Harry Harrison - ¡Hagan sitio! ¡Hagan sitio!

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¡Hagan sitio! ¡Hagan sitio!: краткое содержание, описание и аннотация

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Lunes, 9 de agosto de 1999. El siglo está en sus postrimerías. Nueva York posee una población de 35 millones de seres humanos. Viven hacinados en las casas, en los cementerios de coches que en otro tiempo fueron aparcamientos, en los viejos barcos anclados a orillas del Hudson, en los depósitos militares cerrados hace tiempo... y algunos ni siquiera tienen un techo donde guarecerse y viven simplemente en las calles. El petróleo se ha agotado, los vegetales se están agotando, la carne es un artículo de súper lujo, la gente vive a base de galletas y sucedáneos extraídos del mar, el agua está racionada, y cualquier accidente puede romper este precario equilibrio. Y en Nueva York vive el policía Andrew Rusch, cuyo trabajo es investigar los crímenes que se producen diariamente en la ciudad, pero también cargar contra las muchedumbres que simplemente piden comida y agua.
Peor en ese miserable mundo, que puede ser el nuestro dentro de muy pocos años, en el que todo escasea excepto la necesidad, ni siquiera la policía tiene efectivos suficientes para llevar a cabo su trabajo.

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—Sí, señor —dijo Andy.

A su elección. Estaría aquí cuando saliera el sol.

La lluvia que había estado cayendo durante los últimos tres días se había convertido en nieve: grandes, lentos copos de nieve que caían silenciosamente a través de los charcos de luz ampliamente espaciados a lo largo de la Calle Veintitrés. Circulaba muy poca gente por las calles, aunque podían verse numerosas figuras arracimadas alrededor de las columnas que sostenían la autopista elevada. La mayoría de los otros que dormían en la calle habían buscado alguna clase de refugio contra el mal tiempo y, aunque eran invisibles, su masa numérica, junto con los otros habitantes de la ciudad, preñaba los edificios con una presencia casi tangible. Detrás de cada pared había centenares de personas, vistas ahora únicamente como formas oscuras en zaguanes o la repentina silueta contra una ventana. Andy inclinó la cabeza para que la nieve no azotara su rostro y apresuró el paso, empujado por la preocupación, hasta que tuvo que aminorarlo, jadeando, para recobrar el aliento.

Shirl no había querido que se marchara aquella mañana, pero Andy no tenía otra elección. Sol no estaba mejor —ni peor— que durante los últimos tres días. Andy le hubiera gustado quedarse con él, ayudar a Shirl, pero no podía elegir. Tenía que marcharse, estaba en servicio. Shirl no lo había comprendido y casi se habían peleado por ello, sin levantar la voz para que Sol no pudiera oírles. Andy creyó que podría regresar temprano, pero el servicio antidisturbios lo había impedido. Al menos podría estar unos minutos con ellos y ver si podía ayudar en algo. Sabía que para Shirl no resultaba fácil estar sola con el anciano enfermo, pero… ¿qué otra cosa se podía hacer?

La música y las risas enlatadas de la televisión resonaban a través de la mayoría de las puertas a lo largo del rellano, pero su propio apartamento permanecía silencioso. Se sintió invadido por una súbita y fría premonición. Abrió la puerta silenciosamente. El cuarto estaba a oscuras.

—¿Shirl? —susurró—. ¿Sol?

No obtuvo ninguna respuesta, y la calidad de aquel silencio llamó inmediatamente su atención. ¿Dónde esta la rápida y ronca respiración que había llenado el cuarto? Su linterna zumbó, y el rayo luminoso cruzó la habitación y avanzó hasta la cama, hasta el rostro pálido inmóvil de Sol. Parecía dormir tranquilamente, y tal vez dormía, pero Andy supo —antes incluso de que las puntas de sus dedos la tocaran— que la piel estaría fría y que Sol había muerto.

Oh, Dios!, pensó. Shirl estaba sola con él aquí, en la oscuridad, mientras él moría.

Súbitamente tuvo consciencia de los sollozos casi silenciosos, desgarradores, al otro lado del tabique.

VIII

—¡No quiero oír nada más! —gritó Billy, pero Peter siguió hablando como si Billy no estuviera allí, tendido junto a él, y no hubiera dicho nada.

—«…y vi un nuevo cielo y una nueva tierra: ya que el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido; y ya no existía ningún mar». Así está escrito en la Revelación, la verdad se encuentra allí si la buscamos. Una revelación para nosotros, una vislumbre del mañana…

—¡CALLESE!

No sirvió de nada, y la monótona voz continuó resonando contra el rumor del viento que soplaba alrededor del viejo automóvil y penetraba a través de las rendijas y agujeros. Billy tiró de una esquina de la raída manta para taparse la cabeza a fin de apagar el sonido, pero la diferencia era escasa y, por contra, apenas podía respirar. La deslizó debajo de su barbilla y contempló fijamente la gris oscuridad en el interior del vehículo, tratando de ignorar al hombre que estaba a su lado. Quitados los asientos, el sedán se había convertido en una habitación, no demasiado espaciosa. Dormían uno al lado del otro en el suelo, extrayendo el calor que podían del andrajoso montón de material aislante contra el fuego, relleno de los asientos y la arrugada tela de plástico que constituían su lecho. Se percibió un súbito olor a yodo y a humo cuando el viento sopló a través de la chimenea del tubo de escape y removió las cenizas en el portaequipajes, que utilizaban como estufa. La última briqueta de carbón marino había ardido allí una semana antes.

