—No importa —dijo Ponter—. Nada importa. La quiero. Y ella me quiere. Nada aparte de esos dos hechos es importante.
—Muy bien —respondió Selgan—. Muy bien.
Hizo de nuevo una pausa y luego dijo como si nada, como si la idea acabara de ocurrírsele en vez de haber estado esperando el momento adecuado para formularla:
—Y, dígame, ¿se ha puesto a pensar en por qué se siente atraído usted por ella?
Ponter puso los ojos en blanco.
—¡Escultores de personalidad! —dijo—. Ahora va a decirme que me recuerda a Klast en algún aspecto. Pero no podría estar más equivocado. No se parece en absoluto a Klast. Su personalidad es completamente diferente. Mary y Klast no tienen nada en común.
—Estoy seguro de que tiene usted razón —dijo Selgan, gesticulando con las manos como para descartar la idea—. Quiero decir, ¿cómo iban a parecerse? Ni siquiera son miembros de la misma especie.
—Eso es —dijo Ponter, cruzando los brazos sobre el pecho.
—Y proceden de sistemas de creencias completamente distintos.
—Exactamente.
Selgan sacudió la cabeza.
—Es muy extraña, ¿verdad?, esa idea de la vida después de la muerte…
Ponter no dijo nada.
—¿Lo ha pensado alguna vez? ¿Se ha preguntado alguna vez si, tal vez…? —Selgan guardó silencio y esperó pacientemente a que Ponter llenara el vacío.
—Bueno —dijo Ponter por fin—, es una idea atrayente. Desde la primera vez que Mary me lo dijo, he estado pensando en ello. —Ponter alzó las manos—. Quiero decir, claro, sé que no hay otra vida… al menos no para mí. Pero…
—Pero ella vive en un plano físico alternativo —aportó Selgan—.Otro universo. Un universo donde las cosas podrían ser diferentes.
Ponter movió verticalmente la cabeza en un brevísimo gesto de asentimiento.
—Y ella ni siquiera es barast, ¿no? Pertenece a otra especie. Sólo porque no tengamos esas… ¿cómo las llaman? ¿Esas almas inmortales? Que nosotros no tengamos alma inmortal no implica que ellos no la tengan ¿verdad?
—¿Tiene usted una teoría? —replicó Ponter.
—Siempre —dijo Selgan—. Perdió usted a su mujer-compañera hace veintitantos meses. —Hizo una pausa y habló con la mayor suavidad—. Mary no es la única que se está recuperando de un trauma.
Ponter enarcó la ceja.
—Cierto. Pero no veo cómo la muerte de Klast puede haberme arrojado a los brazos de una mujer de otro mundo.
Permanecieron en silencio un buen rato. Finalmente, Hak, que había permanecido en silencio durante toda la sesión de terapia, se dirigió a Selgan a través de su altavoz externo.
—¿Quiere que se lo diga yo?
— Yo lo haré —dijo Selgan—. Ponter, por favor; no se lo tome a mal, pero… bueno, me ha hablado usted de las creencias gliksins.
—¿Qué pasa con ellas? —dijo Ponter, todavía irritado.
—Ellos creen que los muertos no están en realidad muertos. Creen que la conciencia del individuo sigue viviendo después del cuerpo.
—¿Y?
— Y tal vez busca usted protegerse del dolor que le causó la muerte de Klast. Si su mujer-compañera creyera en esta… en esta inmortalidad de la mente, o si usted cree, por irracional que sea, que ella puede alcanzar esa inmortalidad, entonces…
Selgan se calló, invitando a Ponter a terminar la frase por él. Ponter suspiró, y así lo hizo.
—Entonces, si lo impensable sucediera y yo perdiera de nuevo a mi mujer-compañera, podría no sentirme tan destrozado porque ella tal vez no estuviera muerta del todo.
Selgan alzó la ceja y ambos hombros, levemente.
—Exacto.
Ponter se puso en pie.
—Gracias por su tiempo, sabio Selgan. Día sano.
—No estoy seguro de que hayamos terminado todavía. ¿Adónde va?
