Manuel Montalbán - El laberinto griego
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– ¿Claire no se llama realmente Claire?
– No. ¿Cómo ibamos a dar esa facilidad de identificación? Pero entre nosotros seguiremos llamándola Claire.
– Mañana tiene usted una cita en la Oficina Olímpica.
– ¿Cómo lo ha sabido?
– No sólo soy un guía de "Barcelona la nuit", también soy detective privado. No menosprecio a Contreras, el policía que se cuida del asunto. Tiene reacciones imprevistas y un aguijón de alacrán.
Sabe que yo iba acompañado.
– Puede dar mi nombre.
– Puede llegar a saber que nos acompañaba una mujer.
– Tengo a esa mujer. Una mercenaria francesa que sabe de memoria todo cuanto hicimos aquella noche.
– Claire o como se llame queda a salvo.
– Si. Y yo. El que más peligra es Mitia y si Mitia peligra entonces todo puede derrumbarse.
Mi primera idea era colocarle en la frontera, pero estaba tan decaído a ratos e histérico en otros momentos, que me dio miedo dejarlo solo. Desde que comenzó su huida con Alekos todo ha sido muy duro para él. Pero creo que bastará reclamar el cadáver para pasar la página.
Carvalho se mordió los labios para no formular la pregunta que él deseaba y Lebrun esperaba. Parecía más interesado en explicarle el papel jugado por Mitia en el drama que el sentido del desenlace del drama.
– Es un muchacho muy joven pero muy responsable. En París lo tenía todo. Yo había conseguido matricularle en un liceo privado donde conseguiría ponerse al día en sus estudios, apenas un año. Pero Alekos ejercía sobre él una fascinación morbosa que se acentuó cuando conoció su enfermedad y le siguió fuera a donde fuera, acabara como acabara. Para mí fue un desafío porque Mitia era mi estatua, mi razón de ser Pigmalión. Cuando le conocí era un jovencillo haragán y desconfiado que crecía a la sombra de Alekos y sus amigos, alimentándose con sus sombras, en todos los sentidos de la palabra.
Fue en el viaje de Patmos cuando me sentí conmovido por la calidad profunda del muchacho, por una clase innata.
– Es decir, que a Patmos fueron los tres.
– Sí, Alekos, Mitia y yo.
– ¿Mitia era la pareja de Alekos o la suya?
– ¿Por qué tenía que ser necesariamente nuestra pareja? Tenga más capacidad de matiz, por favor.
Era nuestra obra. Alekos la entendía a su manera y yo a la mía.
Él desde el desespero de un "meteque" que jamás se sentiría integrado en cultura alguna y yo tratando de darle a Mitia la estatura de una estatua admirable.
– Y Claire…
– Pobre Claire…
Pobre Claire. Era un irritante, sutil desprecio el que acentuaba las palabras de Lebrun.
Pobre Claire.
– Reaccionaba como una hembra histérica. Algo, alguien quería quitarle a su Alekos y eso no podía tolerarlo. Yo era su vecino y tenía una cierta relación ocasional con ellos como pareja; lo que Claire desconocía era que poco a poco fui frecuentando más a Alekos, por separado. Era mucho más interesante. Y de esa relación vino el encuentro con Mitia.
– Cada uno de ustedes me mintió a su manera. Usted ocultó mientras pudo esa relación con Alekos, hasta que surgió la historia de Patmos, el Apocalipsis y todo eso. Y nada me dijo de Mitia. En cuanto a ella me ocultó que sabía la condena a muerte de Alekos.
– Lo sabía. Alekos huyó de París herido de muerte y cometió la irresponsabilidad de llevar consigo a Mitia. Desde entonces Claire y yo les hemos buscado, cada uno con un objetivo diferente.
Ella quería comprobar que Alekos no era de otra o de otro y yo que Mitia estaba a salvo y podía recuperarlo para completar mi obra.
– Y cuando encontraron a Alekos.
– Agonizaba. Era cuestión de días.
– Pero alguien le dio la sobredosis. Alguien tuvo la piedad o la soberbia de rematarle.
– La piedad o la soberbia, no está mal visto.
– ¿Fue piedad o soberbia?
– Tal vez las dos cosas.
– ¿Usted? ¿Claire?
