Y, en efecto, tal vez hubiera algo que decir respecto a extender esa idea a la vida adulta, al puesto de trabajo, dejando que las mujeres trabajaran en un entorno libre de hombres y sus egos.
Aunque el cómputo de tiempo neanderthal dividía sensatamente el día en diez partes iguales, empezando por el punto en que era el amanecer en el equinoccio vernal, Mary todavía se guiaba por su Swatch, en vez de por la críptica pantalla de su banda Acompañante: después de todo, aunque había viajado a otro universo, seguía en la misma zona horaria.
Mary estaba acostumbrada al ritmo de las pausas para tomar café por la mañana y por la tarde, y a una hora para almorzar, pero el metabolismo neanderthal no permitía pasar tanto tiempo sin comer. Había dos largas pausas en el día de trabajo, una a eso de las once de la mañana y otra a eso de las tres de la tarde, y en ambos momentos se consumían grandes cantidades de comida, incluida carne cruda: la misma técnica láser que mataba la infección dentro de la gente hacía que la comida sin cocinar fuera bastante segura de comer, y las mandíbulas neanderthales estaban más que preparadas para la tarea. Pero el estómago de Mary no lo estaba; se sentó junto a Lurk y sus colegas mientras comían, pero intentó no mirar su comida.
Podría haberse excusado durante las pausas para comer, pero era el momento que Lurt tenía libre y quería hablar con ella. Le fascinaba lo que sabían los neanderthales de gen ética, y Lurt parecía bastante dispuesta a compartirlo libremente todo.
De hecho, Mary aprendió tanto en su corta estancia con Lurt, que estaba empezando a pensar que cualquier cosa era posible… sobre todo si no había hombres cerca.
Mary había asistido a una docena de bodas a lo largo de su vida: varias católicas, una judía, una china y unas cuantas por lo civil. Así que creía conocer en términos generales qué cabía esperar de la ceremonia de unión de Jasmel.
Se equivocaba.
Naturalmente, sabía que esa ceremonia no tendría lugar en nada parecido a una iglesia: los neandertha1es no tenían esas cosas. Sin embargo, esperaba que la celebraran en algún sitio oficial. En cambio, el acontecimiento tuvo lugar en el campo.
Ponter ya estaba allí cuando el cubo de viaje dejó a Mary; eran los primeros en llegar y, como no había nadie cerca, se permitieron un largo abrazo.
—Ah —dijo Ponter, cuando se separaron—, ahí vienen.
Hacía un día espléndido. Mary había descubierto que había olvidado sus gafas de sol en el otro lado, y tuvo que entornar los ojos para ver al grupo que se acercaba. Eran tres mujeres: una de casi cuarenta años, pensó Mary, otra adolescente y una niña de ocho. Ponter miró a Mary, y luego a las tres mujeres que se acercaban, y luego de nuevo a Mary. Ella intentó leer la expresión de su rostro; si él hubiera sido un miembro de su propia especie, le habría parecido que era de profunda incomodidad, como si se hubiera dado cuenta de que se había visto envuelto de repente en una situación embarazosa.
Las tres hembras se acercaban caminando, procedentes del este… del Centro. La mayor y la más joven no llevaban nada, pero la del centro llevaba una gran mochila sujeta a la espalda. Al acercarse, la niña pequeña gritó:
—¡Papá—
Y echó a correr hacia Ponter, quien la recibió con un abrazo.
Las otras dos caminaban más despacio, la hembra mayor al ritmo de la joven, quien parecía caminar a trompicones debido al peso de la mochila.
Ponter había soltado ya a la niña de ocho años y, tomándola de la mano, se volvió hacia Mary.
—Mary, ésta es mi hija, Mega Bek. Mega, ésta es mi amiga, Mary.
Mega había tenido ojos sólo para su padre hasta ese momento. Miró a Mary de arriba abajo.
—Guau —dijo por fin—. Eres una gliksin, ¿verdad?
Mary sonrió.
—Sí que lo soy —dijo, dejando que su Acompañante tradujera sus palabras a la lengua neanderthal.
—¿Querrás venir a mi colegio? —preguntó Mega—. ¡Me encantaría que te vieran los otros niños!
