John Darnton - Ánima

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Nueva York: un chico de trece años yace en la cama de un hospital con el cerebro dañado a causa de un accidente. Dos científicos se hacen cargo de su destino. Ambos médicos alcanzarán juntos un resultado que superará todas las expectativas de la ciencia médica.

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Félix permaneció en silencio.

Oyeron el zumbido de la máquina al ponerse en marcha. Cleaver hizo girar dos mandos y el cerebro de Benchloss cobró vida en la pantalla, la imagen familiar de un gran puño cerrado. Otro mando y el cerebro comenzó a girar lentamente, exhibiéndose desde diferentes y sucesivas perspectivas: las crestas de colinas de lava, la profunda hendidura entre ambos hemisferios, las líneas arrugadas que separaban los lóbulos. Estaba separado del cuerpo como si fuese un holograma.

– ¿Un poco de acompañamiento? -preguntó Cleaver, disimulando su miedo con una forzada despreocupación. Encendió el sistema de audio y de ambos altavoces brotó nuevamente el sonido de interferencia estática, neuronas disparando sus cargas eléctricas. En esta ocasión, el sonido era semejante a disparos de fusil procedentes de una batalla que se libraba a gran distancia.

Comprobó el cronómetro: dos minutos. Todos los electrodos habían encontrado sus objetivos; la cobertura era completa.

Cleaver ya había visto suficientes sujetos como para saber interpretar la descarga del impulso. Podía situarse con suficiente distancia y objetividad para ver el bosque, no solamente los árboles. Era capaz de interpretar el modelo completo de la actividad nerviosa, un incremento que se concentraba en el cerebro medio o mesencéfalo, alcanzaba rápidamente un crescendo y luego disminuía hasta casi desaparecer por completo. Félix también había advertido el modelo. «Como palomitas de maíz en un microondas -había dicho la última vez-. Comienza lentamente y luego el estallido se produce de golpe y, finalmente, se agota.» Cleaver había considerado la metáfora poco afortunada, pero sabía que el modelo era importante. Es la forma en que sonaría el cerebro si sus ondas se movieran hacia el exterior, hacia el ordenador. Luego, cuando el tiempo se agotaba y él comenzaba a reducir la potencia del ordenador, las ondas retrocedían, de regreso al cerebro. Era como verter agua de un vaso a otro, pensó, aunque sabía perfectamente que no era tan sencillo.

Manipuló los diales hidráulicos para conseguir un corte transversal y luego se concentró en un lado del cerebro inferior. Divisó las estructuras principales: las capas de la circunvolución cingulada, el duro núcleo del tálamo, el hipocampo curvo que se abría hacia fuera como un cuerno de la abundancia, y la glándula pineal central, el órgano más profundo que segrega melatonina para regular los biorritmos, de modo que el hombre primitivo, escondido en su cueva, no perdiese el contacto con la luz del día. Pobre Descartes, buscando el «asiento del alma» lo había encontrado allí; tal vez, pensándolo mejor, no estaba tan equivocado: todos los ordenadores comienzan con un reloj. Finalmente, los diales lo llevaron al último tesoro, unos órganos gemelos, ligeramente oscurecidos y con una forma de almendra perfecta: la amígdala.

Era extraño cómo le latía el corazón. ¿Por qué tengo tanto miedo? ¿De qué tengo miedo?»

Miró el reloj. Ya habían pasado cuatro minutos. Se aproximaban a la zona de seguridad. ¿Qué pasaría si llegaban a los siete minutos?

Miró la amígdala. Era pequeña; si la tuviese en la mano podría aplastarla entre el pulgar y el índice. ¿Por qué pensaba esas cosas? Tenía un aspecto extraño, como si estuviese… ¿qué? Vacía, desolada.

Cuando era más joven, Cleaver había utilizado la numerología para combatir la ansiedad. Podía estarse horas creando fórmulas, recitando raíces cuadradas, enumerando el número pi: tres… coma… uno… cuatro… uno… cinco… ¿Qué viene luego?

– Doctor Cleaver -dijo Félix-, es el momento de volver.

Nueve, creo. U ocho… no, nueve… luego dos… -Tenemos que volver, tenemos que hacerlo.

