Robert Silverberg - En la casa de las mentes dobles

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Me encuentro en mi aposento un día de lluvia, en plena tarde, cuando entra Runild de forma inesperada, húmedo, el pelo aplastado. Su cuerpo gotea. Se desnuda, lo seco con la toalla y lo acerco, al fuego. No dice nada durante un rato; está tenso, rígido, como si sufriera al­guna presión interior y no pudiera distenderse. Se vuel­ve hacia mí con brusquedad. Sus ojos son extraños: van de un lado a otro, trepidan, esplenden.

—¡Acércate! —susurra con voz ronca, como hombre que llama a su cama a una mujer. Me coge por los hom­bros, me agacha hasta alcanzar su altura, pone su frente con violencia sobre la mía. Y el mundo se transforma. Veo lenguas de llamas purpúreas. Veo grietas que se abren en la tierra. Veo océanos que ahogan las playas. Y me inunda el contacto; estoy húmeda de energías extrañas.

Sé lo que es ser arúspice.

Mi derecha y mi izquierda se separan. No es como tener un cerebro partido en dos; es como tener dos cere­bros, iguales e independientes. Siento su tictac como dos relojes de latido distinto; y la izquierda mantiene su tic­tac de maquinaria austera mientras que la derecha salta y baila y llora y canta al son de ritmos enloquecedores Pero no son ritmos enloquecedores, pues sus pulsaciones frenéticas conocen la regularidad y la irregularidad, modelo de amodalidad. Comienzo a acostumbrarme a lo ex­traño; empiezo a sentirme a gusto con ambos cerebros, el izquierdo que pienso como «yo» y el derecho que tam­bién es un «yo», pero un yo alterado, desconocido y sin nombre. Mis primeros recuerdos afloran en mi derecha. Contemplo un reino de sombras. Nuevamente soy niña; tengo acceso a las primeras horas de mi vida, a todos mis primeros años, a aquellos años en que las palabras nada significaban para mí. Los datos preverbales yacen en mi derecha, formas, tejidos, olores y sonidos, y no tengo ne­cesidad de dar denominación a ninguna cosa, ninguna necesidad, de denotar o analizar, sólo sentir, experimen­tar, revivir. Todo está claro y vivo. Veo corno ha funcio­nado en mí desde siempre, cómo este conjunto de expe­riencias ha dirigido mi comportamiento, igual que lo han hecho las experiencias de los últimos años. Puedo acceder ahora a este reino oculto, comprenderlo y utili­zarlo.

Siento el flujo de datos desde la derecha basta la iz­quierda: los reflejos sin palabras, las reacciones intuitivas, la apercepción espontánea e inmediata de estruc­turas. El mundo tiene un nuevo sentido para mí. Pienso, pero no en palabras, y me digo cosas, pero no en pala­bras, y mi izquierda, atropelladamente, tartamudeando (pues no sabe nada de las disciplinas) busca palabras, a veces las encuentra, para expresar lo que estoy propor­cionándole. De modo que esto es lo que hacen los arúspices. Esto es lo que experimentan. Este es el conoci­miento que poseen. Me siento transfigurada. Es mi fantasía hecha realidad: se ha escindido la banda elástica del tejido de conexión; mi derecha se ha liberado; me he hecho uno de ellos. No quiero volver a lo que era antes. Ahora pensaré en tonos y colores. Exploraré reinos desconocidos para el encadenamiento verbal. Viviré en la tierra de la música. No me limitaré a hablar y escribir; sentiré y sabré.

Sólo que eso empieza a desvanecerse.

El poder me está abandonando. Ha sido sólo un mo­mento; es más, ¿se trataba de mi propio poder o de una brizna del de Runild?. Lucho, araño, y sin embargo se aleja, y me quedo con pedazos, con retales, y enseguida ni siquiera con esto, sólo con un resabio, el eco de un eco, último destello umbroso de una lejana luz que se apaga. Abro los ojos. Estoy de rodillas; el sudor cubre mi cuerpo; mi corazón late con fuerza. Runild está so­bre mí.

