Larry Niven - El martillo de Lucifer

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El martillo de Lucifer: краткое содержание, описание и аннотация

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Cuando EL MARTILLO DE LUCIFER, el cometa gigante, chocó contra la Tierra, hizo pedazos la civilización. Los días felices habían terminado. Estaban viviendo el fin del mundo. Los terremotos eran tan fuertes que no podían medirse con la escala de Ritcher. Las olas marinas alcanzaban alturas incalculables. Las ciudades se convirtieron en océanos, y los océanos en nubes. Era el principio de la nueva Edad del Hielo. Y el final de los gobiernos, los planes, los hospitales y el derecho. Y sobre ellos, igual que otro martillo del demonio, la más terrible selección del hombre hecha por el hombre que jamás se había producido.

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—Pero hoy han vuelto. Tenían una gran balsa protegida con sacos de arena, y llevaban morteros. Permanecieron fuera del alcance de nuestras armas, y nos bombardearon. Uno de los proyectiles alcanzó una tubería de vapor, y la gente de Price lo pasó muy mal para repararla. Otro proyectil alcanzó a Jack Ross.

Tim observó que George Christopher perdía su sonrisa de triunfo.

—Jack estaba vivo cuando lo sacamos del bote y lo pusimos en la camioneta. Pero murió cuando llegamos aquí. Otro mortero estalló delante de mí. Cayó en los sacos de arena que habíamos colocado en lo alto de la torre de enfriamiento, donde teníamos la radio. Mató al chico que estaba a mi lado y destrozó la radio. Un trozo de metralla se me incrustó en el hueso de la cadera, y todavía sigue ahí.

»Siguieron con su táctica, permaneciendo fuera del alcance de nuestras armas. Los hombres de Price habían fabricado algunos cañones. Estaban hechos con tuberías, se cargaban por la boca y funcionaban con aire comprimido, pero no eran bastante precisos. No pudimos alcanzar la gabarra. Y los malditos morteros seguían lloviendo sobre nosotros. Baker salió con algunos hombres en botes. Tampoco dio resultado. Los de la Hermandad tenían ametralladoras y los botes no podían acercarse lo suficiente... Además, el enemigo estaba protegido con los sacos de arena. Finalmente, Baker volvió con los botes e hizo bajar a todo el mundo.

Por el rabillo del ojo Tim vio a Maureen en el umbral del despacho del alcalde. Estaba detrás de su padre, apoyando una mano en su hombro. Eileen estaba cerca de ella.

—Teníamos un bote de carreras que usábamos como remolcador, la Cindy Lu. Johnny dijo a Barry Price que había sido piloto de caza, y le habían enseñado que siempre había una forma de no fallar. Subió a la Cindy Lu y se lanzó a toda velocidad contra la gabarra. La cubrió de gasolina. En la cubierta llevaba gasolina extra y bombas de termita. Después la Hermandad vino con sus otros botes, pero entonces estaban a tiro y les hicimos algún daño. Finalmente se marcharon.

—Huyeron —dijo George Christopher—. Siempre huyen.

—No huyeron —dijo Tim—. Se retiraron. Había un tipo loco de pelo blanco de pie en uno de los botes. Disparamos una y otra vez, pero nunca le dimos. Les gritaba a los otros que nos mataran. Lo último que oí fueron sus palabras de arenga. Volverán.

Tim hizo una pausa para ver el efecto que habían causado sus palabras. No había sido suficiente. Había aguado la fiesta, pero todo lo que veía era resentimiento y pesar. Nada más.

—Mataron a catorce de los nuestros, contando a Jack. Nosotros alcanzamos a un número tres veces superior, y muchos de ellos morirán. Hay una enfermera y algunas medicinas, pero ningún médico. Necesitamos uno, y también otra radio. —Las expresiones de los oyentes seguían mostrando ira, pesar y resentimiento. Sabían qué iba a decir a continuación. Tim continuó tenazmente—: Lo que más necesitamos son refuerzos. No podemos resistir otro ataque como aquel. Tampoco creo que las bombas de gas sirvan de ayuda. Necesitamos armas. Las ametralladoras arrebatadas a la Nueva Hermandad nos irían bien. Pero lo más necesario son hombres, porque hay que utilizar a la mayor parte del personal de la central para que siga funcionando en caso de que haya un percance. Los hombres de Price son... —Buscó un momento la palabra apropiada—. Son magníficos. Vi a un tipo meterse entre una nube de vapor ardiente. Fue directamente a cerrar una válvula, para cortar el flujo de vapor. Todavía estaba vivo cuando me marché, pero no valía la pena traerle aquí.

