Hal Clement - Persecución cósmica

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Persecución cósmica: краткое содержание, описание и аннотация

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Un detective alienígena sigue el rastro de un malvado asesino de su misma raza; durante su persecución, se estrella junto a una isla solitaria de la Tierra de 1949. Estos seres necesitan de otra raza para ocupar sus cuerpos, ya que no poseen uno propio. Nuestro “héroe” consigue encontrar un anfitrión: el cuerpo de un joven que vive en la isla.

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Afuera estaba oscuro. Moldeó un ojo con sus propios tejidos —los del perit habían reventado—, pero no pudo ver nada. De pronto, sin embargo, advirtió que la presión no era constante a su alrededor; aumentaba y disminuía en forma evidente y con cierto ritmo; y el agua trasmitía a su carne sensible las ondas de presión de alta frecuencia, que él interpretó como sonidos. Escuchando atentamente, llegó a la conclusión de que debía hallarse bastante cerca de la superficie de una masa de agua suficientemente grande como para formar olas de muchos pies de altura y que, además, se aproximaba una tormenta de violencia considerable. Durante su catastrófico descenso no había advertido ninguna perturbación en el aire, pero esto nada significaba, ya que había atravesado la atmósfera con tanta rapidez que resultaba imposible registrar el movimiento de los vientos.

Al introducir otros seudópodos en el barro que rodeaba los restos del aparato, descubrió, aliviado, que había vida en el planeta; en realidad, estaba casi seguro de ello. Había bastante oxígeno en el agua como para poder subsistir, siempre que no se hicieran esfuerzos demasiado grandes, y debía haber, por consiguiente, oxígeno libre en la atmósfera. Había además motivos para pensar que la existencia de seres vivos era un hecho y no una mera probabilidad; y le satisfizo localizar en el barro una cantidad de pequeños moluscos bivalvos, que, después de probarlos, le parecieron comestibles.

Como en esa parte del planeta era de noche, decidió continuar la investigación cuando hubiera más luz y dedicar su atención por el momento a examinar los restos de la nave. No esperaba que los resultados de este análisis fueran alentadores, pero experimentó un tétrico sentimiento al comprobar que la destrucción había sido total. Las partes metálicas de la sala de máquinas se habían deformado por efecto de las tensiones soportadas. La cabina de cambios del comando principal, menos sólida, estaba aplastada y retorcida.

Por ningún lado se veían los rastros de unos tubos de gas recubiertos con cuarzo; evidentemente habían sido pulverizados por la colisión y barridos por el agua. Ningún ser vivo de forma definida y constituido por materia sólida hubiera podido salir ileso de semejante choque, por más protegido que se encontrara. Ese pensamiento lo confortó en cierto modo; aunque había hecho todo lo que estaba a su alcance para salvar al perit, no resultó suficiente.

Después de haber comprobado que no quedaba nada útil dentro del aparato, el Cazador decidió que no podía actuar por el momento. Para realizar un trabajo más activo debía conseguir una mejor fuente de oxígeno; eso sería posible cuando se hallara en contacto con el aire. La falta de luz también constituía un serio inconveniente. Se extendió al dudoso abrigo del casco en ruinas a esperar que terminara la tormenta y llegara el día. Pensó que con la luz y las aguas tranquilas podría arreglarse solo para llegar hasta la costa; el ruido que producían las olas le dio la pauta de que no lejos de al había rompeolas y, por consiguiente, una playa.

Estuvo varias horas acostado. En cierto momento se le ocurrió que debía hallarse en un planeta que mantenía siempre el mismo hemisferio frente al sol, pero en seguida advirtió que, en tal caso, la mitad en sombras debería soportar una temperatura demasiado fría que impediría que el agua se mantuviera en estado líquido. Entonces le pareció más probable que algunas nubes de tormenta ocultaran en ese instante la luz solar.

Desde el momento en que el aparato se inserto en el barro, permaneció inmóvil. Las perturbaciones que se producían arriba se reflejaban en el fondo en forma de corrientes y oleajes que el Cazado percibía, pero resultaban insuficientes para mover la masa metálica semienterrada. Como se hallaba completamente seguro de que el casco estaba sólidamente emplazado en ese lugar, el náufrago se sobresaltó cuando, de pronto, su refugio comenzó a moverse como por efecto de un fuerte golpe cambió levemente de posición.

