—En la calle hace mucho frío —dijo—. E incluso aquí. Voy a encender el fuego y calentaré un poco de sopa al mismo tiempo.
—No más copos de carne, por favor —suplicó Sol, haciendo una mueca.
—No debería decir eso —le reprochó Shirl cariñosamente—. Es carne de verdad, lo que usted necesita precisamente.
— Lo que yo necesito ya no puedes conseguirlo. ¿Sabes lo que son esos copos de carne? Me he enterado hoy a través de la televisión, no porque deseara saberlo, pero no podía apagar ese maldito trasto. Son el fruto de uno de esos inefables programas dietéticos ideados por mentes calenturientas. En este caso procede de Florida. Granjas de caracoles… ¿qué te parece eso? En vez de criar gallinas, o pavos, crían caracoles gigantes del Africa Oriental, trescientos gramos de carne en cada cáscara. Pelados, cortados, deshidratados, irradiados, empaquetados y enviados a los ciudadanos hambrientos del helado Norte. Copos de carne. ¿Qué opinas de eso?
—No me parece tan horrible —dijo Shirl, removiendo los oscuros filamentos de carne, semejantes a astillas de madera, en la cacerola—. Recuerdo que vi una película en la televisión, en la que comían caracoles, creo que era en Francia. Se suponía que se trataba de algo muy exquisito.
—Para los franceses tal vez, pero no para mí… —Sol tuvo un acceso de tos que le dejó débil y pálido sobre la almohada, respirando rápidamente.
—¿Quiere un poco de agua? —preguntó Shirl.
—No… estoy bien. —Su enojo parecía haberse volatizado con la tos—. Siento causarte tantas molestias, querida, y que tengas que cuidarme y atender a todo. No estoy acostumbrado a guardar cama, ¿sabes? Toda la vida me he mantenido en forma gracias al ejercicio, ¿sabes?, y siempre he sabido cuidar de mí mismo, sin tener que pedirle nada a nadie. Pero hay algo que no podemos parar. —Inclinó tristemente la mirada hacia la cama—. El tiempo avanza de un modo inexorable. Los huesos se hacen quebradizos. Una caída y ya está, te envuelven en yeso hasta la barbilla.
—La sopa está a punto…
—Ahora no, no tengo hambre. Tal vez podrías encender el televisor… no, déjalo apagado. Ya he tenido suficiente. En el noticiario han dicho que es posible que el Proyecto de Ley de Emergencia sea aprobado después de sólo un par de meses de cháchara en el Congreso. Yo no lo creo. Hay demasiadas personas que no lo conocen o que viven al margen del problema que trata de resolver, de modo que no existe una verdadera presión sobre el Congreso para que decida de una vez. Tenemos todavía mujeres con diez hijos que se están muriendo de hambre y que creen que es algo diabólico reducir el número de miembros de las familias. Creo que la mayor parte de culpa puede ser atribuida a los católicos, ya que aún no están completamente convencidos de que el controlar los nacimientos es algo beneficioso.
—Sol, por favor, no sea anticatólico. La familia de mi madre…
—No soy antinada, y quiero a la familia de tu madre. ¿Soy antipuritano porque digo que la Madre Cotton fue una fanática cazadora de brujas que ayudó a achicharrar a numerosas ancianas? Eso dice la historia. Vuestra Iglesia ha luchado siempre públicamente contra determinadas medidas para controlar la natalidad. Eso también es historia. Los resultados, que demuestran que estaba equivocada, pueden verse más allá de esa ventana. Los católicos han impuesto sus creencias al resto de nosotros, y ahora pagamos todos las consecuencias.
