»Sólo entonces repararemos nuestras paredes dañadas y curaremos nuestras casas. Ésa es nuestra penitencia, hijos míos. Recemos para que sea suficiente.
En mitad de un claro cubierto de ceniza, Ender, Valentine, Miro, Ela, Quara, Ouanda y Olhado contemplaban cómo la más honorable de las esposas era descuartizada viva y plantada en el suelo, para que se convirtiera en un nuevo árbol-madre a partir del cadáver de su segunda vida. Mientras moría, las madres supervivientes metieron la mano en una abertura del viejo árbol-madre y rescataron los cadáveres de los hijos muertos y las pequeñas madres que habían vivido allí, y los colocaron sobre el cuerpo sangrante hasta que formaron una pila. En cuestión de una hora, su retoño se alzaría de los cadáveres y buscaría la luz del sol.
Usando su sustancia, crecería rápidamente, hasta tener suficiente grosor y altura para crear una abertura en el tronco. Si crecía suficientemente rápido, si se abría pronto, los pocos bebés supervivientes que se aferraban al interior de la cavidad del viejo árbol-madre muerto podrían transferirse al pequeño refugio del nuevo árbol-madre. Si alguno de los bebés supervivientes eran pequeñas madres, serían llevadas a los padres-árbol supervivientes, Humano y Raíz, para que se apareasen. Si se concebían nuevos bebés dentro de sus cuerpos diminutos, entonces el bosque que había conocido todo lo bueno y lo malo que podían ofrecer los seres humanos sobreviviría.
Si no…, si los bebés eran todos machos, lo cual era posible, o si todas las hembras que hubiera eran estériles, o si todos estaban demasiado heridos por el calor del suelo que arrasó el tronco del árbol-madre hasta matarlo, o si estaban demasiado debilitados por los días de hambre que sufrirían hasta que el nuevo árbol-madre estuviera preparado para ellos…, entonces el bosque moriría con estos hermanos y esposas, y Humano y Raíz vivirían durante un milenio como padres sin tribu. Tal vez alguna otra tribu los honraría y les traería a sus pequeñas madres para que se aparearan. Tal vez. Pero no serían padres de su propia tribu, rodeados de sus hijos.
Serían árboles solitarios sin bosque propio, monumentos únicos al trabajo para el que habían vivido: unir a humanos y pequeninos. En cuanto a la ira contra Guerrero, se había desvanecido. Los padres-árbol de Lusitania estuvieron todos de acuerdo en que la deuda moral en que habían incurrido con la muerte del padre Esteváo había quedado saldada con creces con la masacre del bosque de Raíz y Humano. De hecho, Guerrero había ganado muchos nuevos conversos a su herejía, pues ¿no habían demostrado los humanos que eran indignos del evangelio de Cristo? Eran los pequeninos —decía Guerrero—, los auténticos elegidos para ser receptáculos del Espíritu Santo, mientras que los humanos no tenían ninguna parte de Dios en ellos. «No tenemos necesidad de matar a ningún otro ser humano —dijo—. Sólo tenemos que esperar, y el Espíritu Santo acabará con todos ellos. Mientras tanto, Dios nos ha enviado a la reina colmena para que nos construya naves espaciales. Llevaremos al Espíritu Santo con nosotros para que juzgue cada mundo que visitemos. Seremos el ángel exterminador. Seremos Josué y los israelitas, purgando Canaán para abrir camino al pueblo elegido de Dios.»
Muchos pequeninos lo creían ahora. Guerrero ya no les parecía loco: habían sido testigos de las primeras sacudidas del apocalipsis en las llamas de un bosque inocente. Para muchos pequeninos, ya no había nada que aprender de la humanidad. Dios ya no necesitaba para nada a los seres humanos.
Aquí, sin embargo, en este claro del bosque, con los pies hundidos en cenizas hasta los tobillos, los hermanos y esposas que velaban a su nuevo árbol-madre no creían en la doctrina de Guerrero. Ellos, que conocían mejor que nadie a los seres humanos, habían elegido incluso a humanos para que estuvieran presentes como testigos y ayudantes en su intento de resurrección.