Billy había dormido no sabía cuanto tiempo, hasta que la mosconeante voz de Peter lo había despertado. Ahora tenía la seguridad de que el hombre estaba chiflado, hablando consigo mismo la mayor parte del tiempo. Billy se sintió oprimido por las paredes y la oscuridad, por la estrechez y las palabras desprovistas de significado que martilleaban sus oídos y llenaban el automóvil. Poniéndose de rodillas, hizo girar la manija, bajó el cristal de la ventanilla trasera un par de centímetros y aplicó su boca a la abertura, aspirando el aire frío del exterior. Algo rozó sus labios, humedeciéndolos. Inclinó la cabeza para mirar a través de la abertura y pudo ver las blancas formas de copos de nieve arrastrados por el viento.

—Voy a salir —dijo mientras cerraba la ventanilla, pero Peter no dio ninguna señal de haberlo oído—. Voy a salir. Esto apesta. —Cogió el poncho confeccionado con la tela de plástico arrancada del asiento delantero del Buick, pasó su cabeza a través de la abertura del centro y envolvió su cuerpo en él. Cuando abrió la portezuela trasera un remolino de nieve penetró en el vehículo—. Esto apesta, y usted apesta, y creo que está chiflado —saltó al suelo y cerró de golpe la portezuela tras él.

Cuando la nieve tocaba el suelo se fundía, pero se estaba amontonando sobre las redondeadas jorobas de los automóviles. Billy arrancó un puñado de la capota de su vehículo y se lo metió en la boca. Nada se movía en la oscuridad y, salvo el apagado susurro de la nieve al caer, la noche era silenciosa. Orientándose a través del bosque de automóviles amortajados de blanco, llegó a la Calle del Canal y giró al este hacia el río Hudson. La calle estaba extrañamente vacía, debía ser muy tarde, y el ocasional taxi a pedales que pasaba podía ser oído largo rato por el chirrido de sus ruedas. Se detuvo en el Bowery y contempló desde un zaguán el paso de un convoy de cinco remolques, con los hombres que los arrastraban doblados sobre sí mismos a causa del esfuerzo y una hilera de guardianes a ambos lados. Debía de ser algo valioso, pensó Billy, probablemente comida. Su estómago vacío gruñó dolorosamente ante aquel pensamiento, y Billy se lo apretó con las dos manos. Durante los dos últimos días no había comido absolutamente nada. Aquí había más nieve, pegada a una verja de hierro, y mientras pasaba junto a ella Billy arrancó un trozo, lo convirtió en una bola y se lo metió en la boca. Cuando llegó a la Calle Elizabeth cruzó al otro lado para consultar el reloj de muelles montado en la fachada del edificio del Centro de la Comunidad China. No pudo contener un suspiro de satisfacción. Eran poco más de las tres de la madrugada. Esto significaba que faltaban tres o cuatro horas para que se hiciera de día, tiempo más que suficiente para ir a la parte alta de la ciudad y regresar.

Mientras andaba, el frío no le molestaba demasiado, a pesar de que la nieve se fundía y penetraba en el interior de sus ropas. Pero había un largo trecho hasta la Calle Veintitrés, y él estaba muy cansado; no había comido mucho durante las últimas semanas. Se paró dos veces a descansar, pero el frío le mordía en cuanto dejaba de moverse, de modo que aquellos descansos fueron solamente de unos cuantos minutos. Cuanto más al norte se encontraba, más intenso se hacía su miedo.

¿Por qué no puedo venir aquí?, se preguntó a sí mismo, mirando desvalidamente a la oscuridad que le rodeaba. Los polizontes se habrían olvidado ya de él. Hacía demasiado tiempo, hacía —contó con los dedos— cuatro meses, haría cinco en diciembre. Los polizontes nunca seguían un caso más de un par de semanas, a menos de que alguien matara al alcalde, o robara un millón de dólares, o algo por el estilo. Mientras nadie le viera, estaría a salvo. Por dos veces, con anterioridad, se había encaminado hacia el norte, pero al llegar a las proximidades de la antigua vecindad no se había atrevido a seguir adelante. No llovía con la intensidad suficiente, o había demasiada gente en las calles, o… Pero esta noche las cosas eran distintas; la nieve alzaba una especie de pared a su alrededor —ahora parecía caer más espesa—, y nadie le vería. Llegaría al Columbia Victory , y bajaría al apartamento, y despertaría a los suyos. Eran su familia, se alegrarían de verle, no importaba lo que hubiera hecho, y él podría explicarles que se trataba de un lamentable error, que no era culpable de nada. ¡Y comida! Billy escupió a la oscuridad. Su familia recibía raciones para cuatro personas, y su madre siempre guardaba un pequeño remanente. Comería hasta hartarse. Harina de avena, tal vez incluso recién cocida y caliente. Ropa también, su madre debía conservar aún toda su ropa. Se pondría algunas prendas de abrigo y se llevaría las recias botas que habían pertenecido a su padre. No correría el menor peligro, nadie se enteraría de que había estado allí. Sólo pasaría unos minutos en el apartamento, media hora todo lo más, y luego se marcharía. Desde luego, valdría la pena.

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