Harry Harrison - ¡Hagan sitio! ¡Hagan sitio!

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¡Hagan sitio! ¡Hagan sitio!: краткое содержание, описание и аннотация

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Lunes, 9 de agosto de 1999. El siglo está en sus postrimerías. Nueva York posee una población de 35 millones de seres humanos. Viven hacinados en las casas, en los cementerios de coches que en otro tiempo fueron aparcamientos, en los viejos barcos anclados a orillas del Hudson, en los depósitos militares cerrados hace tiempo... y algunos ni siquiera tienen un techo donde guarecerse y viven simplemente en las calles. El petróleo se ha agotado, los vegetales se están agotando, la carne es un artículo de súper lujo, la gente vive a base de galletas y sucedáneos extraídos del mar, el agua está racionada, y cualquier accidente puede romper este precario equilibrio. Y en Nueva York vive el policía Andrew Rusch, cuyo trabajo es investigar los crímenes que se producen diariamente en la ciudad, pero también cargar contra las muchedumbres que simplemente piden comida y agua.
Peor en ese miserable mundo, que puede ser el nuestro dentro de muy pocos años, en el que todo escasea excepto la necesidad, ni siquiera la policía tiene efectivos suficientes para llevar a cabo su trabajo.

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—Digo que suena a maravillosamente imposible e increíble. Nunca he estado tan lejos de la ciudad desde que era una niña, eso debe encontrarse a kilómetros y kilómetros de distancia. ¿Cuándo nos vamos?

—En cuanto hayamos desayunado. Ya he puesto la harina de avena a cocer… y podrías removerla un poco antes de que se pegue.

—Nada puede pegarse en un fuego de carbón marino. —Pero Shirl se dirigió hacia la estufa y cuidó de la cacerola como Andy había dicho. Andy no recordaba cuando la había visto tan sonriente y feliz como ahora; volvía a ser casi como en el verano.

—No hagas el tonto y cómete toda la harina de avena —dijo Shirl—. Ahora podré utilizar aquel aceite de maíz —sabía que lo estaba guardando para algo importante— y freír unos cuantos buñuelos de harina de avena para la merienda, también.

—Hazlos un poco salados, son más sabrosos, y allí podremos beber toda el agua que queramos.

Andy colocó la silla de Shirl de modo que se sentara de espaldas a la bicicleta sin ruedas de Sol; era preferible evitar que viera algo que podía recordarle lo que había ocurrido. Shirl estaba riendo ahora, hablando de sus planes para el día, y Andy no quería que su humor cambiara. Hoy iba a ser un día especial, los dos estaban seguros de ello.

Mientras empaquetaban la merienda alguien llamó a la puerta con un rápido repiquete, y Shirl frunció el ceño.

—¡El mensajero… lo sé! Hoy tendrás que ir a trabajar…

—No te preocupes por eso —sonrió Andy—. Grassy es incapaz de faltar a su palabra. Además, esa no es la llamada del mensajero. Si conozco algún sonido es su bam-bam-bam.

Shirl sonrió forzadamente y fue a abrir la puerta mientras Andy terminaba de empaquetar la merienda.

—¡Tab! —exclamó Shirl alegremente—. Eres la última persona del mundo… Pasa, me alegro mucho de verte. Es Tab Fielding —le dijo a Andy.

—Buenos días, señorita Shirl —dijo Tab estólidamente, quedándose en el rellano—. Lo siento, pero esto no es una visita de cumplido. Estoy cumpliendo con mi trabajo.

—¿Qué pasa? —preguntó Andy, acercándose a Shirl.

—Tienen que comprender que he de aceptar el trabajo que me ofrecen —dijo Tab, visiblemente a disgusto—. Estoy en una agencia de guardaespaldas desde el mes de setiembre; nos encargan las tareas más difíciles, no tenemos un sueldo regular, y nos vemos obligados a aceptar cualquier trabajo que nos ofrezcan. El hombre que rechaza un trabajo pasa automáticamente al último lugar de la lista. Y tengo una familia a mi cargo…

—¿Qué trata de decirnos? —preguntó Andy. Tenía consciencia de que había alguien en la oscuridad detrás de Tab, y otros sonidos tales como el de arrastrar de pies le revelaron que había más personas fuera de la vista en el rellano.

—No pierda el tiempo —dijo el hombre que estaba detrás de Tab, con una desagradable voz nasal. Permanecía detrás del guardaespaldas, donde no pudieran verle—. Tengo la ley de mi parte. Le he pagado a usted. ¡Enséñele la orden!

—Creo que ahora lo comprendo —dijo Andy—. Apártate de la puerta, Shirl. Entre, Tab, para que podamos hablar con usted.

Tab entró, y el hombre del rellano trató de seguirle.

