David Brin - El efecto práctica

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“Cualquier tecnología suficientemente avanzada es vista como magia”. La frase, a menudo atribuida a Arthur C. Clarke, se hace realidad en esta amena y divertida novela de David Brin.
Dennis Nuel, profesor universitario de física, es transportado a un mundo alternativo donde el segundo principio de la termodinámica está invertido y los objetos mejoran con su uso en lugar de deteriorarse.
Inevitablemente, Dennis recibe en ese mundo dotado de una organización feudal la consideración de mago. Deberá intervenir en innumerables aventuras y participar en viajes sorprendentes donde encontrará a una rubia princesa y deberá enfrentarse a un inteligente señor de la guerra y a los habituales villanos envidiosos. Todo ello en un mundo dotado de tecnología de pacotilla.
Una idea brillante servida con una técnica narrativa que recuerda explícita y voluntariamente la ciencia ficción de los años cuarenta y cincuenta. Una viaje alucinante y alucinado por un mundo anómalo donde las leyes de la física son distintas.

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Sus planes se habían torcido antes de atravesar las puertas de la ciudad. Con todo, probablemente había adquirido un conocimiento más íntimo de las estructuras de poder locales de lo que habría conseguido como turista… y sin las típicas lacras del viajero boquiabierto: mendigos, timadores y asaltantes.

Arth y él almorzaron en una cafetería al aire libre que daba a un bullicioso mercadillo callejero. Dennis apuró su último bocado de filete de rickel con un ansioso trago de la oscura cerveza local. Después de un largo día practicando el globo, se le había abierto el apetito.

—Más —eructó, soltando la jarra de cerveza con un golpe sobre la mesa.

Su compañero se le quedó mirando un momento, luego chasqueó los dedos para llamar al camarero. Dennis era un poco más grande que el varón coyliano medio, pero su apetito lo estaba convirtiendo en una especie de sensación.

—Tómatelo con calma —sugirió Arth—. ¡Después de lo que he pagado por todo esto, no podré permitirme llevarte a un médico que te cure el estómago!

Dennis sonrió y cogió un burdo palillo de dientes de un vaso de la barra. Vio cómo un pesado trineo de carga pasaba ante el restaurante, casi silencioso sobre una de las carreteras autolubricantes, tirado por una paciente bestia.

—¿Han conseguido tus muchachos recoger más aceite deslizante? —le preguntó al ladrón.

Arth se encogió de hombros.

—No demasiado. Usamos a golfillos callejeros para recogerlo, pero los conductores les tiran piedras. Y los chicos malgastan un montón jugando al «cerdo engrasado». Por ahora sólo tenemos un cuarto de bote o así.

¡Sólo un cuarto de bote! ¡Eso era casi un litro del mejor lubricante que Dennis había visto en su vida! Desde luego, Arth no había actuado con aquella indiferencia cuando Dennis le demostró lo que podía hacer con el material. Casi se había vuelto loco de excitación.

Resultaría un producto comercial útil, por supuesto. También facilitaría enormemente los robos… hasta que los propietarios de las tiendas empezaran a practicar las puertas para que fuesen resistentes a la sustancia. El cargamento de papel de la noche anterior se había conseguido contando por completo con el use por sorpresa del aceite deslizante.

Dennis se preguntó por qué aquella gente nunca había descubierto la sustancia que hacía funcionar sus carreteras. ¿Se debía a la falta de curiosidad, o al hecho de actuar basándose en un conjunto de suposiciones completamente diferentes sobre el funcionamiento del universo?

Naturalmente, la historia mostraba que la mayoría de las culturas de la Tierra se había estructurado en castas, y había mejorado lentamente la forma de hacer las cosas a lo largo de siglos. En Tatir, donde la innovación era menos necesaria, la gente no había desarrollado una tradición innovadora hasta muy recientemente. La guerra entre el barón Kremer y el rey parecía haber contribuido a ese cambio.

Aquella mañana Arth y él habían alquilado un almacén. El creciente terror a la guerra había repercutido desfavorablemente en el comercio fluvial, y el casero estaba desesperado por conseguir un inquilino. Alguien tenía que ocupar el lugar y mantenerlo en forma hasta que los tiempos mejoraran. Las paredes mostraban ya grietas, y empezaban a parecer otra vez troncos de madera.

Arth era un regateador consumado. ¡El casero acabó pagando una pequeña suma para que se mudaran una temporada!

