John Darnton - Ánima

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Nueva York: un chico de trece años yace en la cama de un hospital con el cerebro dañado a causa de un accidente. Dos científicos se hacen cargo de su destino. Ambos médicos alcanzarán juntos un resultado que superará todas las expectativas de la ciencia médica.

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El otro orador fue un monitor de los Cub Scout que dijo que Tyler lo había probado todo, piragüismo, tiro con arco, fotografía, pintura, esperando hasta estar preparado y luego lanzándose a fondo a disfrutar de ello. En béisbol había jugado de exterior izquierdo, cantando fragmentos de arias durante los tiempos muertos, lo que le valió el apodo de Fígaro. Por la noche, sentados alrededor del fuego, había hipnotizado a los otros chicos contándoles historias terroríficas que parecían surgir de una fecunda e insondable imaginación.

Luego Scott se levantó para hablar. Al principio su voz era débil pero, a medida que hablaba, fue cobrando fuerza. Explicó historias de Tyler cuando era pequeño y luego de cuando fue mayor, historia tras historia. Casi al final, todos los que estaban allí sintieron que había recibido el mayor homenaje, y los pocos que no lo conocían pensaron que habían perdido la oportunidad de conocer a una persona extraordinaria. Por último, Scott se refirió brevemente al accidente y luego pareció dirigirse en especial a los médicos y a otros que se habían preocupado por él.

– En estos últimos días he pensado mucho en las operaciones que le han practicado a mi hijo, aquellas que fueron necesarias en un intento por salvarle la vida y también en aquellas a las que fue sometido por razones adicionales. La diferencia, si es que hubo alguna, a veces no fue fácil de distinguir. La experiencia fue realmente dura, tal vez dura para él y también dura para todos los que lo amábamos. Recientemente he tenido palabras muy fuertes para con los médicos, y no pienso retractarme de ellas. Pero quisiera que ellos supieran, todos los que se preocuparon por Tyler, que aprecio lo que hicieron por él y que lo entiendo. No está mal querer intentar una operación que no se ha llevado nunca a cabo para aliviar el sufrimiento humano a largo plazo, aunque a corto plazo signifique una experiencia penosa para los primeros individuos que son sometidos a ella. Por favor, no quiero que piensen que no sé reconocer este hecho, incluso en medio de mi ira por todos los días que Tyler pasó en el hospital y por el desenlace que tuvo este desdichado asunto.

Hizo una pausa, se serenó y continuó:

– Si la muerte de Tyler ha contribuido, incluso mínimamente, a la ciencia médica, a la comprensión de cómo funciona el cerebro y cómo se le puede ayudar a recuperarse de un accidente mortal, entonces lo que le pasó a Tyler no habrá sido una experiencia tan vacía y absurda como puede parecernos hoy. De modo que, hagan lo que hagan en el futuro, no cejen en su esfuerzo por progresar en esta causa, a pesar de lo que puedan oír de mí y de otros como yo. Y ahora que he dicho esto, todo lo que pensaba, no quiero hablar o pensar en ello nunca más.

Se sentó y volvió a sonar la música, esta vez el coro final de La creación, de Haydn. Luego se dirigió a la salida, seguido de cerca por Kate, al comienzo de la escalinata, donde aceptó con aire ausente más abrazos y apretones de mano de pésame. Kate observó que la familia de tres miembros dudaba un momento antes de acercarse a Scott. Cuando lo hicieron, Scott rodeó los hombros del chico con el brazo y le dijo:

– Johnny, espero que comprendas que lo que sucedió no fue culpa tuya. Te comportaste como un chico inteligente y valiente y, gracias a ti, Tyler pudo seguir viviendo unas semanas más.

El muchacho parecía agradecido. -Toma -le dijo-, esto es para ti. Le entregó el paquete.

El entierro se celebró en Westport. Kate se sentó con Scott en el primer coche del cortejo fúnebre.

– ¿Qué había en el paquete que le ha dado a ese chico?

– Un koala. El de Tyler. Ese chico era Johnny, su mejor amigo.

Kate apoyó su mano sobre la de él y viajaron en silencio durante una hora y media. La ceremonia junto a la tumba fue compasivamente breve. La tumba de Tyler estaba al lado de la de Lydia. Scott no miró cuando descendieron el ataúd, y luego arrojó un puñado de tierra sobre él, con delicadeza y escasa convicción.

