Harry Harrison - ¡Hagan sitio! ¡Hagan sitio!

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¡Hagan sitio! ¡Hagan sitio!: краткое содержание, описание и аннотация

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Lunes, 9 de agosto de 1999. El siglo está en sus postrimerías. Nueva York posee una población de 35 millones de seres humanos. Viven hacinados en las casas, en los cementerios de coches que en otro tiempo fueron aparcamientos, en los viejos barcos anclados a orillas del Hudson, en los depósitos militares cerrados hace tiempo... y algunos ni siquiera tienen un techo donde guarecerse y viven simplemente en las calles. El petróleo se ha agotado, los vegetales se están agotando, la carne es un artículo de súper lujo, la gente vive a base de galletas y sucedáneos extraídos del mar, el agua está racionada, y cualquier accidente puede romper este precario equilibrio. Y en Nueva York vive el policía Andrew Rusch, cuyo trabajo es investigar los crímenes que se producen diariamente en la ciudad, pero también cargar contra las muchedumbres que simplemente piden comida y agua.
Peor en ese miserable mundo, que puede ser el nuestro dentro de muy pocos años, en el que todo escasea excepto la necesidad, ni siquiera la policía tiene efectivos suficientes para llevar a cabo su trabajo.

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V

Había una delgada costra de hielo sobre el agua, y crujió y se rompió cuando Billy empujó la lata a través de ella. Mientras trepaba por la escalerilla vio que otro oxidado peldaño de metal había quedado al descubierto. Habían sacado mucha agua del compartimiento, pero aún parecía estar lleno hasta la mitad.

—Hay un poco de hielo en la parte superior, pero no creo que pueda congelarse toda —le dijo a Peter mientras cerraba y atrancaba la puerta—. Todavía queda mucha agua ahí, mucha.

Media cuidadosamente el agua todos los días, y cerraba y atrancaba la puerta como si fuera la bóveda de un banco llena de dinero. ¿Por qué no? El agua valía tanto como el dinero. Mientras continuara escaseando, podían obtener buenos dólares por ella, todos los dólares que necesitaban para mantenerse calientes y comer bien.

—¿Qué opina de eso, Peter? —dijo, colgando la lata del garfio sobre la fogata de carbón marino—. ¿Se ha parado nunca a pensar que podemos comernos esta agua? ¿Sabe por qué? Porque podemos venderla y comprar comida con el dinero que nos den por ella, por eso.

Peter estaba sentado sobre sus talones, mirando fijamente más allá de la puerta, y no prestó ninguna atención hasta que Billy le llamó a gritos y repitió lo que había dicho. Peter sacudió tristemente la cabeza.

—«Cuyo Dios es su estómago, y cuya gloria está en su oprobio» —recitó—. Ya te he explicado, Billy, que estamos acercándonos al fin de todas las cosas materiales. Si las codicias, estás perdido…

—¿Acaso está perdido usted? Lleva unas topas compradas con ese agua y está comiendo con lo que nos dan por ella… ¿Qué tiene que decir a eso?

—Como simplemente para existir hasta el Día —respondió Peter solemnemente, mirando de soslayo a través de la puerta abierta al pálido sol de noviembre—. Nos estamos acercando, faltan sólo unas semanas, resulta difícil de creer. Pronto faltarán días. Es una bendición que llegue durante nuestras vidas.

Se puso en pie y salió de la camareta; Billy pudo oírle descendiendo hacia el suelo.

—El fin del mundo —murmuró Billy para sí mismo mientras removía gránulos de ener-G en el agua—. ¡Bah! Tonterías…

No era la primera vez que había pensado eso, pero solo para si mismo, nunca en voz alta al alcance del oído de Peter, Todo lo que el hombre decía sonaba a chifladura, pero podía ser cierto también. Peter podía demostrarlo con la Biblia y otros libros, ahora no tenía los libros, pero los había leído tantas veces que podía recitar largos párrafos de memoria. ¿Por qué no podía ser cierto? ¿Qué otro motivo podía existir para que el mundo fuera así? No siempre había sido así, las antiguas películas de la televisión lo demostraban, pero había cambiado mucho y con mucha rapidez. Tenía que existir un motivo, de modo que tal vez Peter estaba en lo cierto y el Día de Año Nuevo seria el Día del Juicio Final…

—Es una idea absurda —dijo en voz alta, pero al mismo tiempo se estremeció y acercó sus manos a la humeante fogata.

