El barón esbozó una sonrisa posesiva.
—Serás feliz aquí, Dennis Nuel —prometió—. Con el tiempo, quizá pronto, si te portas bien, mejoraremos de nuevo tus aposentos. Luego tú y yo podremos hablar como caballeros una vez más. Me interesaría saber cómo persuadió tu gente a sus recalcitrantes L´Toff a volverse sumisos. Tal vez la princesa Linnora pueda ser un campo de pruebas.
Sonrió, luego se dio la vuelta y se marchó. La puerta se cerró, dejando a Dennis a solas con un único guardia. Durante un buen rato imperó el silencio; sólo se oían los gritos lejanos de las tropas haciendo la instrucción.
El terrestre se sentó en su jergón. Casi podía imaginarlo cambiar imperceptiblemente mientras yacía sobre él, minuto a minuto, hasta convertirse en una cama cada vez mejor.
Lógicamente, sus opciones seguían siendo las mismas, sólo las había aplazado un poco. Tras suministrar maravillas a Kremer durante un año o dos, estaba seguro de que se ganaría la confianza y la gratitud del hombre, sobre todo si le inventaba la pólvora, asegurándole la conquista de toda Coylia.
Dennis sacudió la cabeza, decidido. No había pensado demasiado en ello antes, pero había pocos criminales peores en cualquier mundo que el inventor que entrega a un tirano, a sabiendas y sin importarle, las armas de la opresión. Pasara lo que pasase, no iba a entregarle a Kremer la pólvora, ni la rueda, ni el secreto de fundir metales, ni ninguna otra cosa que pudiera utilizar para hacer la guerra.
¿Qué opciones le quedaban, pues?
Sólo escapar. Tenía que salir otra vez de allí de algún modo.
Tenazas de acero al rojo vivo sobre sus pulgares. Un humo hediondo alzándose allí donde la carne se chamuscaba convirtiéndose en negra ceniza retorcida.
Dennis gimió. Sintió una bofetada húmeda en la cara y abrió los ojos, respirando con dificultad.
Arth lo miraba, preocupado.
—Estabas soñando, Denniz. Debía de ser una pesadilla. ¿Ya estás bien?
Dennis asintió. Había echado una cabezada cerca de la zona de trabajo después de la cena. Ya estaba oscuro a la sombra del castillo.
—Sí —murmuró—. Estoy bien.
Se levantó y se secó la cara con una toalla. Todavía seguía tembloroso a causa del sueño.
—Acabo de regresar del patio de la cárcel —le informó Arth—. Dije que quería ir allí y escoger personalmente a la gente que manejará la nueva destiladora.
Dennis asintió.
—¿Has averiguado algo?
Arth negó con la cabeza.
—Nadie ha visto a Stivyung ni a Gath ni a Maggin ni a ninguno de mis muchachos, así que no parece que hayan sido capturados.
Dennis se alegró. Tal vez Stivyung acabara por reunirse con su esposa y su hijo. La noticia contribuyó a animarlo un poco.
—¿Cuál es el plan ahora? —le preguntó Arth, en voz muy baja para que los guardias no lo oyeran—. ¿Intentamos hacer otro globo? ¿O tienes algo más en mente, como esa sierra que puede cortar las paredes?
Después de la ejecución de su amigo, a Arth ya no le tentaba la vida dentro de los muros del castillo. Todo lo que quería era largarse de allí, ver de nuevo a su esposa y golpear al barón Kremer lo más fuerte posible. El ladrón miraba al terrestre; tenía en él completa confianza.
Dennis habría deseado compartir su opinión.
A medida que oscurecía, un pelotón de soldados subía al pedestal emplazado en el patio, donde de día se guardaba la pistola de agujas de Dennis. Cuando no la practicaban o la tenían guardada de noche, permanecía expuesta a la luz del sol, siempre rodeada por al menos seis guardias.
Dennis había hecho unos cuantos cálculos. Claramente, la pistola estaba alcanzando el límite teórico de capacidad de ese tipo de arma. No importaba cuán eficaz se volviera, sólo podía arrojar lascas de metal con la cantidad de energía que podía absorber a través de un recolector solar de cinco centímetros cuadrados.