—¿Entiendes ahora? —dice—. ¿Entiendes? Esto es lo que me ocurre en todo momento. Puedo comunicarme con la mente. Puedo establecer comunicación, Mimise.

—Hazlo otra vez —suplico. Niega con la cabeza.

—Podría hacerte daño —dice. Y se va.

He dicho a Sleel lo que he averiguado. Ahora tienen al chico con ellos en la casa oracular interior, nueve de ellos, los arúspices superiores, haciéndole preguntas, pro­bándolo. No sé qué esperan para celebrar su don, para concederle honores especiales, para ayudarlo en medio de su turbulenta adolescencia para que pueda ocupar el lugar supremo entre los arúspices. Pero Jen piensa de otra manera. Ella cree que los angustia por medio de sus penetraciones, a causa de su impericia en estos con­tactos y que le temerán una vez haya demostrado clara­mente lo que puede hacer; también cree que representa una amenaza para la autoridad de los demás, pues su forma de conjuntar las percepciones de su derecha y las fuerzas analíticas de su izquierda mediante un flujo di­recto mental es muy superior al laborioso método de tra­ducción simbólica. Jen cree que sin duda será expulsa­do y hasta asesinado. ¿Cómo creer sin embargo tales co­sas? Ella no es todavía arúspice; no es más que una mu­chacha; puede estar equivocada. La conferencia conti­núa hora tras hora y nadie sale de la casa oracular.

Salen por fin a la caída de la noche. Ha dejado de llover. Veo a los arúspices más ancianos cruzar el patio. Runild está entre ellos, muy pequeño al lado de Sleel. En sus rostros no se dibuja ninguna expresión. Los ojos de Runild tropiezan con los míos: su mirada está en blan­co, es indescifrable. ¿Lo he traicionado al pretender sal­varlo? ¿Qué va a ocurrirle? La comitiva alcanza el lado más apartado del cuadrángulo. Un vehículo aguarda. Ru­nild y dos arúspices ancianos entran en él.

Después de la cena Sleel me llama aparte, me agrade­ce mi colaboración y me comunica que Runild va a su­frir ciertos exámenes a cargo de expertos en un instituto muy lejano. Su poder de comunicación mental es tan no­table, dice Sleel, que exige un análisis prolongado.

Pregunto tímidamente si no habría sido mejor man­tenerlo aquí, entre aquellas cosas que habían llegado a constituir un hogar para él y dejar que fueran los expertos los que acudieran a la Casa de las Mentes Dobles. Sleel niega con la cabeza. Son muchos expertos, el equipo de prueba no es transportable, las pruebas durarán mu­cho.

Me pregunto si volveré a ver a Runild.

Por la mañana acudo junto a mi grupo a la hora de costumbre. Llevan ya varias semanas viviendo aquí y han desaparecido sus primeros temores. He entrevisto ya el destino que les aguarda: Galaine es de ingenio vivaz, pe­ro superficial; Mulliam y Chith son alborotadores; Fyme, Miróle y Divvan pueden tener materia de arúspices, el resto es pura mediocridad. Un grupo normal. Acaso Hirole llegue a ser mi favorita. Pero entre ellos no hay nin­guna Jen, ningún Runild.

—Hoy empezaremos a examinar la idea de los térmi­nos no verbales —empiezo—. Por ejemplo, si decimos «Deja este balón verde» en vez de la palabra «igual» y «esta caja azul» en vez de la palabra «distinto», enton­ces podemos...

Mi voz prosigue. Los niños me escuchan complacidos. Así tiene lugar el aprendizaje en la Casa de las Mentes Dobles. Por debajo de mi cráneo mi soñadora derecha se remueve un tanto, como si reviviera su instante de li­bertad. Por los corredores que hay fuera de la sala se pasean los arúspices sumidos en meditación, abrigados bajo impenetrable sabiduría y quienes les servimos con obediencia seguimos con lo nuestro.

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