—No puede entrar ahí sin mi… —chilló. Pero Andy le cerró la puerta en las narices.

—Preferiría que no hubiera hecho usted eso —dijo Tab. Llevaba puesta su nudillera de hierro con púas, con su puño apretado fuertemente alrededor de ella.

—Tranquilícese —dijo Andy—. Sólo deseaba hablar a solas con usted antes que nada, enterarme de lo que pasa. Ese individuo tiene una orden de ocupación, ¿no es cierto?

Tab asintió, sin levantar la dolorida mirada del suelo.

—¿De qué diablos estáis hablando? —preguntó Shirl, mirando alternativamente a los dos hombres con aire preocupado.

Andy no respondió, y Tab se volvió hacia ella.

—Una orden de ocupación es la que extiende un tribunal a cualquiera que pueda demostrar que necesita realmente un lugar para vivir. Habitualmente sólo se extiende a favor de familias numerosas que han tenido que marcharse de algún otro lugar por motivos ajenos a su voluntad. Con una orden de ocupación puede buscarse un apartamento o un cuarto desocupados, y la orden es a la vez una especie de autorización de registro, para comprobar si el apartamento o el cuarto en cuestión están realmente desocupados. Pueden haber problemas, ya que la gente no es partidaria de que un desconocido se presente a fisgonear en sus viviendas, de modo que el poseedor de una orden de ocupación contrata a un guardaespaldas. Ese es mi caso: el hombre que está en el rellano, llamado Belicher, me contrató.

—Pero, ¿por qué has venido aquí? —preguntó Shirl, si comprender aún.

—Porque ese Belicher es un vampiro, por eso —dijo Andy amargamente—. Revoletea en torno a la morgue en busca de cadáveres.

—Es una manera de verlo —replicó Tab, esforzándose en no mostrarse demasiado brusco—. También es un individuo con esposa e hijos y sin ningún lugar donde vivir. Esa es otra manera de verlo.

Alguien aporreó súbitamente la puerta, y detrás de ella pudo oírse la quejosa voz de Belicher. Shirl comprendió finalmente el significado de la presencia de Tab, y en su rostro se reflejó el asombro.

—Has venido aquí porque estás ayudando a esa gente —dijo—. Han descubierto que Sol ha muerto y quieren este cuarto.

Tab sólo pudo asentir en silencio.

—Todavía queda una solución —dijo Andy—. Si uno de los agentes de mi comisaría viviera aquí, esa gente no podría entrar.

Los golpes en la puerta arreciaron, y Tab retrocedió un par de pasos hacia la entrada.

—Si hubiera alguien aquí ahora, la cosa estaría medio resuelta. Y digo medio resuelta, porque Belicher podría apelar al tribunal alegando que tenía una familia numerosa, y le concederían la ocupación. Les ayudaría a ustedes con mucho gusto… pero recibo mi sueldo de Belicher y tengo que estar a sus órdenes.

—No abra esa puerta —dijo Andy en tono incisivo—. No, hasta que hayamos arreglado esto.

—Tengo que hacerlo, es mi deber —dijo Tab—. Se irguió y mostró su puño cerrado con la nudillera de hierro—. No trate de impedirlo, Andy. Es usted policía y conoce la ley acerca de esto.

—Tab, ¿es preciso que lo hagas? —preguntó Shirl en voz baja.

Tab se volvió hacia ella, con los ojos llenos de desconsuelo.

—En otro tiempo fuimos buenos amigos, señorita Shirl, y así es como voy a recordarla. Pero no creo que usted me recuerde como un amigo después de esto, porque tengo que cumplir con mi obligación. La ley les autoriza a entrar, y yo he de ayudarles a ejercer su derecho.

—Adelante… abra esa maldita puerta —dijo Andy amargamente, volviéndose de espaldas y acercándose a la ventana.

Los Belicher entraron. El señor Belicher era delgado, con una cabeza deforme, casi sin barbilla, y una inteligencia que no llegaba más allá de permitirle estampar su firma al pie de la solicitud a la Beneficencia. La señora Belicher era el sostén de la familia; de la fofa carne de su cuerpo habían salido los niños, en número de siete, para hinchar el Subsidio Familiar que les permitía sobrevivir. El número ocho, alojado en su vientre, la hacía aún más obesa; en realidad era el número once de los Belicher, dado que tres de los hermanos habían fallecido por falta de cuidados o por accidente. La muchacha mayor, que no podía tener más de doce años, llevaba en brazos a un bebé cubierto de pústulas que desprendían un hedor espantoso y que no cesaba de llorar. Los otros niños se gritaban ahora unos a otros, aliviados del silencio y de la tensión del oscuro rellano.

—¡Oh! Mira el refrigerador: es muy bonito —dijo la señora Belicher, acercándose y abriendo la puerta.

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