Eso daba a Dennis un motivo más para salir de allí. Kremer había hablado de utilizar la pistola de agujas para derribar las murallas de las ciudades. Dennis no quería estar cerca cuando el barón descubriera que la pequeña y mortal arma no podría ser practicada hasta tan lejos.
Observó a los guardias retirar cuidadosamente la pistola de agujas de su pequeño solarium. No. El aparato estaba demasiado bien protegido. No iba a poder recuperar su arma y abrirse paso a tiros hasta la libertad. Tendría que encontrar otro medio.
Había considerado la idea de construir un carro con ruedas y practicarlo hasta convertirlo en un vehículo blindado. Teóricamente, debería ser posible. Pero eso podía durar meses o años, al paso que las cosas mejoraban normalmente allí. Dadas las circunstancias, no merecía la pena.
A medida que oscurecía, las cometas de vigilancia se posaban. El cuerpo de planeadores del barón ya se había retirado a pasar la noche.
Dennis pensó otra vez en los cobertizos de aquellos planeadores. Estaban poco protegidos. Hacía falta un largo entrenamiento para aprender a pilotar una de aquellas cosas con alas de mariposa, y el barón Kremer al parecer daba por sentado que controlaba el único cuerpo de pilotos cualificados del mundo.
Tenía razón. Dennis nunca había volado ni siquiera en un planeador de ala fija, y menos en una de aquellas cometas. Pero había tomado unas cuantas clases particulares de vuelo en aviones de un solo motor. Siempre había tenido la intención de volver y sacarse la licencia.
Los dos tipos de vuelo no podían ser tan diferentes, ¿no?
De todas formas, había visto montones de películas y hablado con pilotos de parapente sobre cómo se hacía. Y había hecho cursos sobre la física de la aerodinámica. Los principios parecían bastante sencillos.
—Has conseguido ya un medio para entrar y salir de tu habitación? —le preguntó a Arth.
—Por supuesto. —El pequeño ladrón arrugó la nariz—. Echan el cerrojo a la puerta, pero no se puede mantener a un tipo como yo en una habitación que no ha sido practicada como celda.
—Sobre todo con la ayuda de un poco de aceite deslizante.
Arth se encogió de hombros. Habían tenido cuidado de recoger el material cuando no había nadie mirando, así que no tenían demasiado. Sin embargo, sólo una pizca de aquel lubricante perfecto podía servir para mucho.
—Puedo desenvolverme por las partes más burdas del castillo bastante bien después de oscurecer. Lo más difícil son las murallas externas, donde hay perros y bestias olfateadoras, y luces y guardias por docenas. Podría meter la mitad del material en la sala de banquetes de Kremer si supiera que con él puedo escapar del castillo.
—¿Crees que podrías robar uno de ésos? —Dennis señaló con la barbilla el refugio donde antes habían visto cómo los pilotos plegaban cuidadosamente sus maquinas.
Arth miró a Dennis, nervioso.
—Mm, no sé. Esos planeadores son más bien grandes… —Se mordió el labio inferior—. Tu pregunta es sólo… uh, hipotética. —Pronunció con cuidado la palabra que Dennis le había enseñado—. ¿Verdad? No tiene nada que ver con lo idea de cómo escapar de aquí, no?
—Sí tiene que ver, Arth.
Arth se estremeció.
—Temía que dijeras eso. Denniz, ¿sabes cuántos hombres perdió Kremer antes de que aprendieran a manejar esas cosas? Todavía pierden casi la mitad de los pilotos nuevos. ¿Sabes pilotar uno?
Dennis necesitaba la ayuda de Arth. Para conseguirla, tendría que inspirarle fe.
—¿Tú qué crees? —preguntó confiado.
Arth sonrió nervioso.
—Sí, claro. Supongo que sólo un idiota intentaría volar en una de esas cosas, en la oscuridad, sin saber lo que hace. Lo siento, Denniz.
Читать дальше