—No, era su nombre de pila. Recuerda, aunque tenían camas separadas, Lucy y Ricky se las apañaron para tener un bebé. Lo llamaron como su padre: «Little Ricky», lo llamaron. Bueno, nadie llama a un bebé «Little Mac». El padre era Ricardo Ricardo, y el chico tuvo que llamarse Ricardo Ricardo, Junior.
Kyle sacudió la cabeza.
—Piensas unas cosas muy raras, Stone.
Stone frunció el ceño.
—Hay que pensar, Kyle. Si no mantienes la mente ocupada, la mierda te come.
Kyle guardó silencio durante unos segundos.
—Sí —dijo, y luego indicó al camarero que le trajera otra bebida.
Siguió pasando el tiempo. Consumieron más alcohol.
—Te parece que eso es raro —dijo Kyle—. ¿Quieres oir algo raro? Vivía en una casa con tres mujeres… mi esposa, mis dos hijas. Y sabes, acabaron sincronizadas. Te digo, Stone, que eso puede ser brutal. Era como pisar sobre cáscaras de huevo una semana cada mes.
Stone se echó a reír.
—Debió ser duro.
—Es extraño, más que nada. Quiero decir, ¿cómo sucede? Es como… no sé, es como si se comunicaran de algún modo, a nivel superior, de una manera que nosotros no podemos ver.
—Probablemente son las feromonas —dijo Stone, frunciendo sabiamente el ceño.
—Sea lo que sea, da miedo. Como algo salido de Star Trek.
— Star Trek —dijo Stone, despectivo. Se cepilló su cuarta cerveza—. ¡No me hables de Star Trek!.
—Era mejor que el puñetero Quincy.
—Claro que sí, pero nunca fue consistente. Ahora bien, si todos los guionistas hubieran sido mujeres y hubieran vivido juntas, tal vez todo habría encajado.
—¿De qué hablas? Tengo un montón de artículos… modelos, planos, manuales técnicos… fui todo un trekker en mis días de universitario. Nunca he visto que intentaran que fuera consistente.
—Sí, pero ignoraban detalles continuamente.
—¿Cómo qué?
—Bueno, veamos. ¿Cuál es tu película favorita de Star Trek?
—No sé. La película La ira de Khan, supongo.
—Buena elección. El pecho de Ricardo Montalbán es auténtico, ¿sabes?
—Venga ya —dijo Kyle.
—Lo es, en serio. Magníficos pectorales para un hombre de su edad. Bien, dejemos a un lado lo obvio, como el hecho de que Khan reconociera a Chekov, aunque Chekov no aparecía en la serie de televisión cuando fue presentado Khan. No, veamos los agujeros que hay en tus manuales técnicos. En las partes superior e inferior del platillo de la Enterprise, hay pequeños parches amarillos cerca del borde. Los planos dicen que son impulsores de control de altitud. Bueno, casi al final de la película, Shatner ordena que la nave baje «zeta menos diez mil metros»… Dios, odio oír a un buen chico canadiense hablar de esa forma. Pues bien, la nave hace eso… pero los impulsores nunca se encienden.
—Oh, estoy seguro de que nunca cometerían un error así —dijo Kyle—. Tenían mucho cuidado.
—Compruébalo. ¿Tienes el chip?
—Sí, mi hija Mary me regaló un juego de las películas originales de Star Trek hace unos años, por Navidad.
—Venga, compruébalo. Ya verás.
Al día siguiente (martes, 1 de agosto de 2017), Kyle llamó a Heather y le pidió permiso para pasarse por su casa esa noche.
Cuando llegó, Heather le dejó entrar. Se dirigió al salón y empezó a revisar las estanterías.
—¿Qué diantres estás buscando? —preguntó Heather.
—Mi copia de Star Trek II.
—¿Esa es la de las ballenas?
—No, esa es la IV… La II es la de Khan.
—Ah, sí —Heather colocó el puño ante su rostro, como si sujetara un comunicador, y gritó en su mejor imitación de William Shatner—. ¡Khannnnn!
Señaló.
