Hobbes se encogió de hombros.
—Déjeme ver qué puedo hacer, pero, sinceramente, yo no tendría muchas esperanzas. Tenemos pruebas muy estrictas para la cadena de custodia de las pruebas.
—Pero ¿lo intentará?
—Sí, está bien, lo intentaré.
—Gracias —dijo Mary—. Gracias.
Ponter intervino entonces, sorprendiendo a Mary.
—¿Puede ella al menos ver las pruebas aquí?
Hobbes pareció tan desconcertado como se sentía Mary.
—¿Por qué? —preguntó el detective.
—Podría saber nada más verlas si están en condiciones para que su técnica funcione. —Ponter miró a Mary—. ¿No es así, Mary?
Mary no estaba del todo segura de lo que pretendía Ponter pero confiaba en él completamente.
—Mmm, sí. Sí, así es. —Se volvió hacia el detective y le dedicó su sonrisa más radiante—. Sólo sería un segundo. Podríamos ver en seguida si merece la pena o no. No sería necesario que se tomara tantas molestias si las muestras ya están degradadas.
Hobbes frunció el ceño, y permaneció hierático unos instantes, pensando.
—Muy bien —dijo por fin—. Voy a traerlas.
Salió de la habitación y regresó unos minutos más tarde con una caja de cartón del tamaño de una caja de zapatos. Le quitó la tapa y le mostró a Mary el contenido. Ponter se levantó y miró por encima del hombro de ella. Dentro había algunas muestras en cristal y tres bolsas de autocierre, cada una etiquetada con diversa información. Una parecía contener unas bragas. Otra, un pequeño peine púbico con vello. La tercera contenía unos cuantos frascos, presumiblemente con restos vaginales.
—Ha estado en el frigorífico todo el tiempo —dijo Hobbes, a la defensiva—. Sabemos lo que…
De repente Ponter extendió el brazo derecho. Agarró la bolsa con las bragas, la abrió y se la llevó a la nariz, inhalando profundamente.
Mary se sintió mortificada.
—¡Ponter, alto!
Hobbes explotó.
—¡Devuelva eso!
Intentó quitarle la bolsa a Ponter, pero éste lo esquivó fácilmente, e inhaló de nuevo.
—Jesús, ¿qué es usted? —gritó Hobbes—. ¿Una especie de pervertido?
Ponter se apartó la bolsa de la nariz y, sin decir palabra, se la entregó a Hobbes, quien se la arrancó de las manos.
—¡Salgan de aquí! —exclamó Hobbes.
Dos policías más habían aparecido en la entrada de la sala de interrogatorios, presl1miblemente atraídos por los gritos.
—Mis disculpas —dijo Ponter.
—¡Salgan de aquí! —gritó Hobbes, y se volvió hacia Mary—: Nosotros cuidaremos de nuestras pruebas, señora. ¡Ahora márchense!
Mary salió de la comisaría de policía reconcomiéndose. Pero no dijo una palabra hasta que Ponter y ella estuvieron de nuevo sentados en el coche.
Mary se volvió hacia él.
—¿Qué demonios ha sido eso? —exigió.
—Lo siento.
—Ahora nunca podré analizar esas muestras. Cristo, estoy segura de que el único motivo por el que no ha presentado cargos contra ti es porque tendría que informar de su propia estupidez al dejarte acercar a las pruebas.
—Una vez más, pido disculpas —dijo Ponter.
—En nombre de Dios, ¿en qué estabas pensando?
Ponter guardó silencio.
—¿Bien? ¿Bien?
—Sé quién cometió la violación de Qaiscr —dijo Ponter simplemente—, y posiblemente también la tuya.
Mary, absolutamente anonadada, se desplomó contra el asiento.
—¿Quién?
—Tu colaborador… no puedo decir bien su nombre completo. Es algo así como «Cor-nu-luus».
—¿Cornelius? ¿Cornelius Ruskin? No, eso es una locura.
—¿Por qué? ¿Hay algo en su aspecto físico que contradiga tus recuerdos de aquella noche?
Mary estaba todavía acalorada y resoplaba por haber gritado.
Pero toda la furia desapareció de su voz, sustituida por el asombro.
