Poul Anderson - La nave de un millón de años

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Desde las primitivas tribus escandinavas, desde la antigua China y la Grecia clásica, hasta nuestros días y todavía más allá, hacia un tuturo de miles y miles de años, pasando por el Japón Imperial, la Francia de Richelieu, la América indígena y la Rusia estalinista...
La nave de un millón de años

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—¿Bien? —dijo Zabdas.

—¿Cuál es el deseo de mi señor? —le preguntó mientras mantenía los ojos bajos.

—¿Qué tienes que decir en tu defensa?

—¿De qué debe defenderse tu esclava?

—¡No te burles de mí! —gritó Zabdas—. Estoy harto de tu insolencia. Ahora has abofeteado a mi esposa. Es demasiado.

Aliyat alzó los ojos y le sostuvo la mirada.

—Suponía que Furja vendría lloriqueando a verte. ¿Qué historia se ha inventado? Tráela y déjame oírla.

Él descargó un puñetazo en el escritorio.

—Yo arreglaré esto. Yo soy el amo. Trato de ser amable. Te doy la oportunidad de explicar por qué no debo azotarte.

Ella contuvo el aliento. Lo había sospechado desde el principio, y había tenido un par de horas para ordenar las ideas.

—Mi señor debe saber que su nueva esposa y yo somos proclives a reñir. —Criatura estúpida, servil, despreciable, siempre procurando obtener los favores del hombre y dominar el harén—. Lamento que sea así. Está mal. —Le disgustaba pero tenía que decirlo—. Me insultó de modo intolerable. Le pegué una vez, con la mano abierta, entre las costillas. Ella rompió a llorar y echó a correr… hacia ti, que tienes asuntos más importantes que atender.

—A menudo ha venido con quejas. La has fastidiado desde que entró en mi casa.

—No pido más que el respeto debido a tu primera esposa, mi señor. —No me transformaré en una esclava, una perra, una cosa.

—¿Cuál fue ese insulto? —preguntó Zabdas.

—Es una infamia. ¿Debo ponerlo en mis labios?

—Descríbelo.

—Ella gritó que yo conservaba mi aspecto y mi fortaleza por… medios cuya descripción no se puede repetir en compañía decente.

—¿Estás segura? Las mujeres tienen memoria frágil.

—Supongo que si la llamaras para preguntarle, ella lo negaría. No es su primera mentira.

—La palabra de una contra la de otra —suspiró Zabdas—. ¿Qué debe creer un hombre? ¿Cuándo hallará paz para realizar su trabajo? ¡Mujeres!

—Creo que también los hombres perderían los estribos si estuvieran siempre encerrados sin nada que hacer —dijo Aliyat, pues tenía poco que perder.

—Si he decidido no… molestarte, ha sido por consideración a tu edad.

—¿Y la tuya, señor? —se atrevió a murmurar Aliyat.

Zabdas palideció. Las manchas pardas de la piel se volvieron muy visibles.

—¡Furja no me encuentra deficiente!

No todas las noches del mes, pensó Aliyat. Y, con repentina y sorprendente piedad: teme que su inquietud ante mí lo prive de la virilidad; y en verdad es probable que ese temor surta tal efecto, se dijo.

Pero se estaban acercando a un terreno peligroso. Ella retrocedió:

—Ruego el perdón de mi señor. Sin duda parte de la culpa es mía, de su servidora. Simplemente deseaba explicarle por qué hay riñas en su harén. Si Furja me demuestra cortesía, haré lo mismo.

Zabdas se frotó la barbilla y miró a lo lejos. Aliyat tuvo la turbadora sensación de que él había estado aguardando esta oportunidad. Al fin la miró y dijo con voz tensa:

—La vida era diferente para ti cuando eras joven. A los viejos les cuesta cambiar. Al mismo tiempo, el vigor que conservas te impide resignarte. ¿Estoy en lo cierto?

Ella tragó saliva.

—Mi señor dice la verdad —respondió, sorprendida de que él demostrara alguna comprensión.

—Y he oído que ayudabas a tu primer esposo en sus negocios —continuó.

Ella sólo pudo asentir.

—Bien, he pensado mucho en ti, Aliyat —dijo Zabdas con más prisa—. Mi deber ante Dios es brindarte bienestar, y eso incluye el de tu espíritu. Si el tiempo, se ha vuelto vacío para ti, si nuestra hija no es suficiente… bien, quizá podamos encontrar algo más.

