un ajuste preciso, que la perspectiva de uno y otra coincidieran exactamente.
Bueno, no había forma de saber qué estaba haciendo Susan Cowles en este momento, a menos que, naturalmente, estuviera por casualidad en el canal parlamentario. Pero, aunque ella apareciera allí McGregor no lo estaba viendo.
Quizás el ajuste no tendría que ser en tiempo real. Quizás si dos personas compartían simplemente el mismo recuerdo, podía darse un salto. Había algunas cosas que había visto todo el mundo. El accidente del Hindeburg. La película de Zapruder. Las explosiones del Challenger y la Atlantis. La caída de la Torre Eiffel.
Y seguro que todo el mundo en Canadá debía compartir ciertos recuerdos de Susan Cowles. Fue la primera mujer, desde Trudeau, que recurrió a la Ley de Medidas de Guerra; lo hizo durante días, para sofocar los disturbios de Longueil… el mismo tema que ahora investigaba la comisión Hosek. No había ni una sola persona en Canadá que no tuviera un recuerdo exacto de Susan Cowles pronunciando aquellas palabras que daban comienzo a cien horas de ley marcial: «El verdadero norte debe ser fuerte, pero no será libre de nuevo hasta que yo lo diga». Sin duda que McGregor tenía aquella misma imagen en su mente, sin duda…
¡Sí! ¡Sí, sí, sí! Accedió a ella: el recuerdo de McGregor sobre aquel discurso.
Heather se concentró en el discurso, se concentró en la primer ministro, desenfocó su mente, trató de forzar un giro de Necker, y entonces…
… ¡y entonces allí apareció, dentro de la mente de la Honorabilísima Susan M. Cowles!
Lo había encontrado… había encontrado el modo de pasar de una mente a otra. Accediendo a una memoria que describiera a la persona deseada, forzar a la persona del recuerdo a pasar del fondo al primer plano, y luego…
Voilà!
¡Y sin embargo, vaya experiencia! Un roce con la historia. Heather había visitado una vez las cámaras del Parlamento Federal, hacía treinta años, en una excursión del instituto. No habían cambiado mucho: ornamentadas, con clase, madera oscura, inefablemente británicas.
¡Y Cowles era fascinante! Y, Heather tuvo que admitirlo, también era su héroe personal. Era sorprendente ver a través de sus ojos, y…
¡Oh, Dios mío!
Heather advirtió de pronto que no era sólo la intimidad personal lo que se comprometía al acceder al psicoespacio, sino también la seguridad nacional. Sin siquiera pensarlo, supo, supo que a pesar de la opinión pública, que creía lo contrario, Canadá iba a oponerse a los Estados Unidos en la inminente votación de la ONU referente a los juicios por crímenes de guerra en Colombia.
Heather despejó su mente, haciendo a un lado los secretos de estado. No necesitaba ir allí ahora mismo, de todas formas. Era sólo un paso en el camino.
Se concentró ahora en el primer ministro de Ontario, Karl Lewandowski. Tardó un rato, pero consiguió encontrar uno de los recuerdos que Cowles tenía de él… y se sorprendió al averiguar cuánto odiaba la conservadora Cowles al liberal Lewandowski.
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