—Está en aquella estantería.
Kyle cruzó corriendo la habitación y encontró el DVC que estaba buscando.
—¿Te importa? —dijo, indicando el televisor que colgaba de la pared. Heather negó con la cabeza, y él introdujo el chip en el reproductor, luego se sentó en el sofá frente a la pantalla. Encontró el mando a distancia y clavó el dedo en el botón para pasar la imagen rápida.
—¿Qué estás buscando? —preguntó Heather.
—Un tipo que conozco de Antropología dijo que hay un error en la película: una toma donde algunos impulsores tendrían que encenderse pero no se encienden.
Heather sonrió indulgente.
—Déjame aclarar una cosa. ¿Te tragaste aquello de la Onda Génesis que puede convertir un trozo de roca sin vida en un ecosistema plenamente desarrollado en cuestión de horas, pero te molesta que los impulsores no se enciendan?
— Shh —dijo Kyle—. Casi hemos llegado.
Las puertas del puente se abren siseando. Chekov entra, con una venda en la oreja. La tripulación lo mira exactamente de la forma en que uno miraría a alguien a quien acaba de salirle un alienígena parásito de la cabeza. Se coloca en su puesto. La panorámica que sigue a Chekov revela a Uhura, Sulu, Saavik, Kirk y Spock… todos con aquellos uniformes rojos de franela que hacía que parecieran policías montados del Canadá. Kirk deja su silla central y se acerca al puesto de Spock. Están siendo perseguidos por toda la nebulosa Mutara por Khan Noonien Singh, que ha secuestrado una nave de la Federación.
—No se detendrá —dice Kirk, mirando el visor principal, lleno de estática causada por la nebulosa—. Me ha seguido hasta aquí. Volverá. ¿Pero de dónde?
Spock comprueba su escáner.
—Es inteligente, pero no tiene experiencia. Su pauta indica pensamiento bidimensional.
Alza las cejas mientras dice «bidimensional», y Kirk y él intercambian una mirada de inteligencia, entonces una tensa sonrisa aparece en el rostro de Kirk. Regresa a su silla de mando y señala a Sulu.
—Parada total.
Sulu toca los controles.
—Parada total, señor.
Kirk a Sulu:
—Cero menos diez mil metros —y a Chekov—. Preparen los torpedos de fotones.
Y allí estaba: una toma de la Enterprise directamente desde arriba. Kyle siempre había admirado la forma en que las naves de las películas clásicas de Star Trek se iluminaban solas: un foco desde el centro, la parte elevada del platillo iluminando el número de registro NCC-1701. Directamente bajo la nave había un remolino púrpura y rosado, parte de la nebulosa Mutara.
Durante un segundo, Kyle pensó que Stone se había equivocado: había luces destellando en el borde del platillo. Pero estaban precisamente situadas en la popa y directamente a proa: luces de posición. La de estribor no funcionaba, cosa que Kyle consideró una admirable atención al detalle, ya que esa parte de la nave había sido dañada anteriormente en la batalla.
Pero… maldición, Stone tenía razón. Los cuatro grupos de impulsores ACS eran claramente visibles en la superficie superior de la sección del platillo, cada una apartada cuarenta y cinco grados de la línea central. Y no disparaban.
Si su juego original de planos de Pocket Books Star Trek: La Conquista del Espacio no costara mil doscientos pavos en el mercado de los coleccionistas, vaya, exigiría que le devolvieran su dinero.
Heather estaba apoyada contra la pared, viendo cómo Kyle veía la película. Le divertía todo aquello. Sabía que su marido consideraba a William Shatner un actor maravilloso; había algo encantador en la absoluta falta de gusto de Kyle. Pero claro, pensó, también cree que yo soy hermosa. No hay que ser demasiado rápida al evaluar los gustos de los demás.
Estuvo bebiendo vino blanco mientras Kyle veía la película hasta el final.
—Siempre me gustó Khan —dijo Heather con una sonrisa, acercándose para sentarse en el sofá—. Un tipo que se vuelve absolutamente loco cuando muere su esposa… tal como debe ser.
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