Ursula Le Guin - La rueda del cielo

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La premonición de los sueños se convierte en realidad. En un futuro esta posibilidad se convierte en una facultad de los seres humanos. George Orr es el primero en disponer de la misma. Su caso pasa a ser tratado por un psiquiatra quien trastornado mentalmente lo induce a soñar nuevas realidades que llevarían a un mundo feliz sin superpoblación, sin guerras y sin paz. Sueño a sueño esas inducciones se van transformando en realidades catastróficas.
Una novela magistral de la ganadora de los premios Nébula y Hugo, que la muestra nuevamente como uno de los autores mas importantes de la actualidad en el campo de la ciencia ficción.

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Obedientes, las pequeñas líneas nerviosas de la pantalla empezaron a cambiar. Se tornaron más fuertes y más lentas; pronto empezaron a aparecer las agujas del dormir de la etapa 2, y un asomo del largo, profundo ritmo delta de la etapa 4. Y tan pronto como cambiaron los ritmos del cerebro, lo mismo hizo la pesada materia habitada por esa danzarina energía: las manos estaban flojas sobre el pecho, que respiraba lentamente, y el rostro se veía lejano y quieto.

La Ampliadora había tomado un registro de los caracteres del cerebro en vela; ahora registraba y analizaba los caracteres del dormir s; pronto empezaría a recoger el comienzo de los caracteres del dormir d del paciente, y podría, aun dentro de este primer sueño, transmitirlos de nuevo al cerebro durmiente, ampliando sus propias emisiones. En realidad, podía estar haciéndolo ya. Haber había previsto una espera, pero la sugerencia hipnótica, más la larga privación parcial de sueños del paciente, lo llevaban a éste de inmediato al estado d: tan pronto como llegó a la etapa 2, inició el nuevo ascenso. Las líneas oscilantes de la pantalla se sacudieron acá y allá; temblaron una vez más; empezaron a acelerarse y a danzar, tomando un ritmo rápido y no sincronizado. Ahora el puente estaba activo, y el trazo del hipocampo mostró un ciclo de cinco segundos, el ritmo theta, que no se había mostrado claramente en este sujeto. Los dedos se movieron un poco; se agitaron los ojos bajo los párpados, observando; los labios se separaron para respirar profundamente. El sujeto soñaba.

Eran las 5:06.

A las 5:11 Haber oprimió el botón negro, que tenía la leyenda NO, de la Ampliadora. A las 5:12, al advertir que reaparecían las muescas y las agujas del dormir s, se inclinó sobre el paciente y pronunció su nombre claramente tres veces.

Orr suspiró, movió su brazo en un gesto amplio y suelto, abrió los ojos y se despertó. Haber retiró los electrodos de su cuero cabelludo con unos pocos movimientos hábiles.

—¿Se diente bien —preguntó, con voz afable y segura.

—Muy bien.

—Y soñó. Eso se lo puedo asegurar. ¿Puede contarme el sueño?

—Un caballo —dijo Orr con voz ronca, aún aturdido por el sueño; se sentó—. Era sobre un caballo. Aquel —y tendió la mano hacia el mural que decoraba el consultorio de Haber, una fotografía del gran semental de carrera Tammany Hall, que corría en una dehesa.

—¿Qué fue lo que soñó? —preguntó Haber, complacido. No había estado seguro de que la hipnosugerencia funcionara sobre el contenido de un sueño en una primera hipnosis.

—Era… Yo estaba caminando por ese campo, y el caballo estuvo a la distancia por un rato. Luego se acercó a mí al galope, y en seguida me di cuenta de que me iba a arrollar. Pero no tuve miedo. Tal vez pensé que podría tomarlo de las bridas, o saltar y montarlo. Sabía que en realidad no podía hacerme daño porque era el caballo de su cuadro, no un caballo real. Fue todo una especie de juego… Doctor Haber, ¿hay algo en ese cuadro que le parezca… extraño?

—Bueno, alguna gente piensa que es demasiado espectacular para el consultorio de un psiquiatra, un tanto abrumante. ¡Un símbolo sexual de tamaño real justo frente al diván! —rió.

—¿Estaba allí hace una hora? Quiero decir, ¿no había una vista del monte Hood, cuando llegué, antes de que soñara con el caballo?

Oh Dios, había estado el monte Hood, el hombre tenía razón.

No había estado el monte Hood, no pudo haber estado el monte Hood, era un caballo, era un caballo.

Había habido una montaña.

Un caballo, era un caballo, era…

Había fijado la vista en George Orr, lo miraba anonadado; debían haber pasado varios segundos desde la pregunta de Orr, éste no debía descubrirlo, él debía inspirar confianza, debía conocer las respuestas.

—George, ¿usted recuerda ese cuadro como una fotografía del monte Hood?

—Sí —replicó Orr en un tono tristón pero firme—. Lo recuerdo. Era el monte Hood. Había nieve.

—Mm… —Haber movió la cabeza en actitud comprensiva, reflexionando. El horrible frío en la base del estómago había desaparecido.

—¿Usted no lo recuerda?

Los ojos del hombre, tan esquivos en su color y a la vez tan claros y directos en su mirada: eran los ojos de un psicótico.

—No. me temo que no. Es Tammany Hall, el triple vencedor de 1989. Extraño las carreras, es una vergüenza la manera en que las especies menores son eliminadas por nuestros problemas alimenticios. Por supuesto, un caballo es el anacronismo perfecto, paro me gusta el cuadro; tiene vigor, fuerza… un desarrollo total, en términos animales. Es una especie de ideal de lo que un psiquiatra se esfuerza por conseguir en términos psicológicos humanos, un símbolo. Es la fuente de mi sugerencia para el contenido de su sueño, por supuesto, lo había estado mirando… —Haber miró de costado al mural, por supuesto que era un caballo—. Pero escuche, si desea una tercera opinión, llamaré a la señorita Crouch; ha estado trabajando aquí por dos años.