«Otro trabajador de la central cortó cables eléctricos cargados con millares de voltios, mientras las bombas de mortero caían a su alrededor. Baker ha muerto. Ellos todavía están vivos. Y necesitan ayuda, necesitamos ayuda. Voy a volver allá.

No pudo mirar a Eileen al decir aquello.

Notó que había alguien a su espalda. Al Hardy había subido al podio. Se colocó al lado izquierdo del atril y permaneció allí, con la mano alzada, pidiendo atención.

Cuando habló, lo hizo con una voz de orador que resonó en la sala.

—Gracias, Tim —dijo—. Eres persuasivo. Naturalmente, quieres volver, pero la cuestión es, ¿tenemos algo que ganar? ¿Cuántas personas hay en la central nuclear? Porque tenemos botes, y ahora tenemos comida, y podemos llevarlos allí. No será difícil evacuar esa central, y estoy seguro de que tampoco será difícil encontrar voluntarios para el trabajo.

Harvey Randall, que volvía del hospital, entró a tiempo de escuchar el inicio del informe de Tim. Había entrado por la parte trasera, a través del despacho del alcalde, y vio que Maureen estaba allí. Cuando Tim habló de lo que le había ocurrido a Baker, él estaba allí, con su mano apoyada ligeramente en el brazo de Maureen. Esta no iba a desmayarse ni a gritar. Puede que hubiera llorado, pero ni siquiera eso era evidente. Y Harvey no quería que su presencia fuera demasiado notoria en aquellos momentos.

Maureen se lo tomaba mejor que Delanty. El astronauta negro parecía dispuesto a asesinar. Era lógico. Sus otros dos compañeros no estaban en la sala. Leonilla estaba operando al policía herido, ayudada por el Camarada.

Ahora llamaban Camarada al ruso. El brigadier Pieter Jakov era el último comunista, orgulloso de serlo, y así se evitaba la dificultad de su nombre.

El rostro del senador tenía un tinte ceniciento, y tenía las manos fuertemente apretadas sobre el regazo. Harvey pensó que se había estropeado uno de sus planes. Un príncipe estaba muerto y otro encantado por una bruja.

George Christopher no estaba solo. Marie le acompañaba. Marie era la única mujer en la sala que llevaba medidas y tacones, así como falda, suéter y unas joyas sencillas. Resultaba claro que formaban una pareja. Cada vez que alguien se acercaba demasiado a Marie o le hacía sugestivas insinuaciones con la mirada, el rostro de George se ensombrecía.

Tres príncipes. Uno muerto por los ogros, otro encantado por una bruja. El tercero estaba al lado de la princesa, y el enemigo había sido derrotado. La necesidad de luchar con otros hombres no había terminado, pero ya no era imperativa. Ahora la fortaleza necesitaba constructores, y aquello podría hacerlo Harvey Randall. Pensó que ahora era el príncipe coronado, un hijo de perra...

¡Pero Tim Hamner les estaba convocando a una nueva batalla!

Con la impresión todavía viva de su trabajo con la ballesta, Harvey deseaba con todas sus fuerzas que aquel hombre se callara. Cuando Al Hardy ofreció al personal de la central nuclear refugio en la fortaleza, Harvey quiso gritar de júbilo, y algunos lo hicieron, pero Rick Delanty seguía teniendo aquella expresión asesina, y Tim Hamner...

—No abandonaremos —dijo Tim—. ¡Usad los botes para llevar allí hombres, armas y municiones! No para huir. No vamos a abandonar.

—Sé razonable —le dijo Al Hardy; su voz llegó a todos los rincones de la sala, proyectando cordialidad, amistad, comprensión, las habilidades básicas de un político, y Al Hardy estaba bien entrenado. Tim se veía aventajado—. Podemos alimentarlos a todos, y los ingenieros y técnicos nos serán útiles. La Nueva Hermandad nos ha causado pérdidas humanas, pero no de alimentos. Incluso hemos capturado parte de sus reservas. ¡No sólo tenemos suficiente para comer, sino para estar bien alimentados durante todo el invierno! Podemos alimentar a todo el mundo, incluso a las mujeres y los niños de Deke Wilson y a los pocos supervivientes de su grupo. La Nueva Hermandad ha sido herida gravemente. —Hizo una pausa para recoger los aplausos y gritos de júbilo, y prosiguió cuando éstos cesaron, con un perfecto cronometraje—. Y ahora está demasiado débil para atacar de nuevo. Para la primavera, los pocos caníbales resultantes se estarán muriendo de hambre...

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