—Bueno, me preguntaba por la relación de Ponter con Daklar Bolbay.
—Daklar era la mujer-compañera de la mujer-compañera de Ponter. Nuestro término técnico para esa interacción es tulagark. Ponter es el tulagarkap de Daklar, y Daldar es la tulagarlob de Ponter.
—¿Eso implica normalmente una … una relación íntima?
—Puede ser, pero no tiene por qué. Ponter es mi propio tulagarkap, después de todo: el compañero del mismo sexo de mi compañero del sexo opuesto, Adikor. Ponter y yo somos bastante íntimos. Pero a menudo es una relación meramente cordial, y ocasionalmente un poco hostil.
—Ponter y Daklar parecen ser… íntimos.
Lurt dejó escapar una fría risa.
—Daklar presentó cargos contra mi Adikor en ausencia de Ponter. No puede existir afecto alguno entre Ponter y Daklar ahora.
—Eso habría pensado yo. Pero lo hay.
—Estás malinterpretando los signos.
—La propia Daklar me lo dijo.
Lurt dejó de caminar, quizá sorprendida, quizá para tratar de olisquear las feromonas de Mary.
—Oh —dijo por fin.
—Sí. Y, bueno…
—¿Sí?
Mary hizo una pausa, y un gesto para que continuaran caminando. Una nube cubrió el sol.
—No has visto a Adikor desde la última vez que Dos se convirtieron en Uno, ¿verdad?
Lurt asintió.
—¿Has hablado con él?
—Brevemente. Por un asunto referido a Dab.
—¿Pero no sobre … sobre Ponter … y yo?
—No.
—¿Estás … estás obligada a compartirlo todo con Adikor? No me refiero a posesiones: me refiero a conocimiento. Chismes.
—No, por supuesto que no. Tenemos un dicho: «Lo que pasa cuando Dos están separados es mejor que siga separado.»
Mary sonrió.
—Muy bien, pues. No quiero que Ponter se entere de esto, pero… bueno, yo, mm… me gusta.
—Tiene una agradable disposición —dijo Lurt.
Mary contuvo una sonrisa. El propio Ponter había dicho que no era atractivo según los cánones de su gente, cosa que a Mary no le importaba ni podía distinguir. Pero las palabras de Lurt le recordaron lo que normalmente se decía de la gente guapa en su propio mundo.
—Quiero decir… que me gusta mucho —dijo Mary.
Dios, se sentía como si tuviera otra vez catorce años.
—¿Sí?
—Pero a él le gusta Daklar. Pasaron juntos parte, o tal vez todo el último Dos que se convierten en Uno.
—¿De verdad? Sorprendente.
Lurt se hizo a un lado, dejando paso a un par de mujeres más jóvenes que iban de la mano.
—Naturalmente, el último Dos que se convierten en Uno tuvo lugar antes de reestablecer contacto con vuestro mundo. ¿Tuvisteis sexo Ponter y tú cuando estuvo allí la primera vez?
Mary se sintió azorada.
—No.
—¿Y habéis tenido sexo desde entonces? Dos no se han convertido en Uno desde entonces, pero comprendo que Ponter pasó mucho tiempo en vuestro mundo en el último par de diez días.
Mary sabía por Ponter que las conversaciones sobre sexo no eran tabú en su mundo. A pesar de todo notó que las mejillas se le encendían.
—Sí.
—¿Cómo fue? —preguntó Lurt.
Mary lo pensó un segundo, y después, como no tenía ni idea de cómo lo expresaría el traductor, pero sin tener una palabra mejor a mano, dijo simplemente:
—Caliente.
—¿Lo amas?
—Yo… no lo sé. Creo que sí.
—No tiene mujer-compañera, estoy segura de que lo sabes.
Mary asintió.
—Sí.
—No sé cuánto tiempo permanecerá abierto este portal entre nuestros dos mundos —dijo Lurt—. Puede que sea permanente, puede que se cierre mañana… incluso con tantos de nuestros principales ciudadanos al otro lado, el portal podría ser inestable. Pero aunque fuera permanente, ¿pretendes de algún modo vivir una vida con Ponter?
—No lo sé. No sé si es siquiera una posibilidad.
—¿Tienes hijos?
—¿Yo? No.
