Manuel Montalbán - La muchacha que pudo ser Emmanuelle

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Es un relato que fue publicado como feuilleton entre el 3 y el 30 de agosto de 1997 por EL PAÍS, con ilustraciones de Fernando Vicente.
Nació como guión para la serie televisiva sobre Carvalho que iba a producir la televisión argentina bajo la dirección de Luis Baroné y con Juan Diego en el papel de Carvalho.
La acción se desarrolla en Barcelona pero sirve de introito a Quinteto de Buenos Aires.

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– Muy ferma la perspectiva. Yo puedo aportarle un sinfín de contactos con el mundo de las candilejas.

Esperaba Biscúter la extrañeza de Carvalho.

– Usted cierra la tienda todos los días y se va a Vallvidrera. Yo me quedo, me he quedado, solo muchas horas en ese cuchitril de ahí detrás, y me encanta ir a los teatros y a las salas de fiestas. ¿Sabía usted que durante años me he ganado unas pesetas ayudando como camarero en La Buena Sombra o en Bagdad o La Dolce Vita hasta la madrugada?

Necesitaba airearse, sacarse de encima a los Biscúter diversos que se le reproducían como ácaros en el ámbito del despacho, de la cocinilla de él separada por una cortina, de la escasa habitación donde el fetillo había dormido durante veinte años. Todo empezó siendo provisional. Hacía veinte años. Recordaba los agravios de Biscúter: "Conozco su tendencia a dejar que los problemas se le duerman o se olviden de usted, amontonados sobre esta mesa o dentro de su cerebro". Se adentró por el Barrio Chino casi palpando los vacíos de las manzanas derrumbadas por el bulldozer, en una implacable destrucción del laberinto que en el pasado le puso las ingles a la ciudad. Hasta la literatura había ocupado un espacio en una plaza dedicada a un tal Pieyre de Mandiargues, sin otro mérito que haber escrito una novela en la calle de Escudillers, ido de putas a un meublé de la calle Barberá y comido en Casa Leopoldo. En cambio, se habían cargado la manzana, la casa, la escalera en la que naciera y viviera el poeta Joaquín Marco, a quien Carvalho había conocido haciendo cola en la fuente de la plaza del Padró. Pasan helicópteros. Deben de estar fumigando de modernidad las bacterias de la memoria. En Casa Leopoldo, Germán repasa con parsimonia un álbum de fotos envejecidas, y su hija Rosa comenta a Carvalho que acaba de volver de Buenos Aires, adonde fue para ver a su amiga la actriz Cecilia Rosetto. Buenos Aires, gruñe Carvalho. Buenos Aires, vuelve a gruñir.

3. ¿QUIÉN PUEDE ODIAR TANTO A UN VAGABUNDO?

Porque el cuerpo estaba en el suelo, con la coronilla y los pies asomando de una cobertura de cartones, los madrugadores viajeros en metro formaban un círculo tratando de completar el diseño de aquella muerte embalada. La policía se esforzaba por marcar distancia, y el inspector Lifante esperó a que se retirara suficientemente la vanguardia de curiosos para retirar la mortaja de cartón. El diseño se completaba. Una mujer gruesa, canosa, con suciedades arqueológicas en sus piernas desnudas hasta el sexo, rodeada de bolsas de plástico llenas de los residuos más residuales, la composición de miserias que rodea a los vagabundos.

– ¿Qué necesidad había de matar a esta desgraciada? -no había emoción en las palabras de Lifante, el cabeza de huevo, como se le llamaba en el cuerpo.

– Lifante, los vagabundos tienen mal final -dijo un policía de paisano.

– Cada día hay más vagabundos. Más muertos de hambre. ¿Cuántas puñaladas? -preguntó Lifante a un enlutado apuntador.

– Doce o trece, y con ganas. El cuchillo ha entrado hasta el mango. La última puñalada ha sido en el corazón y como si le hubieran pegado dos, una detrás de otra casi en el mismo sitio.

– Todos esos detalles, que queden entre nosotros ¿Quién puede odiar tanto a un vagabundo?

– Otro vagabundo -contestó el policía experto en vagabundos.

Lifante se acuclilló para estar más cerca del cuerpo harapiento, pero no lo tocó.

– No se nace para vagabundo. Detrás de esta mujer hay una historia. Un nombre. ¿La han identificado?