Mary se sintió un poco sorprendida: nunca se había considerado una atracción.
—Mmm, si tengo tiempo —contestó.
Las otras dos neanderthales se acercaron.
—Ésta es mi otra hija Jasmel Kct —dijo Pontcr, señalando a la muchacha de dieciocho años.
—Hola —saludó Mary. Miró a la muchacha, pero no tenía ni idea de si era atractiva según los baremos neanderthalcs. Fuera como fuese, tenía los sorprendentes ojos dorados de su padre—. Yo soy… ———decidió no avergonzar a la chica diciendo un nombre que no pudiera pronunciar—. Soy Mary Vaughan.
—Hola, sabia Vaughan —dijo Jasmel, que debía de haber oído hablar de ella antes; de lo contrario, no hubiese tenido ni idea de cómo pronunciar el apellido de Mary. Y, en efecto, el siguiente comentario de Jasmel lo confirmó—: Usted le dio a mi padre ese trozo de metal.
Mary se sintió perdida un momento, pero luego comprendió. El crucifijo.
—Sí —respondió.
—La vi una vez——dijo Jasmel—, en un monitor, cuando estábamos rescatando a mi padre, pero… —Sacudió la cabeza, asombrada—. Incluso así, seguí sin poder creérmelo.
—Bueno, pues aquí estoy —dijo Mary. Hizo una pausa—. Espero que no te importe que haya venido a tu ceremonia de unión.
Le importara o no, Jasmel tenía la cortesía de su padre.
—No, por supuesto que no. Estoy encantada de que usted esté aquí.
Ponter habló rápidamente, quizá, pensó Mary, detectando que su hija estaba secretamente molesta, y deseando cambiar de tema.
—Y ésta es, era, la tutora de mi hija. —Miró a la neanderthal de treinta y ocho años—. Yo, ah, no te esperaba.
El ceño de la mujer neanderthal subió hacia su frente.
—Parece que no —dijo, mirando a Mary.
—Ah —dijo Ponter—, sí, bueno, ésta es Mary Vaughan… la mujer del otro lado de la que te hablé. Mary, ella es Daklar Bolbay.
—Dios mío —dijo Mary, y su Acompañante pitó, incapaz de traducir la frase.
—¿Sí? —dijo Daklar, instando a Mary a intentado de nuevo.
—Yo… ah, quiero decir, encantada de conocerla. He oído hablar mucho de usted.
—Y yo de usted —dijo Daklar fríamente.
Mary se obligó a sonreír y desvió la mirada.
—Daklar —explicó Ponter—, era la mujer-compañera de mi mujer-compañera, Klast, y por eso ha sido tutora de Jasmel. —Se volvió resueltamente hacia Daklar—. Hasta que Jasmel alcanzó la mayoría de edad al cumplir los 225 meses en primavera, claro.
Mary intentó seguir los matices. Parecía que Ponter estaba diciendo que, puesto que Daklar no tenía ya ninguna función oficial en la vida de Jasmel, no tendría que haber estado allí. Bueno, Mary podía comprender la incomodidad de Ponter. Daldar, después de todo, había intentado que castraran a Adikor.
Pero la incomodidad que Ponter pudiera sentir quedó interrumpida por la llegada de más gente: un varón y una hembra neanderthales, cada uno de unos cincuenta años.
—Son los padres de Tryon —dijo Pontcr—. Bal Durban —continuó, señalando al varón—, y Yabla Pol Hal, Yabla, ésta es mi amiga Mary Vaughan.
Hal tenía una voz vibrante.
—No hacen falta las presentaciones ——dijo—. La he estado viendo en mi mirador.
Mary trató de contener un escalofrío. Había visto ocasionalmente algún traje plateado, pero no tenía ni idea de que fuera objeto de la atención de los exhibicionistas.
—¡Mírese! —dijo Yabla—. ¡Todo piel y huesos! ¿Tienen suficiente comida en su mundo?
En toda su vida, nadie se había referido a Mary como «piel y huesos». Le gustó como sonaba.
—Sí —dijo, sonrojándose un poco.
—Bueno, esta noche habrá un festín —dijo Yabla—. ¡Una comida no puede deshacer diezmeses de negligencia, pero será un buen principio!
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