En vez de apartar a Mary de la conversación, Hak continuó traduciendo.
—No lo sé —dijo Adikor.
—¿ Y la pelliza verde? —dijo Ponter—. Me gusta cómo te marca los bíceps y…
De repente, Mary no pudo soportarlo más. Se puso en pie de un salto y se acercó a la puerta.
—Lo siento —dijo, intentando controlar su respiración, intentando calmarse—. Lo siento mucho.
Y salió a la oscuridad.
Ponter siguió a Mary al exterior, cerrando la puerta tras él. Mary temblaba. A Ponter no parecía molestarle en lo más mínimo el aire de la noche, pero era claramente consciente de la reacción de Mary al fresco. Se acercó, como para rodeada con sus enormes brazos, pero Mary sacudió los hombros violentamente, rechazando su contacto, y se apartó de él, mirando el paisaje.
—¿Qué ocurre? —preguntó Ponter.
Mary tomó aire y lo expulsó lentamente.
—Nada.
Sabía que parecía petulante, y se odió a sí misma por ello. ¿Qué ocurría? No era una sorpresa que Ponter tuviera un amante masculino pero…
Pero una cosa era saberlo en abstracto, y otra verlo en vivo.
Mary estaba sorprendida consigo misma. Se había sentido más celosa que la primera vez que vio a Colm con su nueva novia después de separarse de él.
—Nada —repitió.
Ponter habló en su propia lengua, con una voz que parecía a la vez confusa y triste. La traducción de Hak tenía un tono más neutral.
—Lamento si te he ofendido… de algún modo.
Mary contempló el cielo oscuro.
—No es que esté ofendida. Es que… —Hizo una pausa—. Va a costarme acostumbrarme a esto.
—Sé que tu mundo es diferente al nuestro. ¿Estaba mi casa demasiado oscura para ti? ¿Demasiado fría?
—No es eso —contestó Mary, y se dio la vuelta lentamente—. Es… Adikor.
Ponter alzó la ceja…
—¿No te gusta?
Mary negó con la cabeza.
—No, no. No es eso. Parece bastante simpático. —Volvió a suspirar—. El problema no es Adikor. Sois tú y Adikor. Es veras a los dos Juntos.
—Es mi hombre-compañero —dijo Ponter, simplemente.
—En mi mundo, la gente sólo tiene un compañero. No me importa si es alguien del sexo opuesto, o alguien del mismo sexo. —Estuvo a punto de añadir «de verdad que no me importa» pero temió que eso fuera protestar demasiado — o pero que nosotros seamos … bueno, lo que sea que seamos, mientras estás relacionado con alguien más es … —Guardó silencio, luego se encogió de hombros—. Es difícil. Y tener que veras a los dos dándoos muestras de afecto…
—Ah —dijo Ponter, y entonces, como si el primer comentario no hubiera sido suficiente, repitió—: Ah.
Guardó silencio un rato.
—No sé qué decirte. Quiero a Adikor y él me quiere a mí.
Mary quiso preguntarle cuáles eran sus sentimientos hacia ella, pero aquél no era buen momento: probablemente lo había repelido con su estrechez de miras.
—Además —dijo Ponter—, dentro de una familia no hay malos sentimientos. Sin duda no le sentirías herida si yo me mostrara afectuoso con mi hermano o mis hijas o mis padres.
Mary lo consideró en silencio y, al cabo de unos instantes, Ponter continuó:
—Tal vez es una tontería, pero tenemos un dicho: el amor es como los intestinos, siempre hay de sobra.
Mary tuvo que reírse, a su pesar. Pero fue una risa incómoda que hizo que se le saltaran las lágrimas.
—Pero no me has tocado desde que llegamos aquí.
Ponter abrió mucho los ojos.
—Dos no son Uno.
Mary permaneció callada un buen rato.
—Yo… las mujeres gliksins… y los hombres gliksins también… necesitamos afecto todo el tiempo, no sólo cuatro días al mes.
Ponter inspiró profundamente y resopló.