—¿Y no tienes hombre-compañero?
Mary inspiró profundamente y examinó un puñado de cubos de viaje que pasaban.
—Bueeeeno —dijo—, es complicado. Estuve casada, unida, a un hombre llamado Colm O'Casey. Mi religión…
Un bliip.
—Mi sistema de creencias no permite una fácil disolución de esas uniones. Colm y yo no vivimos juntos desde hace años, pero técnicamente seguimos unidos todavía.
—¿«Vivir juntos»? —repitió Lurt, asombrada.
—En mi mundo, el hombre vive con su mujer-compañera.
—¿y su propio hombre-compañero?
—No existe. Sólo hay dos personas en la relación.
—Increíble —dijo Lurt—. Yo amo enormemente a Adikor, pero desde luego no querría vivir con él.
—Es la costumbre de mi gente.
—Pero no de la mía —dijo Lurt—. Si fueras a continuar esta relación con Ponter, ¿dónde viviríais los dos? ¿En su mundo o en el tuyo? Él tiene hijas aquí, lo sabes, y un hombre-compañero, un trabajo que le gusta.
—Lo sé —dijo Mary; el corazón dolorido—. Lo sé.
—¿Has hablado con Ponter de algo de esto?
—Iba a hacerlo, pero… pero entonces descubrí lo de Daklar.
—Sería muy difícil que funcionara —dijo Lurt—. Sin duda lo comprendes.
Mary resopló ruidosamente.
—Lo comprendo. —Hizo una pausa—. Pero Ponter no es como los otros hombres que conozco.
Se le ocurrió una comparación tonta: Jane Porter y Tarzán de los monos. Jane se había vuelto loca por Tarzán, quien en efecto no se parecía a ningún hombre que había conocido. Y Tarzan, salvaje, criado por simios tras la muerte de sus padres, lord y lady Greystoke, era único, verdaderamente único. Pero Ponter había dicho que había ciento ochenta y cinco millones de habitantes en su mundo, y tal vez todos aquellos hombres eran como Ponter, distintos a los ásperos, rudos, sañudos y débiles hombres del mundo de Mary.
Pero, al cabo de un momento, Lurt asintió.
—Sí, Ponter tampoco se parece a los otros hombres que conozco. Es sorprendentemente inteligente y verdaderamente amable. Y…
—¿Sí? —dijo Mary, ansiosamente.
Pero pasó un rato antes de que Lurt continuara.
—Hubo un hecho, en el pasado de Ponter. Fue… herido.
Mary tocó amablemente el enorme antebrazo de Lurt.
—Sé lo que pasó entre Ponter y Adikor. Lo sé por la mandíbula de Ponter.
Mary vio que la ceja continua de Lurt subía hacia su frente antes de volver su atención hacia el camino que tenían delante.
—¿Ponter te lo dijo?
—Lo de la fractura, sí. Yo la había visto en radiografías. No quién se la hizo. Me enteré por Daklar.
Lurt pronunció una palabra que no fue traducida, y luego dijo:
—Bueno, sabes que Ponter perdonó a Adikor, total y completamente. Es algo que poca gente hubiese hecho. —Hizo de nuevo una pausa—. Y, supongo, dada su admirable trayectoria en estos asuntos, que no es muy sorprendente que al parecer haya perdonado a Daklar también.
—Bueno —dijo Mary—, ¿qué debo hacer?
—Tenía entendido que tu gente cree en una especie de existencia después de ésta.
Mary se sobresaltó ante el aparente non sequitur.
—Mm, sí.
—Nosotros no, como estoy segura de que te habrá dicho Ponter. Tal vez, si creyéramos que hay más en la vida que sólo esta existencia, tendríamos una filosofía diferente. Pero déjame que te cuente cuál es el principio que nos guía.
—Por favor.
—Vivimos nuestras vidas para minimizar los pesares en el lecho de muerte. Eres una 145, ¿no?
—Tengo treinta y nueve… años, quiero decir.
—Sí. Bueno, entonces estás quizás en la mitad de tu vida. Pregúntate a ti misma si… dentro de otros treinta y nueve años, por usar tus palabras, cuando tu vida esté terminando, lamentarás no haber intentado conseguir que tu relación con Ponter funcione.
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