Manuel Montalbán - El laberinto griego
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– Aquí hay que entrar con el preservativo puesto.
Dentro no se veía nada, pero se olía una curiosa mezcla de sudor barato y colonia cara o a la inversa, de colonia barata y sudor caro. El negro era el color dominante, en la planta de abajo porque estaba pintada de negro y en la de arriba porque la oscuridad era cómplice de los pulpos que amasaban las más secretas carnes humanas aprovechándose de la oscuridad.
Sintió un profundo desánimo, porque no era lugar para Georges. A Lebrun le gustaba ver y aquí no se veía nada, salvo cuando la luz de un cigarrillo permitía ver rincones de pornografía, vistos y no vistos, como diapositivas movidas por una mano sádica. Era su última, pueril oportunidad y mantuvo la búsqueda a riesgo de parecer un fisgón que se jugaba la nariz cada vez que la acercaba a un bulto.
– ¿A quién buscas, Caperucita?
– A mi abuelita.
– Aquí sólo vienen abuelitos.
Por un momento se le ocurrió encaramarse sobre una mesa y gritar el nombre de Lebrun, pero se arriesgaba a que los matones del local le convirtieran en un escarabajo pelotero y lo dejaran tirado en la calle. Mierda, pensó y dijo.
Mierda. Mierda. Mierda. Y se rindió no sólo por la imposibilidad de distinguir a Lebrun, sino por la clarividencia que iba adquiriendo progresivamente de que aquel local no correspondía al estilo del francés. Sintió un alivio antiguo, casi la memoria total del alivio, cuando recuperó la calle y el frescor del otoño. Si no estuviera escondido en su hotel, ¿dónde podría estar Georges Lebrun? La noche empezaba a convertirse en madrugada y se acercaba tanto la hora del encuentro previsto con Lebrun que casi era inútil ganar unas horas.
Empezaba a ser funcionalmente inútil. Contreras debía estar durmiendo y el cadáver de un griego drogadicto no le iba a quitar el sueño. Pero se equivocaba. A su lado creció una sombra provocada por el lucerío del rótulo de Martin.s y una bocanada de humo de puro barato le rozó la nariz. El hombre sonreía y tenía cara de criado de Contreras.
– Vaya sitios frecuenta, Carvalho.
– Se supone que me han de seguir disimulando.
– No siempre. Me he cansado de seguirle.
– Se habrá aburrido, porque me he pasado toda la tarde en la plaza de Cataluña tirando alpiste a las palomas.
– ¿Qué palomas?
Se había puesto tan molesto que evidentemente no había conseguido seguirle toda la tarde, probablemente sólo lo llevaba enganchado detrás desde que había salido del despacho.
– Cada mochuelo a su olivo y yo a mi casa.
– ¿Lo de mochuelo es por mí?
– No. Es un refrán castellano.
Aprovechó la llegada de un taxi con dos hombrones férricos que no habrían resistido la proximidad de un imán y se metió en el coche vaciado dejando al policía en una sorprendida soledad. Por el cristal trasero vio como el otro no reaccionaba, pero no podía asegurarse a sí mismo que no fuera con pareja y ya la tuviera en sus talones. Tuvo la inspiración de pedirle al taxista que le llevara a Horta y allí se quedó solo en la ciudad dormida a la espera de otro taxi al que encauzó hasta la plaza Medinaceli. Se le había ocurrido que tal vez Lebrun había acudido a otra sesión en casa de los Dotras, tan fascinado le había parecido por aquella comedia nostálgica de huérfanos del 68, aunque por el camino, las luces escasas y lejanas de Vallvidrera y el Tibidabo le transmitieron añoranza y deseos de volver a casa. Inertemente se dejó llevar al destino anunciado y ya en tierra anduvo cansinamente por las calles humedecidas por la brisa marina hasta adentrarse en el callejón del estudio de los Dotras.