—A hacer algo que debería haber hecho hace mucho tiempo —dijo Ponter marchándose de la habitación circular.
Louise Benoit entró en el despacho de Jock Krieger en el Grupo Sinergia. Jock no tenía a ningún geólogo entre su personal, pero Louise era física y se había pasado todo aquel tiempo trabajando en el fondo de la mina Creighton, así que le había asignado la tarea.
—Muy bien —dijo ella—. Creo que lo he resuelto.
Desplegó dos grandes gráficas sobre la mesa de trabajo del despacho. Jock se levantó y se unió a Louise ante la mesa.
—Ésta —dijo, indicando con una uña pintada de rojo la gráfica de la izquierda— es la cronología paleomagnética estándar hecha por nuestra gente.
Jock asintió.
—Y ésta —indicó la otra gráfica, que estaba llena de símbolos extraños— es la gráfica equiparable que nos proporcionaron los neanderthales.
Aunque Mary Vaughan no había encontrado ninguna prueba de que el campo magnético neanderthal se hubiera invertido realmente, Jock había aprovechado la oportunidad para convertir el intercambio de información paleomagnética en una prioridad. Si los neanderthales se equivocaban en lo referente a que el campo magnético se colapsaba rápidamente, bueno, entonces Jock sabría que se estaba preocupando por nada. Pero quería estar seguro.
—Muy bien —dijo Louise—. Como puede ver, nosotros hemos localizado muchas más inversiones geomagnéticas que ellos: más de trescientas en los últimos ciento setenta y cinco millones de años. Eso se debe a que hay un registro mucho más completo en las rocas del fondo marino que en los meteoritos encontrados.
—Un punto a nuestro favor —dijo Jock, secamente.
—Así que lo que hemos hecho es cotejar las inversiones que encajan —continuó Louise—, es decir, aquellas de las que ambos tenemos pruebas. Como puede ver, aunque su registro tiene muchos agujeros, hay una correspondencia uno-a-uno casi hasta el presente.
Jock miró las hojas, mientras Louise guiaba sus ojos con el dedo.
—Vale.
—Bueno, eso tiene todo el sentido del mundo, por supuesto —dijo Louise—. Ya conoce mi teoría: que hubo sólo un universo hasta que se produjo un despertar de la conciencia, hace cuarenta mil años.
Jock asintió. Aunque los eventos de mecánica cuántica causaban incontables pequeñas divisiones del universo, y probablemente lo habían hecho desde el principio del tiempo, esas divisiones no creaban ninguna diferencia macroscópica, y por eso los universos resultantes siempre habían vuelto a unirse al cabo de un nanosegundo o dos.
Pero los actos de los seres conscientes causaban divisiones que no podían sanarse, y por eso, cuando el Gran Salto Adelante tuvo lugar, hacía cincuenta mil años (cuando emergió la consciencia), se produjo la primera división permanente. En un universo, el Homo Sapiens adquirió la conciencia inicial; en el otro, lo hizo el Horno neanderthalensis… y habían divergido desde entonces.
—Pero espere un minuto —dijo Jock, mirando la gráfica neanderthal—. Si ésta de aquí es la última inversión magnética registrada que conocemos…
—Lo es —dijo Louise—. La tienen localizada hace unos diez millones de meses, o sea, hace setecientos ochenta mil años.
—Bien. Pero ¿si ésta es la más reciente en nuestra gráfica, qué es ésta de aquí? —Señaló lo que parecía ser otra inversión más reciente en la gráfica neanderthal—. ¿Esta es la que dicen que empezó hace veinticinco años?
—No —respondió Louise.
Era demasiado académica para Jock. Estaba guiándolo claramente para que hiciera su propio descubrimiento, pero ella ya sabía la respuesta. Jock deseó que se la dijera.
—Entonces, ¿cuándo fue?
—Hace medio millón de meses —dijo Louise.
Jock no hizo ningún esfuerzo por ocultar su irritación.
—¿Y eso fue cuándo?
Los carnosos labios de Louise esbozaron una sonrisa.
—Hace cuarenta mil años.
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