Las cosas no marchaban tan mal. El llevaba dos jerseys, una vieja americana con parches de cámara de automóvil en los codos, más caliente que todas las prendas que había llevado antes. Y comían bien; sorbió ruidosamente el caldo de ener-G de la cuchara. Comprar las cartillas de la Beneficencia había costado un montón de dólares, pero valía la pena, sí, valía la pena. Ahora tenían raciones de comida de la Beneficencia, e incluso raciones de agua, de modo que podían ahorrar su propia agua para tenderla. Y él había estado aspirando polvo de LSD al cienos una vez a la semana. El mundo tardaría mucho tiempo aún en llegar a su final. Al diablo con eso, el mundo era perfecto mientras uno mantuviera los ojos abiertos y supiera cuidar de sí mismo.

En el exterior se produjo un sonido tintineante, procedente de uno de los trozos de metal oxidado que colgaban de las desnudas costillas el barco. Cualquiera que intentara trepar hasta la camareta tenía que tropezar forzosamente con aquellos obstáculos, advirtiendo a los de arriba de su llegada. Desde el descubrimiento del agua, Peter y Billy sabían que su vivienda podía ser codiciada por otros. Billy cogió la palanca de acero y se acercó a la puerta.

—He preparado algo de comer, Peter —dijo, inclinándose sobre el borde.

Una cara barbuda y desconocida le miró desde abajo.

—¡Fuera de ahí! —gritó Billy. El hombre murmuró algo alrededor del afilado trozo de chapa de automóvil que sujetaba entre sus dientes, y luego se colgó de una mano y empuñó el arma con su mano libre.

—¡Bettyjo! —gritó con voz ronca, y Billy se ladeó mientras algo zumbaba junto a su oreja y se estrellaba en el mamparo metálico detrás de él.

Una mujer rechoncha con una inmensa maraña de cabellos rubios se encontraba entre las costillas del barco, debajo, y Billy esquivó el trozo de hormigón que la desconocida lanzó contra él.

—¡Vamos, Donald! —chilló la mujer—. ¡Sube por allí!

Un segundo, lo bastante sucio y peludo como para ser gemelo del primero, gateó sobre el oxidado metal y empezó a trepar por el otro lado del barco. Billy vio la trampa inmediatamente. Podía mantener a raya a cualquiera que intentara llegar hasta la faja de cubierta que había delante de la puerta… suponiendo que llegara solo. Pero no podía defender dos frentes al mismo tiempo. Mientras rechazaba a un asaltante, el otro treparía detrás de él.

—¡Peter! —gritó con toda la fuerza de sus pulmones—. ¡Peter!

Otro trozo de hormigón se hizo polvo detrás de él. Corrió hacia el borde y balanceó su palanca hacia el primer hombre, el cual se inclinó hacia abajo y dejó que la barra golpeara la viga encima de su cabeza. El ruido dio una idea a Billy, que saltó hacia atrás y aporreó con su palanca la pared metálica de la camareta hasta que el retumbante martilleo rodó a través del arsenal.

—¡Peter! —gritó una vez más, desesperadamente, y luego saltó hacia el otro extremo, donde el segundo hombre había apoyado un brazo encima del borde. El hombre lo apartó apresuradamente y se situó fuera del alcance del arma de Billy, mofándose de él desde abajo.

Cuando Billy se volvió de espaldas vio que el primer hombre tenía los dos brazos sobre el borde y se estaba izando a sí mismo. Gritando, más asustado que furioso, Billy corrió hacia él balanceando su palanca; rozó la cabeza del hombre y le golpeó en el hombro, arrancando la chapa de automóvil de su boca al mismo tiempo. El hombre lanzó un rugido de rabia, pero no cayó. Billy balanceó su arma para descargar otro golpe, pero se encontró cogido fuertemente desde atrás por el segundo hombre. No podía moverse —apenas respirar—, mientras el hombre situado ante él escupía trozos de dientes. La sangre se deslizó por su barba mientras completaba su ascensión y empezaba a golpear a Billy con puños de granito. Billy aulló de dolor, se retorció y pataleó, tratando de liberarse, pero no había manera de escapar. Los dos hombres, riendo ahora, le empujaron por encima del borde de la cubierta, dispuestos a enviarle hacia la destrucción sobre el dentado metal seis metros más abajo. Estaba colgado de sus manos mientras pisoteaban sus dedos, cuando los dos hombres saltaron súbitamente hacia atrás. Billy se dio cuenta entonces de que Peter había regresado y trepaba detrás de él, amenazando con su trozo de tubería a los dos barbudos. Aprovechando el momentáneo respiro, Billy se soltó del borde de la cubierta para agarrarse al esquelético costado del barco y propulsar su dolorido cuerpo hacia el suelo que aparecía imposiblemente lejos debajo de él. Los invasores habían ocupado el barco y tenían ahora todas las ventajas. Peter esquivó un golpe de la chapa de automóvil y se unió Billy en su retirada. Restallaron unos gritos, y Billy se dio cuenta de que la mujer estaba profiriendo maldiciones, y que lo había estado haciendo durante algún tiempo.

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