Todo estaba abierto de par en par, incluso el estudio donde dormitaban docena y media de personas arrulladas por Leonard Cohen. En seguida vio a Lebrun sentado sobre cojines, meditabundo y melancólico, a su lado Mitia dormía sin reservas y los demás, cada cual con su sueño o con sus sueños, se aprestaban a tirar una noche al pozo oscuro de la más irrecuperable de las nadas. Lebrun le vio inmediatamente pero no movió ni una ceja y Carvalho reprimió sin demasiado esfuerzo sus ganas de abordarle.
Estaba cansado y temía que el resultado de tanta búsqueda no estuviera a la altura del esfuerzo de la búsqueda. Se sirvió una copa de cubalibre preparado en una gran olla tras pedir un permiso a un Dotras embalsamado por el aroma de todos los porros que se había fumado y con la copa en la mano se fue hacia la cocina separada por una cortina y la corrió en busca de algo sólido que llevarse a la boca.
Allí estaba la señora Dotras con las tetas semidesnudas sobre los fogones, las faldas levantadas y en el centro del culo las arremetidas del ariete morado y húmedo de un jovenzuelo demasiado delgado para la empresa. Pero cumplía la empresa de follarse a la patrona con una profesionalidad de cinema porno y ella se quejaba en sordina con la melena gris desparramada sobre cazuelas semivacías. No se retiró Carvalho prudentemente, sino que permaneció contemplando el espectáculo y valorando la perfección de la escenificación. Se trataba de un contacto sexual salvaje y espontáneo, muy en la línea de los rojos más jóvenes que él a fines de la década de los sesenta. Se jodía entonces con una naturalidad que jamás generación alguna volverá a conocer y la vieja Dotras volvía a ser reina por un día, excitada por la proximidad del ambiente convencional y de un marido que flotaba en una nube de memoria y olvido.
La escena tenía cierta belleza vital y a Carvalho casi se le humedecieron los ojos. Se hubiera acercado a la mujer para acariciarle los cabellos y desearle un orgasmo eterno, pero un profundo sentido del ridículo le hizo desistir y abandonar la cocina como si nada hubiera visto. Ahora le esperaba la mirada de Lebrun y no le regaló la satisfacción de un abordaje inmediato. Al contrario, Carvalho buscó la esquina opuesta de la habitación y se entregó con parsimonia a la degustación de la copa.
Lebrun levantó la suya en un brindis lejano y decantó la cabeza para comprobar o vigilar o proteger el sueño de Mitia. Salió de la cocina el audaz espadachín con un plato de ensaladilla de arroz en una mano y la otra comprobando por última vez la cerrazón de la bragueta y segundos después apareció la Dotras con una ligereza de movimientos renovada y la voz cantarina anunciando "urbi et orbe" que aún quedaba comida para un regimiento. Pero le quedó colgada la voz entre los vapores de la estancia como una propuesta inútil y regresó la mujer a su cocina alcoba una vez recuperada la normalidad íntima. Pasaron los minutos y Carvalho se preguntaba quién de los dos daría su brazo a torcer.
Fue Lebrun quien, tras comprobar una vez más que Mitia dormía, se alzó con una ligereza que Carvalho le envidió y buscó acomodo sentándose a su lado. Permanecieron en silencio mientras Lebrun acababa el porro que tenía entre los dedos, previo al rechazo de Carvalho en compartirlo.
– ¿Me buscaba o ha sido un encuentro casual?
– No soy un habitual de estos funerales. De hecho es la segunda vez que vengo.
– La verdad es que me atrajo más el primer día. Hoy ha cambiado la música pero todo lo demás es igual.
– Nunca segundas partes fueron buenas.
– Nunca hay que forzar las circunstancias.
Era una clara indirecta y Carvalho suspiró.
– Usted cree controlarlo todo y no es así. La policía me ha hecho preguntas y debo contestarlas cuanto antes.
– ¿Por ejemplo?
– Quién reclamará el cadáver.
– Solucionado. A estas horas Claire, con su nombre real, ya se ha puesto en contacto, desde París, con el consulado francés. Le ha llegado la onda del hallazgo de un cadáver, onda que le ha transmitido un amigo residente en Barcelona que ha podido leer los periódicos. Una vez ratificada la identidad de Alekos, yo me haré cargo de todo. Me quedan unos cuantos días de estancia.
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