Cuando regresaban del cementerio y el coche entraba en la ciudad, el conductor preguntó:

– ¿Adónde quieren ir?

Scott no dijo nada. Sacudió la cabeza como si quisiera librarse de un pensamiento horrible y la miró.

– ¿Qué quiere hacer? -Preguntó Kate-. ¿Adónde quiere ir?

– No lo sé. Estoy cansado. Quiero… ¿sabe lo que quiero? Ir a algún lugar y dormir.

– Conozco ese lugar -dijo ella, y le dio la dirección al conductor.

Cuando llegaron al apartamento de Kate era media tarde pero aún había luz. Las aceras estaban llenas de gente que regresaba a casa del trabajo, hombres y mujeres con atuendos formales, caminando deprisa y con una expresión de seguridad en sí mismos. El aire de finales de verano estaba cargado de electricidad, en él flotaba esa sensación de que cualquier cosa podía suceder.

Kate pagó la carrera del taxi. El ascensorista pareció captar el estado de ánimo de ambos y no abrió la boca mientras la caja ascendía hasta su piso. Ella abrió la puerta y trató de mantenerla abierta para que Scott pasara primero, sosteniéndola con el pie, un momento embarazoso. Él miró a su alrededor pero sin ver nada en realidad, los muebles, los grabados en las paredes, la vista a través de la ventana.

– ¿Quiere beber algo? Él negó con la cabeza. – ¿Quiere dormir? Scott asintió.

Kate lo llevó a su dormitorio y se sintió avergonzada ante el desorden que reinaba en la habitación: las cintas de vídeo apiladas precariamente junto al televisor, el costurero abierto, las revistas esparcidas por el suelo, una toalla colgada en un flexo, unas bragas en el respaldo de una silla.

Pero él no pareció reparar en nada de todo ello. Se dirigió directamente a la cama. Kate salió de la habitación y cerró la puerta.

Luego estuvo leyendo durante horas, sin concentrarse realmente. Pidió comida japonesa; paró dos, por si acaso. Pero él siguió durmiendo.

Más tarde, cuando llegó el momento en que tuvo que acostarse, entró sigilosamente en el dormitorio y vio que Scott había dejado la chaqueta y la camisa colgadas en el respaldo de una silla, y que había doblado los pantalones y los había dejado en el asiento. En el cuarto de baño, Kate se puso un camisón de algodón, se cepilló los dientes y apagó la luz antes de abrir la puerta para regresar al dormitorio.

Cruzó al otro lado de la cama con mucho sigilo, levantó la sábana y se metió debajo, ocupando el borde del colchón. Podía sentirlo junto a ella, respirando profundamente, perdido en el sueño por primera vez en varias semanas. Permaneció despierta durante largo rato, escuchando la regularidad de su respiración, y le deseó paz desde el fondo de su alma.

Mientras caminaba por la calle Gansevo, sintió en el rostro la brisa que soplaba y percibió un olor especial en el aire de comienzo de Septiembre. Alzó la cabeza. Las primeras señales del otoño en otro tiempo su estación preferida, una época de finales y de estimulantes principios.

Pero ahora apenas podía seguir adelante, trataba arrastrarse fuera del agujero negro en que se había vertido su vida. Ya era septiembre. Con qué rapidez había deslizado el tiempo sobre él. El tiempo hace cualquier cosa, es tan cruel la manera como continúa en el resto del mundo cuando la pena obliga a que nuestro reloj se detenga. Tenía la sensación de que había envejecido siglos desde el último verano.

Tenía los labios secos. Quería un trago, lo deseaba desesperadamente, pero resistiría la tentación, se obligaría a hacerlo, como lo había hecho ya durante dos semanas, había bebido su última copa, para siempre, prometió, porque había tocado fondo. La borrachera que había comenzado una semana después del funeral había sido realmente memorable, días y días bebiendo sin parar, whiskies dobles, whiskies triples, de bar en bar, encontrando los que estaban en la zona de los muelles y permanecían abiertos casi toda la noche. Luego regresaba tambaleándose al loft, se derrumbaba en la cama y caía en un sueño profundo para despertarse a media tarde y comer cualquier cosa -un huevo, un bocadillo-, y volver a empezar con un par de cervezas. Una mañana se despertó en la puerta de su edificio. Más tarde, cuando estaba vertiendo el zumo de naranja en un vaso su mano temblaba de tal forma que derramó todo el líquido.

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