– No. No llevaba ni un documento, ni una referencia. Ha permanecido mucho tiempo muerta bajo los cartones, y los que pasaban debían pensar que estaba dormida. Ni siquiera han visto la sangre seca a su alrededor. Pensarían que era mugre que salía de debajo de los cartones. No es el primer fiambre de vagabundo que se pasa media semana bajo cartones.

– ¿Cómo sabes tanto sobre vagabundos?

– Ya conoció a Contreras, su antecesor. Al final le cogió la pájara de que la policía del futuro debería ser especializada, y a mí me encargó dedicarme a la nueva marginación. Había leído no sé dónde que seríamos víctimas de una nueva pobreza y sus derivaciones delictivas.

– Los vagabundos representan la vieja pobreza. Interroguen a otros vagabundos habituales de esta estación. O a cualquier otro. Todos los vagabundos me parecen iguales. Como los chinos. ¿No le pasa a usted lo mismo, Celso?

– Los de aquí se han esfumado, y cuando les encontremos no habrán visto nada, no sabrán nada. Un ajuste de cuentas entre ellos. Suelen ser muy salvajes, y por motivos que a los demás nos pueden parecer estúpidos.

Lifante se puso de pie.

– Los códigos, Celso, los códigos. En una misma sociedad hay una galaxia llena de códigos y de señales. Cada ser humano es un sistema de señales, por eso deberíamos aplicar la semiología al desciframiento del mensaje de las personas.

– A usted que no le saquen de la semiología.

Lifante salió precediendo al cortejo que llevaba en una camilla el cuerpo de la vagabunda asesinada. Se abrió paso entre el público. Respiró a pleno pulmón, como si le faltara aire, y empujó con cierta tosquedad a los curiosos que le impedían el camino.

El inspector Lifante esperó a que se retirara suficientemente la vanguardia de curiosos para levantar la mortaja de cartón

– ¿Se les ha muerto alguien a ustedes?

– Le llaman desde Jefatura.

Lifante aceptó el teléfono que le tendía su ayudante. Escuchó el mensaje dándole progresiva importancia, y cuando hubo terminado no aportó las explicaciones que esperaban los policías que le rodeaban. Volvió hacia el enlutado.

– Más que antes. Discreción sobre los detalles y un rigurosísimo estudio de causas y circunstancias.

– ¿No es un vagabundo más?

– Tal vez no.

Lifante salió de la boca del metro de Urquinaona y renunció a subir al coche policial. Caminó a grandes zancadas en dirección a la Jefatura de Policía de Vía Layetana seguido a un paso por el renqueante experto en mendigos. Se detuvo Lifante ante los añadidos del Palau de la Música Catalana y se los mostró a su escudero.

– He aquí un espléndido ejemplo de integración de contrarios temporales dentro de un mismo mensaje del continente y de una misma función del contenido.

Llevó los ojos al cielo el vagabundólogo, no para encontrar explicación a lo que decía su jefe, sino huida. Pero no lo consiguió.

– Venga conmigo, Cifuentes.

Le llevó hasta la puerta lateral del Palau.

– Si no hubiera curiosos, me tumbaría en el suelo para apreciar la armonía entre verticalidad y barroco que implica el sistema de señales del modernismo. ¿Se atreve usted a tumbarse en el suelo conmigo?

– Podría detenernos la policía.

– Nos detiene la policía, nos detenemos a nosotros mismos, porque somos conscientes de que somos policías. ¿No es cierto?

– Ciertísimo.

Completaron el recorrido hasta la central de policía y, ya desprendido de su ayudante, Lifante se dirigió a los despachos superiores, donde le aguardaba una reunión presidida por el Delegado del Gobierno en Cataluña. Estaban distendidos hablando de fútbol y se concentraron algo cuando le informaron a través del Jefe Superior de Policía.

– Hemos recibido una confidencia. Ha aparecido una vagabunda asesinada en el metro de Urquinaona.

– De allí vengo.

– Según la confidencia, no se trataría de un crimen normal. Digamos que se produciría una sobredimensión política.

– Una resituación política del caso.

Corrigió el Delegado del Gobierno.

– Yo lo veo como una sobredimensión.

Se empeñaba el Jefe Superior de Policía, y Lifante se creyó en la obligación de intervenir.

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