—No hay que exagerar, Sol. La Iglesia no lucha realmente contra la idea del control de la natalidad, sino contra la manera de realizarlo. Siempre ha aprobado las técnicas basadas en el ritmo menstrual…
—No son suficientemente eficaces. Ni lo es la Píldora, no para todo el mundo. ¿Cuándo van a dar su aprobación al espiral? Esto es lo único que realmente funciona. Y, ¿sabes desde cuándo se sabe que es absolutamente seguro e inofensivo y todo lo demás? Nada menos que desde 1964, cuando los brillantes muchachos de John Hopkins eliminaron todos los problemas y efectos colaterales. Durante treinta y cinco años han tenido esa pequeña pieza de plástico que vale tal vez un par de centavos. Una vez insertada permanece en el interior de la vagina durante años enteros, no perjudica a ninguno de los procesos corporales, no se desprende, de hecho la mujer no se da cuenta de que está allí… pero mientras esté allí la mujer no quedará embarazada. Sácala, y la mujer puede volver a tener hijos, nada ha cambiado. Y lo más curioso es que nadie está seguro de cómo funciona. Es un misterio. Tal vez debería pronunciarse con una M mayúscula, Misterio, de manera que vuestra Iglesia pudiera aceptarla y decir que es la voluntad de Dios si la cosa va a funcionar o no.
—Sol… estás blasfemando.
—¿Yo? ¡Nunca! Pero tengo tanto derecho como mi prójimo a suponer lo que está pensando Dios. En realidad, esto no tiene nada que ver con El. Sólo trato de encontrar un pretexto para que Iglesia Católica acepte las cosa y conceda una tregua a la doliente raza humana.
—En la actualidad están estudiando el problema.
—¡Estupendo! Han empezado a estudiarlo tan sólo treinta y cinco años demasiado tarde. Sin embargo, todavía podría dar resultado, aunque lo dudo. Es la vieja cuestión de demasiado poco y demasiado tarde. El mundo se ha ido, no está yéndose, al infierno en una cesta, y todos nosotros lo hemos empujado hacia allí.
Shirl removió la sopa y miró a Sol sonriendo.
—¿No exagera usted un poco ? No creo que sea justo atribuir todos nuestros problemas al exceso de población.
—Para mí lo es, y perdona que me muestre tan terco en ese punto. El carbón que se suponía suficiente para varios siglos ha sido extraído todo porque había un número excesivo de personas que deseaban calentarse. Lo mismo que el petróleo: queda tan poco, que no pueden permitir que se queme, tiene que ser convertido en productos químicos, y plásticos, y todo eso. Y los ríos… ¿quién los ha contaminado? El agua… ¿quién se la ha bebido? El suelo… ¿quién lo ha hecho improductivo? Todo ha sido engullido, gastado, agotado. ¿Qué es lo que nos queda… nuestro único recurso natural? Montones de automóviles viejos, eso es todo. A cambio de los inmensos recursos que hemos derrochado sin tasa, sólo nos quedan un par de miles de millones de automóviles viejos que se están oxidando. En una época tuvimos el mundo entero en nuestras manos, pero nos lo comimos, y lo quemamos, y ahora ha desaparecido. En una época las praderas estaban llenas de búfalos, eso era lo que mis libros de texto decían cuando yo era niño, pero yo no llegué a verlos porque entonces ya habían sido convertidos en filetes y en alfombras que con el paso del tiempo se habían apolillado. ¿Crees que aquello causó alguna impresión en la raza humana? ¿O las ballenas, y las aves de paso, y las cigüeñas, o cualquiera del centenar de otras especies que hemos extinguido? En las décadas de los cincuenta y los sesenta se habló mucho de construir plantas atómicas para depurar el agua del mar, de modo que el desierto floreciera y todas aquellas pamplinas. Pero todo quedó en simples palabras. Nunca faltan personas sensatas que prevén el futuro, pero lo más probable es que sean tachadas de visionarias o de alarmistas. Se tarda al menos cinco años en construir una sola planta atómica, de modo que las que tenían que haber suministrado el agua y la electricidad que necesitamos ahora tendrían que haber sido construidas entonces . No lo fueron. La cosa no puede ser más sencilla.
—Usted hace que parezca sencilla, Sol, pero, ¿no es demasiado tarde para preocuparse por lo que la gente tenía que haber hecho hace cien años?
—Cuarenta, pero eso no tiene importancia.
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