David Brin - El efecto práctica

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“Cualquier tecnología suficientemente avanzada es vista como magia”. La frase, a menudo atribuida a Arthur C. Clarke, se hace realidad en esta amena y divertida novela de David Brin.
Dennis Nuel, profesor universitario de física, es transportado a un mundo alternativo donde el segundo principio de la termodinámica está invertido y los objetos mejoran con su uso en lugar de deteriorarse.
Inevitablemente, Dennis recibe en ese mundo dotado de una organización feudal la consideración de mago. Deberá intervenir en innumerables aventuras y participar en viajes sorprendentes donde encontrará a una rubia princesa y deberá enfrentarse a un inteligente señor de la guerra y a los habituales villanos envidiosos. Todo ello en un mundo dotado de tecnología de pacotilla.
Una idea brillante servida con una técnica narrativa que recuerda explícita y voluntariamente la ciencia ficción de los años cuarenta y cincuenta. Una viaje alucinante y alucinado por un mundo anómalo donde las leyes de la física son distintas.

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Llamaron suavemente a la puerta. Los hombres se tensaron hasta que oyeron repetirse la llamada cinco veces, luego dos, según lo previsto.

Perth fue a descorrer el cerrojo, y entró una anciana ataviada con un vestido muy elegante. Soltó un gran saco mientras los hombres se levantaban y la saludaban cortésmente.

—Señores —dijo la vieja dama, a hizo una reverencia—. El tapiz global que pedisteis está terminado. Como solicitasteis, he bordado solamente leves contornos de nubes y aves en los lados. Podéis practicar la escena a la perfección por vuestra cuenta. Si este pequeño globo os satisface, comenzaré la versión más grande en cuanto me traigáis los materiales.

Arth recogió el paño de frágiles sábanas de terciopelo y fingió inspeccionarlo brevemente. Luego se lo tendió a Dennis, que lo cogió ansiosamente. Arth hizo una inclinación de cabeza a Dama Aren.

—Su excelencia es muy amable —dijo; su forma de hablar se volvió de pronto casi aristocrática—. No ensuciaremos vuestras manos con dinero de papel o ámbar. Pero nuestra gratitud no podrá negarse. ¿Podremos contribuir al mantenimiento de vuestra mansión, como hemos hecho en el pasado?

La anciana hizo una mueca de fingido disgusto.

—No sería indecoroso si así se acordara.

Al día siguiente, una cesta de comida aparecería ante su puerta, como por arte de magia. Se mantendrían las apariencias.

Dennis no fue testigo de la transacción. Estaba maravillado con el «tapiz global».

Los coylianos poseían unas cuantas tecnologías respetables. Había ciertas cosas que tenían que ser utilizables desde el día en que eran «creadas» y no podían ser practicadas sin que se estropearan. El papel, por ejemplo. Un trozo de papel podía tener que esperar en un cajón durante semanas o meses hasta que fuera necesario para escribir una nota o una carta. Entonces necesitaba todas sus cualidades como papel para ser utilizado instantáneamente. Una vez escrito, podía permanecer guardado durante años sin que fuese necesario consultarlo. No se degradaría, como sucedía con las cosas abandonadas cuyas cualidades existían puramente a fuerza de práctica.

No era extraño que allí utilizaran papel moneda y nadie se quejara. El material tenía un valor intrínseco casi tan grande como el ámbar o el metal.

La fabricación de papel y la de fieltro iban unidas. Dennis había pedido a los ladrones que «adquirieran» una docena de metros cuadrados del mejor fieltro que pudieran encontrar. Si el experimento funcionaba, querrían continuar robando fieltro hasta acabar prácticamente con todo el suministro de la pequeña metrópoli.

A Dennis apenas le sorprendía sentirse tan poco culpable por formar parte de una banda. Todo era parte de su reacción general a ese mundo, comprendió con un leve toque de amargura. Los terrestres tuvieron que esforzarse y experimentar durante miles de años para llegar a un grado de comodidad que aquella gente conseguía casi sin pensar. Podía asumir fácilmente el hecho de coger de ellos lo que necesitaba.

En cualquier caso, el principal mercader de papel de Zuslik era amigo íntimo del barón. Su monopolio y la procedencia de su riqueza aseguraban que pocos en la parte baja de la ciudad sintieran lástima por él.

El «tapiz global» era una esfera cosida de tela tan liviana como el papel, abierta por un extremo. Sus lados estaban ligeramente bordados con nubes y aves. Las puntadas eran bastante irregulares, aunque era indudable que Dama Aren se consideraba una artista.