—Normalmente…
Se calló, y la palabra quedó flotando entre ellos. Mary sintió que el pulso se le aceleraba. Normalmente, allí una persona tenía dos compañeros, masculino y femenino. Una mujer neanderthal no carecía de afecto… pero durante la mayor parte del mes éste procedía de su mujer-compañera.
—Lo sé —dijo Mary, cerrando los ojos—. Lo sé.
—Tal vez esto sea un error —dijo Ponter, tanto para él como para Mary, parecía, aunque Hak tradujo diligentemente sus palabras—. Tal vez no debería haberte traído aquí.
—No —dijo Mary—. Quería venir y me alegro de haberlo hecho. Lo miró, contemplando sus ojos dorados.
—¿Cuánto tiempo falta hasta la próxima vez que Dos se conviertan en Uno? —preguntó.
—Tres días. Pero… —Ponter hizo una pausa, y Mary parpadeó—. Pero supongo que no le hará daño a nadie si te muestro afecto antes de entonces.
Abrió sus enormes brazos y, al cabo de un momento, Mary se dejó envolver en ellos.
Mary, naturalmente, no podía alojarse con Ponter, pues Ponter vivía en el Borde, que era la provincia exclusiva de los varones. Adikor sugirió la solución perfecta: que Mary se alojara con su mujer-compañera, Lurt Fradlo. Después de todo, era química, según definían el término los neanderthales: alguien que trabajaba con moléculas. y Mary, según esa definición, era un tipo de química especializada, dedicada al ácido desoxirribonucleico.
Lurt se mostró de acuerdo inmediatamente: ¿qué científico de cada mundo no saltaría ante la posibilidad de albergar a uno del otro? y así, Ponter hizo que Hak llamara a un cubo de viaje y Mary se dirigió al Centro.
El cubo lo conducía casualmente una mujer… o tal vez Hak lo había solicitado así; después de todo, la inteligencia artificial sabía todo lo que sabía Ponter sobre la violación de Mary. El Acompañante extraíble de Mary había recibido la base de datos de Hak, y Mary aprovechó ese hecho ahora para conversar con la conductora durante el trayecto.
—¿Por qué tienen sus coches forma de cubo? —preguntó—. No parece muy aerodinámico.
—¿Qué forma deberían tener? —preguntó la conductora, que tenía una voz casi tan grave como la de Ponter y tan sonora como la de Michel Bell cuando cantaba Old Man River.
—Bueno, en mi mundo son redondeados y… pensó brevemente…en Monty Python—, son finos por un extremo, gruesos por el centro, y finos de nuevo por el otro extremo.
La conductora tenía el pelo corto más oscuro que Mary había visto hasta ahora en un neanderthal, lo que quería decir que era del color del batido de chocolate. Sacudió la cabeza.
—Entonces, ¿cómo los almacenan?
—¿Almacenar? —repitió Mary.
—Sí. Ya sabe, cuando no se usan. Nosotros los almacenamos unos encima de otros, y los apilamos unos junto a otros. Eso reduce la cantidad de espacio que hay que reservar para acomodarlos.
Mary pensó en todo el terreno que su mundo gastaba en aparcamientos.
—Pero… ¿pero cómo saca su propio coche cuando lo necesita, si está al fondo de la pila?
—¿ Mi propio coche? —repitió la conductora.
—Sí. Ya sabe, el coche que le pertenece.
—Todos los coches pertenecen a la ciudad —dijo la conductora—. ¿Por qué querría yo poseer uno? —Bueno, no sé…
—Quiero decir, son caros de fabricar, al menos aquí.
Mary pensó en las letras mensuales de su coche.
—En mi mundo también.
Contempló el paisaje. En la distancia, otro cubo de viaje volaba bajo, viajando en dirección contraria. Mary se preguntó qué habría pensado Henry Ford si alguien le hubiera dicho que, un siglo después de lanzar el Modelo T, la mitad de la superficie de las ciudades estaría dedicada a acomodar el movimiento o el almacenamiento de coches, que los accidentes con ellos serían la principal causa de muerte de los varones menores de veinticinco años, que contaminarían más el aire que todas las fábricas y hornos del mundo juntos.
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