De inmediato extendió un tentáculo para explorar el exterior del aparato. En el extremo del mismo modeló un ojo pero, al comprobar que la oscuridad seguía siendo intensa, volvió a limitarse estrictamente a la exploración táctil. Percibió una sugestivas vibraciones que parecían producidas por una piel muy gruesa que rozara el metal del case Bruscamente, sintió el contacto de un ser vivo. Si duda éste poseía un sistema sensorial, ya que rápidamente atrapó el apéndice que le ocupaba, con una boca que parecía sorprendentemente bien provista de dientes aserrados.

El Cazador reaccionó como de costumbre, es decir, provocó el relajamiento de la porción de su cuerpo que se hallaba en contacto con esos de agradables bordes, la que adquirió una consistencia semilíquida, y al mismo tiempo desplazó cierta cantidad de materia corporal a través del miembro que se hallaba en poder de la extraña criatura. Se caracterizaba por tener decisiones muy rápidas, y ante el tamaño del intruso se vió obligado a realizar un acto temerario. Abandonó el espacio que ocupaba entre los restos de la nave y dirigió sus cuatro libras de masa gelatinosa contra lo que suponía iba a constituir un ambiente más adecuado para él.

El tiburón —un pez martillo de ocho pies de longitud— debió haberse sorprendido y seguramente se encontraba irritado pero, como todos sus compañeros de especie, carecía de inteligencia como para asustarse. Sus horribles mandíbulas mordisqueaban hambrientas lo que al principio le pareció una apetitosa carne sólida y que pronto sintió escurrírsele como si fuera agua. El Cazador no intentó evitar las dentelladas, pues los daños de esta naturaleza no lo aterrorizaban; sin embargo, resistió empeñosamente los esfuerzos del pez para tragar la porción de su cuerpo que ya se encontraba en su boca, pues no quería exponerse a la acción de los jugos gástricos, ya que no poseía piel para soportar, aunque fuera momentáneamente, sus efectos.

Como los movimientos del tiburón se volvían cada vez más abiertamente peligrosos, envió seudópodos para explorar aquella horrible forma cubierta por una áspera piel y en seguida descubrió las cinco aberturas de las branquias colocadas a cada lado de su cuello. Era suficiente. No siguió investigando; se movió con pericia y precisión, frutos de una larga experiencia.

El Cazador era un metazoario —un ser multicelular, como un pájaro o un hombre— a pesar de su aparente falta de estructura. Las células individuales de su cuerpo, sin embargo, eran mucho más pequeñas que en la mayoría de los seres terrestres, si se compara su tamaño con las grandes moléculas de proteína. Era capaz de construir con sus propios tejidos un miembro completo, con músculos y nervios sensoriales, de estructura tan fina que pudiera introducirse a través de los capilares de otro ser, sin interferir seriamente su sistema circulatorio. En consecuencia, le resultaba sencillo infiltrarse dentro del cuerpo relativamente grande del tiburón.

Evitando, por el momento, los nervios y los canales sanguíneos, se introdujo entre las vísceras y los intersticios musculares que pudo localizar. El tiburón se tranquilizó inmediatamente cuando esa cosa que se hallaba en su boca y en su cuerpo dejó de enviar mensajes sensoriales a su diminuto cerebro; su memoria, para el caso, era nula. Una feliz penetración en el cuerpo elegido significaba, para el Cazador, sólo el comienzo de un período de complicada actividad.

Lo primero y más importante era el oxígeno. Había, en las células superficiales de su cuerpo, una cantidad suficiente del precioso elemento que le alcanzaría al menos para unos minutos de vida, pero siempre podría obtenerlo del cuerpo de otro ser que también consumiera oxígeno; y el Cazador envió rápidamente unos apéndices ultramicroscópicos que, al ubicarse entre las células constituyentes de las paredes de los vasos sanguíneos, comenzaron a despojar a las arterias de su preciosa carga. Necesitaba muy poco. En su planeta de origen había vivido de esta manera durante años, dentro del cuerpo de un inteligente consumidor de oxígeno con el conocimiento y aprobación de éste. Fué más que generoso a cambio de la manutención que recibía.

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