Con el tiempo, si ojos apreciativos practicaban lo suficiente, las figuras parecerían cobrar vida. Dennis comprendió que, como la ciencia, también el arte se beneficiaba del Efecto Práctica.

Dennis, Sigel y Gath esperaron mientras Dama Aren chismorreaba con Arth y Maggin. Sigel dirigió a Gath una dura mirada cuando el muchacho empezó a tamborilear con los dedos sobre la mesa. La espera se haría interminable. Y Arth no daba muestras de tener ninguna prisa por terminar. ¡El pequeño ladrón parecía estar pasándoselo bien!

Dennis se obligó a relajarse. Probablemente también él disfrutaría con un poco de chismorreo si acabara de regresar a casa después de un largo encarcelamiento. Descubrió que anhelaba saber qué había estado pasando en el Tecnológico Sahariano.

Se preguntó si Bernald Brady habría tenido suerte para ganarse el corazón de la hermosa Gabriella. Alzó su copa y brindó por la suerte de Brady en la aventura.

Finalmente, la vieja dama se marchó.

—Muy bien —dijo Dennis—, terminémoslo.

Extendió el globo sobre la mesa. Gath y Sigel cogieron varias velas de sebo y empezaron a frotarlas cuidadosamente contra el papel de fieltro, extendiendo una fina capa de cera. Mientras tanto, Dennis amarró cuidadosamente una pequeña góndola de cuerda y corteza al extremo abierto.

Para cuando fijó una vela a la diminuta cesta, los otros anunciaron que ya habían terminado. Arth, Perth y Maggin observaban, el asombro pintado en el rostro.

Dennis y Gath llevaron el artilugio a un rincón, donde habían preparado un burdo armazón de madera.

—Se llama globo —explicó Dennis, mientras tendía el tejido sobre el armazón.

—Eso ya nos lo has dicho —replicó Perth, con un cierto retintín—. Y dijiste que volaría. Una cosa creada que volaría… y bajo techo, donde no hay viento…

Obviamente, no se lo creía. De momento sólo había una forma de volar: construyendo, y practicando lentamente, una gran cometa sujeta a tierra.

Mucho tiempo antes, algún genio coyliano que odiaba mojarse había inventado un paraguas… ahora un artículo común que todos empleaban. Más tarde, después de que una tormenta imprevista hiciera que un paraguas se alzara con el viento, llevando a su propietario a un breve y peligroso paseo, alguien dió un segundo salto conceptual. Fue el nacimiento de las cometas en Tatir. Furiosas prácticas condujeron al desarrollo de alas con cabos que llevaban a los hombres por encima de la superficie, para mirar el terreno de debajo.

Esas cometas habían ayudado al padre del barón Kremer, un noble menor de las montañas, a derrotar al antiguo duque y obligar al rey de Coylia a otorgarle el dominio sobre la parte superior del valle del Fingal.

Sólo en los últimos años se había dado el paso hacia los auténticos planeadores… esta vez gracias al propio Kremer. Aunque otras fuerzas armadas ya tenían cometas, de momento él, y sólo él, poseía una auténtica fuerza aérea.

Era una importante ventaja táctica en su presente conflicto con la autoridad real.

Dennis se preguntaba por qué nadie más había desarrollado planeadores. Tal vez tuviese algo que ver con la imaginería personal de quien practicaba un objeto. Había que tener en mente una idea de lo que se quería. Tal vez nadie podía concebir una cometa sin cabo que no fuera fatal para su jinete, y por eso las cosas permanecieron sin cambios hasta que Kremer dió el salto.

Dennis colocó la vela directamente bajo la abertura al fondo del globo de prueba.

Sonrió con seguridad.

—Ya verás, Perth. Pero asegúrate de que esos cubos de agua estén a mano por si tenemos un accidente.

Actuaba con confianza, pero no las tenía todas consigo. En un relato de ciencia ficción que había leído siendo niño, un terrestre, como él, había sido transportado a otro mundo donde las leyes físicas también eran diferentes. ¡En el relato, la magia funcionaba, pero la pólvora y las cerillas del héroe fallaban!

Dennis sospechaba que el Efecto Práctica de Tatir simplemente complementaba la física que conocía, en vez de suplantarla. Desde luego, eso esperaba.

Un humo claro surgió de la vela y entró en el globo por el agujero del fondo.

Arth ofreció a Dennis y Stivyung sus mejores sillones y sacó unas cuantas sillas de palo y mimbre que «todavía necesitaban un montón de trabajo», según insistió. Dio a Dennis y Stivyung dos hermosas pipas y fumó felizmente con una formada por una rama hueca y una tusa de maíz, trabajándola lentamente hacia la perfección, o al menos evitando su declive hacia la falta de utilidad.

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