El corazón de Aliyat dio un vuelco. La sangre le martilleó las sienes. De nuevo Zabdas miró a lo lejos.

—Lo que tengo en mente es irregular —dijo con cautela—. No viola la Ley, por supuesto, pero causaría habladurías. Estoy dispuesto a correr este riesgo por ti, pero debes cumplir tu parte. Debes actuar con suma discreción.

—¡Lo que ordene mi señor!

—Será un comienzo, una prueba. Si haces bien tu labor, quién sabe cómo seguiremos. Pero escucha… —agitó el índice—. En Emesa hay un joven, un pariente lejano mío, que ansia iniciarse en el negocio. Su padre quedará complacido si lo invito aquí y le instruyo. Pero yo no tengo tiempo para enseñarle los pormenores, las reglas y costumbres y tradiciones propias de Tadmor, así como los problemas prácticos…, especialmente cuando se trata de embarques, de tratar con caravaneros. Podría designar a uno de mis hombres para que lo instruya, pero no puedo prescindir de nadie. Sin embargo, supongo que tú lo recordarás. Desde luego, la discreción es esencial.

Aliyat se postró.

—¡Confía en mí, mi señor! —sollozó.

10

Bonnur era alto, de hombros anchos y cintura delgada. Su barba era apenas un velo de seda sobre rasgos delicados, pero sus manos tenían una fortaleza viril. Tenía los ojos y los movimientos de una gacela. Aunque era cristiano, Zabdas lo recibió cordialmente antes de indicarle que buscara una cama entre los demás jóvenes que trabajaban y estudiaban allí.

Un año antes, el mercader había comprado un edificio más pequeño, contiguo a la casa. Contrató peones para levantar paredes y un techo que unieran ambas viviendas, luego derrumbó las separaciones para hacer una sola casa. Así tendría más oficinas, depósitos y alojamiento para el nuevo personal; sus negocios eran prósperos. Hacía poco había ordenado detener la construcción. Declaraba que era conveniente esperar a ver qué efecto tenía la actual conquista de Persia sobre el tráfico con la India. El anexo estaba pues sin muebles, desocupado, polvoriento y silencioso.

Cuando Zabdas la condujo allí, Aliyat se sorprendió de encontrar una habitación apartada, limpia y ordenada. Una sencilla pero gruesa alfombra de lana suavizaba el suelo. La alta ventana estaba flanqueada por colgaduras. En una mesa había una jarra de agua, tazas, papiro, tinta, plumas. Dos tabú- retes aguardaban, y Bonnur. Aunque ya se lo habían presentado, a Aliyat se le aceleró el pulso.

Él hizo una profunda reverencia.

—Poneos cómodos —dijo Zabdas con inusitada cordialidad—, poneos cómodos, queridos míos. Si hemos de actuar con cierta irregularidad, al menos disfrutemos de ello. —Dio una vuelta por la habitación, sin dejar de hablar—: Para que mi esposa te explique las cosas, Bonnur, y para que tú hagas preguntas, necesitáis libertad. No soy el sujeto insulso por quien me toma la gente. Sé que las costumbres y sutilezas de una ciudad no se pueden registrar en los libros ni analizar como una frase. Las miradas y risitas, los constreñimientos que sentiríais, si os pusierais a hablar delante de cualquier necio, os sujetarían la lengua y la mente. La tarea se volvería ardua, prolongada, tal vez imposible. Y por cierto, me considerarían un excéntrico por impulsaros a ella. Los hombres se preguntarían si no empiezo a delirar. Eso sería malo para el comercio.

»De ahí este retiro. En los momentos que yo considere oportunos, cuando tus servicios no se requieran en otra parte, Bonnur, te lo haré saber. Abandonarás la casa y entrarás en este sector por la puerta trasera, por la calleja del fondo. Y a ti te daré una señal, Aliyat. Vendrás directamente aquí. De hecho, a veces vendrás aquí para estar sola. Deseabas ayudarme; muy bien, puedes examinar los informes y cifras que te daré, sin molestias, y darme tu opinión. Esto lo sabrán todos. En otras ocasiones, sin que lo sepa nadie más, te encontrarás con Bonnur.

—¡Pero señor! —exclamó el joven, ruborizándose—. ¿La señora y yo y nadie más? Sin duda una criada, un eunuco o… o…

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