Y después del dos… ¿qué? Su padre le había parecido tan extraño allí, de pie en medio de la nieve, mirándolo. Pero no había tenido duda alguna: era su padre. Y tenía la mano apoyada en la hebilla del cinturón.

Pasaron cinco minutos. Luego seis.

Era vagamente consciente de que Félix se encontraba a su izquierda, casi rozándolo. Pero se mantuvo firme. La habitación parecía estar girando. Pi… el misterio de un número infinito.

Comenzó a abandonar lentamente su ensoñación. Era extraño cómo los colores y las neuronas que se activaban en la pantalla tenían el mismo aspecto que durante la muerte del anciano, mientras su ánima abandonaba el cuerpo y aparecía ante su esposa por última vez. Sonidos en el interior del tubo, más neuronas que se disparaban, ¿acaso era un ruido sordo?

Siete minutos. Se oyó un chisporroteo y la pantalla se volvió totalmente negra. No de golpe, sino como si estuviese quemándose, primero negra alrededor de la periferia y luego en el medio, dejando sólo un diamante de luz en el centro. El diamante perdió su brillo, se volvió opaco y acabó por extinguirse.

Félix estaba callado, horrorizado. Cleaver se agitó, se sacudió el miedo, y se sintió algo mejor, como si hubiese tenido náuseas y ahora hubieran desaparecido. Su cabeza estaba más clara. El ordenador estaba en silencio, la pantalla vacía. ¿Deberían sacar a Benchloss de allí? ¿Por qué no?, su tiempo se había agotado.

Félix cogió un extremo de la camilla y Cleaver se encargó del otro. No eran necesarias dos personas, pero ambos sentían una gran curiosidad, como cuando uno se siente atraído por un accidente de coche, pasando lentamente junto al arcén, con los ojos fijos en la maleza, todos los sentidos a flor de piel.

Retiraron la camilla y no hallaron nada sorprendente. Allí estaba Benchloss, inmóvil, cualquier signo de animación ausente de su cuerpo hundido. Resultaba difícil decir cuál era la diferencia; al entrar en el tubo metálico estaba prácticamente sin vida y estaba completamente sin vida al salir de él. Pero había una diferencia. Nadie hubiera confundido este montón de carne fría con un hombre enfermo que jugaba a hacerse el muerto.

Estaba muerto.

Y también había algo más: su rostro estaba contraído, paralizado en una mueca, como si hubiese muerto de algo horrible. Como si hubiera muerto asustado.

Cleaver reflexionó sobre ello. Se sintió mal, en cierto modo. Pero lo que le impresionaba, y lo que le preocupaba, era que no se sentía tan mal como pensó que se sentiría. Sobre todo sentía una suerte de levedad y sólo una pizca de vergüenza. Esperaba no haber ido tan lejos como para no ser capaz de mirar a esos pacientes como a seres humanos.

Lo que verdaderamente le impresionaba, y de lo que no podía escapar, era la flecha final de ironía en la aljaba del destino: el paciente que padecía una enfermedad cuyo síntoma principal es creer que está muerto de pronto resucita y luego, finalmente, muere de verdad.

Pobre Benchloss. Y ahora que estaba finalmente, realmente, irreparablemente muerto, a Cleaver le resultaba extraño que por fin fuese capaz de pensar en él como un paciente. No como un sujeto.

Scott había vuelto a trabajar, un encargo de cuatro días sacando fotografías de lugares nocturnos de moda en el Sobo para Brío, una revista que había salido al mercado hacía pocos meses. En circunstancias normales jamás habría aceptado un trabajo así. No respetaba la revista ni a sus editores, y las propias fotografías -bailarines frenéticos pasados de droga en Ecstasy, chicas elegantes esperando en un callejón a que les permitieran la entrada- no significaban ningún desafío especial. Pero tenía que hacer algo. Kate le había convencido de que era necesario para su propio equilibrio emocional. Esas fotos le darían mucho dinero. Y tenía la ventaja añadida de ser un trabajo nocturno, lo que le dejaba los días libres para estar con Tyler en el hospital. En medio, de alguna manera, conseguía dormir unas horas. La última vez que se había mirado al espejo, sus ojos estaban hinchados y tenía bolsas color ceniza debajo de ellos.

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