La noche anterior tuvo lugar el robo del fieltro. Los ladrones de Arth llegaron furtivamente al almacén llevando rollos de fino paño. Dama Aren y varias costureras ayudantes, todas de familias que habían sido despojadas de su clase por el padre del barón Kremer, se pusieron inmediatamente a trabajar. Y el joven Gath estaba en aquel mismo momento construyendo la barquilla para el globo grande. El joven estaba entusiasmado por la posibilidad de crear algo nuevo, algo que sería útil incluso antes de su primera práctica.

Arth pagó la cuenta, rezongando por el importe.

—¿Y ahora qué? —preguntó.

Dennis hizo un gesto que lo abarcaba todo con las manos.

—¿Qué más? ¡Muéstramelo todo!

Arth suspiró, resignado.

Su primera parada fue en el bazar de los mercaderes y practicadores.

A diferencia de otros mercados al aire libre donde se vendían artículos para practicar por cuenta del cliente, en aquella plaza se ofrecían materiales de buena calidad. Los edificios en forma de zigurat eran brillantes y de buen gusto. Sus plantas bajas, abiertas a la calle, estaban sostenidas por columnas arqueadas y estriadas. Hombres y mujeres bien vestidos pregonaban mercancías colocadas en largas mesas ante las aberturas.

Dennis examinó navajas y cinceles afilados, sogas de una resistencia y una ligereza extraordinarias, así como arcos y flechas practicados centenares de veces contra blancos y que en la Tierra se habrían vendido a un precio muy elevado.

No había ni rastro de tornillos o clavos, y apenas metal alguno. Por ninguna parte había nada parecido a una rueda.

En un extremo estaban los artículos más baratos: hachas burdas, armaduras de tiras de cuero curtido cosidas. Bajo cada mesa estaba el sello de la cofradía creadora adecuada: un signo de que el «comenzador» estaba aprobado por la ley.

Dennis se sobresaltó al oír unos golpes. Dos hombres con aspecto de lacayos caminaban por el parapeto del segundo piso, golpeando las paredes con unos bastones.

—Mejoran los bastones con los golpes y las paredes para repeler a los ladrones —explicó Arth. Le hizo un guiño a Dennis—. Gente como nosotros.

Allí los robos solían producirse atravesando las paredes de una casa cuando el inquilino estaba fuera. A veces la gente olvidaba que vivir en una casa la practicaba bien para que se mantuviera en pie y resguardarla de la lluvia, pero poco más.

Estaba claro que los propietarios de aquel edificio no lo habían olvidado.

La plaza se encontraba repleta de aristócratas de la parte alta de la ciudad y de mansiones situadas fuera de las murallas de Zuslik. Iban acompañados por sus siervos.

Amo y lacayo a menudo vestían de forma idéntica, y habitualmente eran de la misma talla e igual constitución. Sólo podían distinguirse por los imperiosos modales de los nobles, sus peinados y los trocitos de joyas de metal que llevaban.

En la Tierra, los ricos hacían ostentación de su posición social adquiriendo grandes cantidades de propiedades que apenas eran utilizadas. En Tatir, esas propiedades se deteriorarían rápidamente hasta su burdo estado original. Así que, para mantener su apariencia, hacían falta sirvientes que no sólo se encargaran de las tareas de la casa, el cuidado de los jardines y otros trabajos, sino que mantuvieran también las propiedades de sus amos practicadas por ellos.

Dennis percibió algunas de las implicaciones sociales de aquello.

Cuando estaban tan ocupados llevando las ropas de sus amos, los criados no tenían tiempo de practicar las suyas. Podían ir muy elegantes todo el tiempo, pero los finos tejidos no eran suyos. ¡Si dejaban a sus patronos, no tendrían nada propio!

Naturalmente, sería un símbolo de distinción entre los ricos no ser vistos nunca llevando o usando nada que necesitara realmente ser practicado.

Además de la comida y la tierra, el metal y el papel, el principal valor era la dedicación humana. Incluso cuando estaba agotado por un duro día de trabajo en los campos, el tiempo de un siervo no era suyo propio. Al relajarse practicaba la silla de su amo; al comer, practicaba la vajilla de repuesto de su ama. ¡No podía ahorrar para comprar su libertad, porque cualquier cosa ahorrada tenía que ser mantenida, o se enfrentaría al deterioro!

¡No era de extrañar que se estuvieran cociendo problemas en el este! La combinación de gremios, iglesias y aristocracia aseguraba que el cambio fuera difícil, si no imposible.

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