—Porque sabemos que no todos los humanos son iguales, como tampoco lo son todos los pequeninos —dijo Plantador, que era ahora el portavoz de los hermanos supervivientes—. Cristo vive en algunos de vosotros, no así en otros. No todos somos como el bosque de Guerrero, ni vosotros sois todos asesinos.
Así, Plantador estrechó las manos de Miro y Valentine por la mañana, cuando el nuevo árbol-madre consiguió abrir una grieta en su fino tronco, y las esposas transfirieron tiernamente los cuerpos débiles y hambrientos de los bebés supervivientes a su nuevo hogar. Era demasiado pronto para decirlo, pero había motivos para la esperanza: el nuevo árbol-madre se había preparado en sólo un día y medio, y había más de tres docenas de bebés que sobrevivieron para hacer la transición. Al menos una docena podrían ser hembras fértiles, y aunque sólo una cuarta parte de ellas consiguieran engendrar jóvenes, el bosque podría volver a vivir. Plantador estaba temblando.
—Los hermanos nunca han visto esto en toda la historia del mundo —dijo.
Varios de los hermanos se arrodillaron e hicieron la señal de la cruz. Muchos habían estado rezando durante toda la vigilia. Eso hizo pensar a Valentine en algo que le había dicho Quara. Se acercó a Miro y susurró:
—También Ela rezó.
—¿Ela?
Antes del incendio. Quara estaba en el Altar de los Venerados. Rezó a Dios para que nos abriera un camino con el que resolver nuestros problemas.
—Para eso reza todo el mundo.
Valentine pensó en lo que había sucedido en los días transcurridos desde entonces.
—Supongo que estará bastante decepcionada por la respuesta que le ha dado Dios.
—Es lo normal.
—Pero tal vez esto, el árbol-madre abriéndose tan rápidamente, tal vez esto sea el principio de la respuesta.
Miro miró a Valentine, aturdido.
—¿Eres creyente?
—Digamos que sospecho. Sospecho que tal vez hay alguien que se preocupa por lo que nos sucede. Es un paso por encima del simple deseo. Y un paso por debajo de la esperanza.
Miro sonrió débilmente, pero Valentine no supo si eso significaba que estaba complacido o divertido.
—¿Y qué hará Dios a continuación, como respuesta a la plegaria de Ela?
—Esperemos a ver —dijo Valentine—. Nuestro trabajo es decidir qué vamos a hacer nosotros. Sólo tenemos los misterios más profundos del universo por resolver.
—Bueno, eso debe estar justo en el terreno de Dios —observó Miro.
Entonces llegó Ouanda. Como xenóloga, también había estado relacionada con la vigilia, y aunque éste no era su turno, la noticia de la abertura del árbol-madre le había llegado de inmediato. Su aparición había coincidido siempre con la rápida partida de Miro. Esta vez no fue así. Valentine se alegró al ver que los ojos de Miro no se entretenían en Ouanda ni la esquivaban: ella estaba allí, trabajando con los pequeninos, igual que él. Sin duda, todo era una elaborada pretensión de normalidad, pero en la experiencia de Valentine, la normalidad era siempre una pretensión, y la gente actuaba según lo que creía que se esperaba de ellos. Miro había llegado a un punto en que estaba dispuesto a actuar de forma normal en relación a Ouanda, no importaba lo falso que esto pudiera ser para sus auténticos sentimientos. Por otra parte, tal vez no era tan falso, después de todo. Ella le doblaba ahora en edad. No era ya la muchacha que amó.
Los dos se habían amado, aunque nunca habían dormido juntos. Valentine se alegró de oírlo cuando Miro se lo dijo, aunque él lo hizo con furioso pesar. Valentine había observado hacía tiempo que en una sociedad que esperaba castidad y fidelidad, como Lusitania, los adolescentes que controlaban y canalizaban sus pasiones juveniles eran los que crecían para convertirse en fuertes y civilizados. Los adolescentes de comunidades similares que eran demasiado débiles para controlarse o desdeñaban demasiado las normas de la sociedad, normalmente acababan siendo lobos o corderos, miembros sin mente del rebaño o depredadores que cogían lo que podían sin dejar nada a cambio.
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