—Bueno, no. Quiero decir, sí, Cornelius tiene los ojos azules… pero también los tiene mucha gente. Y Cornelius no fuma.
—Si que fuma. — dijo Ponter.
—Nunca lo has visto hacerlo.
—Olía a tabaco cuando nos vimos.
—Puede que estuviera en uno de los pubs del campus y se le pegó el olor.
—No. Estaba en su aliento, aunque aparentemente había intentado ocultarlo con algún producto químico.
Mary frunció el ceño. Conocía a unos cuantos fumadores secretos.
—Yo no olí nada.
Ponter no contestó.
—Además —dijo Mary—, Cornelius no nos haría daño a mí ni a Qaiser. Quiero decir, somos compañeros de trabajo y…
Mary guardó silencio. Ponter finalmente la instó a continuar.
—¿Sí?
—Bueno, yo nos considero compañeros de trabajo. Pero él… era sólo docente temporal. Tenía un doctorado… en Oxford, por el amor de Dios. Pero lo único que podía conseguir eran clases temporales, sustituciones, no a tiempo completo, y desde luego no la plaza. Pero Qaiser y yo…
—¿Sí? —repitió Ponter.
—Bueno, yo soy mujer, y Qaiser realmente ganó la lotería cuando salieron los nombramientos a las plazas en ciencias. Es mujer y pertenece a una minoría visible. Dicen que la violación no es un crimen sexual: es un crimen de violencia, de poder y Cornelius consideraba claramente que no tenía ninguno.
—También tenía acceso a las muestras del frigorífico —dijo Ponter—, y como genetista seguramente sospechaba lo que una mujer con su misma formación podría hacer en tales circunstancias. Sabía cómo buscar y destruir cualquier prueba.
—Dios mío —dijo Mary—. Pero… no. No. Todo es circunstancial.
—Todo era circunstancial —dijo Ponter— hasta que examiné las pruebas físicas de la violación de Qaiser… bien guardadas en la comisaría de policía, donde Ruskin no puede alcanzarlas. Lo olí cuando nos vimos en el pasillo ante tu laboratorio, y su olor, su marca, está en esas muestras.
—¿Estás seguro? —preguntó Mary—. ¿Estás absolutamente seguro?
—Nunca olvido un olor.
—Dios mío. ¿Qué deberíamos hacer?
—Podríamos decírselo al controlador Hobbes.
—Sí, pero…
—¿Qué?
—Bueno, esto no es tu mundo —dijo Mary—. No se puede exigir que nadie presente una coartada. No hay nada en lo que dices que pudiera permitir a la policía pedirle una muestra de ADN a Ruskin.
De repente, ya no era «Cornelius».
—Pero yo podría declarar sobre su olor…
Mary negó con la cabeza.
—No hay ningún precedente para aceptar esa afirmación, ni siquiera como pista. Y aunque Hobbes aceptara lo que dices, no podría ni llamar a Ruskin para interrogarlo.
—Este mundo… —dijo Ponter, sacudiendo la cabeza con disgusto.
—¿Estás absolutamente seguro? ¿No hay en tu mente ni la sombra de una duda?
—¿La sombra de…? Ah, comprendo. Sí, estoy absolutamente seguro.
—¿No sólo más allá de la duda razonable? —preguntó Mary—. ¿Sino más allá de toda duda?
—No tengo ningún tipo de duda.
—¿Ninguna?
—Sé que vuestras narices son pequeñas, pero mi capacidad no es especial. Todos los miembros de mi especie, y de muchas otras especies, pueden hacerla.
Mary reflexionó al respecto. Desde luego, los perros podían distinguir a las personas por su olor. En realidad no había ningún motivo para pensar que Ponter estuviera equivocado.
—¿Qué podemos hacer?
Ponter permaneció en silencio un buen rato. Finalmente, en voz baja, dijo:
—Me dijiste que el motivo por el que no denunciaste la violación fue porque temías cómo te trataría vuestro sistema judicial.
—¿Y? —replicó Mary.
—No pretendo ofenderte. Sólo quería asegurarme de que me entendías correctamente. ¿Qué os sucedería a ti o a tu amiga Qaiser si hubiera una investigación pública?
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