Ahora Lebrun sonreía, como si el drama se hubiera convertido en un acertijo de sobremesa aburrida.
La sonrisa de aquellos ojos sin pestañas proponía: adivínelo. Siniestro y curioso personaje que introducía el juego en una historia de vida o muerte. Lebrun estaba esperando su veredicto y Carvalho no quiso darle la satisfacción de mendigarle la respuesta. Se dejó caer de espaldas sobre los cojines, a contemplar los altos techos, sus vigas de madera y los vapores de hachís que subían de aquella humanidad lánguida y adormecida. De pronto se oyó ruido de cuerpos en lucha y Carvalho se incorporó sobre sus codos. Dotras forcejeaba como un gigante cogiendo por un brazo y zarandeando a uno de los yacientes.
– ¡Ya está bien, hijos de puta!
¡El espectáculo se ha terminado!
¡Ésta es mi casa! ¡Os lo coméis todo! ¡Hasta os coméis mi memoria y mi inteligencia! ¡No vale lo que pagáis! Hijos de la gran puta, a vuestras casas si es que tenéis.
Yo a los doce años ya trabajaba y todos vosotros sois niños de papá… A los doce años repartía sombreros y pasteles del Horno del Cisne… Sois tan mediocres y desgraciados que vuestros recuerdos darán pena… Serán recuerdos incoloros, inmaduros e insípidos…
Su mujer había salido bruscamente de la cocina y hacía señas de que todo el mundo se marchara, mientras ella se acercaba a su marido como si se acercara a un niño enfurruñado.
– Papá, no te pongas así, papá…
– Mira cómo lo han puesto todo estos imbéciles. No me pagan ni las miradas.
– Papá…
La mujer había escondido la cabeza del hombre entre sus pechos y sus brazos e insistía con gestos en que los demás se marcharan. Algunos dormían y no estaban en condiciones de recibir el mensaje. El resto inició el desfile hacia la salida perseguido por las advertencias económicas de la patrona.
– Los que no hayáis pagado dejad el dinero en esa pieza de cerámica de Lloren amp; Artigas. Tú, Carlet, tú no has pagado, que te veo…
Y se lo decía al mismo que le había hecho la carretilla en la cocina, implacable manager, mientras no dejaba de acunar el cabezón de su marido que lloraba silenciosa o silenciadamente. Mitia presentía que alguna relación especial había entre Lebrun y Carvalho, aunque no le había reconocido como uno de los intrusos en la noche última de Alekos, ni había podido escuchar la conversación sostenida entre los dos hombres. Al llegar a la calle la hilera de desterrados de Chez Dotras se fue deshilando y al final el grupo más compacto fue el trío compuesto por Carvalho, Lebrun y Mitia.
– Este señor fue el detective que nos ayudó a encontraros.
El recelo se instaló en los ojos oscuros de Mitia y retardó los pasos para dejar que los dos hombres prosiguieran su secreto acuerdo.
– A pesar de todo fue una noche inolvidable y no por el motivo que usted supone. Eso fue un simple detalle, una conclusión lógica de una larga huida y de una larga búsqueda. Fue hermoso el recorrido, el viaje en sí. Primero Dotras y su negocio sobre ruinas de la memoria. Luego todos aquellos almacenes, aquellas fábricas… como arqueologías fugazmente recuperadas para industrias de sueños, fugaces, etéreas… Escultores, fotógrafos…
– Moribundos.
La palabra no le había gustado a Lebrun, que cerró los ojos y comentó:
– Los españoles son demasiado trágicos. De toda aquella noche yo retengo todas las Icarias y usted una sórdida jeringuilla y el asesinato de un cadáver.
E impulsó un malhumurado silencio hasta que decidió dar por terminada la historia y su relación con Carvalho.
– Fue Claire. No permitió que yo lo hiciera por ella. Alekos era suyo. Esa propiedad no peligraba a causa de otra mujer o de un hombre, sino por el cerco de la muerte.
Claire llevaba la inyección preparada en el bolso desde que habíamos llegado a Barcelona. ¿La recuerda con los brazos cruzados sobre el bolso y el bolso sobre el pecho? Era como proteger la contraeucaristía. Allí llevaba toda su piedad y toda su soberbia hacia Alekos.
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