—Ella dirá que siempre fue un caballo —dijo Orr con calma pero apesadumbrado—. Siempre lo fue. Desde mi sueño. Siempre ha estado. Pensé que tal vez, como usted me sugirió el sueño, usted tendría memoria doble, como yo. Pero supongo que no —sus ojos, ahora dirigidos a Haber, lo miraban a éste con claridad, con paciencia, con un calmo y desesperado pedido de ayuda.

El hombre estaba enfermo; había que curarlo.

—Me gustaría que vuelva, George, y mañana mismo si es posible.

—Bien, yo trabajo…

—Salga una hora antes, y venga a las cuatro. Está en TTV. Dígaselo a su jefe, y no tenga ninguna vergüenza. Tarde o temprano el 82 por ciento de la población recibe TTV, para no hablar del 31 por ciento que recibe TTO. Venga a las cuatro y trabajaremos. Vamos a solucionar esto de alguna manera, usted sabe. Aquí tiene una receta para meprobramato: hará que sus sueños sean suaves, sin suprimir el estado por completo. Puede reponerlo cada tres días. Si tiene un sueño, o cualquier otra experiencia que lo asuste, llámeme, de día o de noche. Pero dudo que le ocurra nada, si usa el medicamento; si está dispuesto a trabajar fuerte en esto conmigo, no necesitará drogas por mucho más tiempo. Se liberará de este problema de los sueños. ¿De acuerdo?

Orr tomó la receta, que era una tarjeta IBM.

—Sería un alivio —dijo; sonrió, con una sonrisa insegura, poco feliz, pero no triste—. Algo más acerca del caballo —dijo, y Haber, una cabeza más alto, bajó su mirada hacia él—: se parece a usted.

Haber miró rápidamente hacia el mural. Era cierto. Grande, saludable, piloso, rojizo, corriendo a todo galope…

—¿Tal vez el caballo de su sueño se parecía a mí? —preguntó, astutamente afable.

—Sí —dijo el paciente.

Cuando el hombre se marchó, Haber se sentó y miró molesto la fotografía mural de Tammany Hall. En realidad, era demasiado grande para el consultorio. ¡Maldito sea, ojalá pudiera tener un consultorio con una ventana y una vista!

3

Al que el cielo ayuda se le llama hijo del Cielo. Los que se aplican a aprender quieren aprender lo que no se puede aprender. Los que se empeñan en hacer cosas, pretenden hacer lo que no es factible. Los que se ponen a inquirir o distinguir quieren inquirir o distinguir lo que no es posible inquirir o distinguir. Lo más alto y perfecto es detenerse allí donde ya no es posible saber más. Al que no se conduce así, la rueda del Cielo le desbaratará.

Chuang-tzu, XXIII

George Orr salió de su trabajo a las 3.30 y caminó hacia la estación del subterráneo; no tenía auto. Con el ahorro pudo haber tenido un VW Steamer, y también habría podido afrontar los impuestos correspondientes, ¿pero para qué? El centro estaba cerrado a los automóviles, y él vivía en el centro. Allá por la década de 1980 había aprendido a conducir, pero nunca había tenido un coche propio. Tomó el subterráneo de Vancouver en dirección a Portland. Los trenes ya estaban repletos; Orr estaba parado en un lugar donde no podía alcanzar ningún agarradero, soportado únicamente por la presión compensadora de los cuerpos en todos los lados, ocasionalmente levantado en vilo y transportado cuando la fuerza del apiñamiento (c) excedía la fuerza de la gravedad (g). Un hombre que estaba junto a él no había conseguido bajar los brazos y estaba parado con el rostro hundido en la sección deportiva del periódico. El titular “GRAN GOLPE A-1 CERCA DE LA FRONTERA AFGANA”, y el subtítulo, “Amenaza de intervención afgana”, miraron cara a cara a Orr por seis paradas. El portador del diario consiguió salir del tren y fue reemplazado por un par de tomates sobre una bandeja de plástico verde, debajo de la cual estaba una anciana con un abrigo de plástico verde, quien se paró sobre el pie izquierdo de Orr por tres paradas más. Con gran esfuerzo pudo descender en la parada East Broadway, y con dificultad caminó cuatro cuadras entre la multitud que salía de los trabajos hasta Willamette East Tower, un enorme obelisco de hormigón y cristal, ostentoso, que poseía la obstinación de los vegetales por competir con la jungla de altos edificios que lo rodeaban para conseguir luz y aire. Muy poco aire y luz llegaba al nivel de la calle; el poco aire que había estado caldeado y embebido en una fina lluvia. La lluvia era una antigua tradición de Portland, pero el calor —22 °C el segundo día de marzo— era moderno, el resultado de la contaminación del aire. Los efluvios urbanos e industriales no habían sido controlados con rapidez suficiente como para anular las tendencias acumulativas que ya se advertían a mediados del siglo XX; llevaría varios siglos eliminar el CO 2del aire, si es que se lo podía eliminar. New York iba a ser una de las mayores victimas del Efecto Invernadero, ya que el hielo polar seguía derritiéndose y el mar aumentaba su nivel; en realidad, todo Boswash estaba en peligro. Había algunas compensaciones. La bahía de San Francisco estaba en crecida, y terminaría por cubrir los cientos de kilómetros cuadrados de relleno y de basura que habían vaciado en ella desde 1848. En cuanto a Portland, con ciento treinta kilómetros y la Cadena de la Costa entre su territorio y el mar, no estaba amenazada por la crecida de las aguas: sólo por el agua de las lluvias.

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