– ¿Por qué lo quemas?
– Porque todos recurrimos al metalenguaje sin necesidad de que nadie nos lo explique. También porque Lefebvre descubrió tarde el papel de lo cotidiano frente a lo histórico, descubrió tarde que siempre tienen razón los días laborables.
Charo elogió la cena y habló repetidamente de Quimet, de lo buena persona que era, de lo mucho que había hecho por ella y de lo mucho que podría hacer por Carvalho.
– ¿Recuerdas aquel tipo, Anfrúns, aquel sociólogo follica que apareció cuando yo investigaba el caso de la gogo-girl?
– Cómo no lo voy a conocer. Es un asesor de Quimet en asunto de religiones.
Charo amaneció a su lado y la acompañó hasta su tienda en la Vila Olímpica para trasladarse después al despacho de las Rambles. Durante todo el trayecto de descenso por la Ronda de Dalt, en busca de la Ronda del Litoral, la mujer no dejó de cantar y de preguntar, maravillada por todos los cambios de la ciudad. Parece otra, ¿verdad, Pepe? Como nosotros. También parecemos otros, ¿verdad, Pepe? Charo había prolongado el beso de despedida y luego le había retenido la mano de despedida, la mirada de despedida, había convertido la despedida en un final de capítulo de culebrón lleno de inquietantes premoniciones. Pero él sabía dónde estaba su norte desde el comienzo del día y no quería superar la ambigüedad con que acogía el intento de Charo para restablecer las relaciones de dependencia y por eso cuando llegó al despacho buscó los fax de la vaca y seleccionó el número de teléfono que figuraba junto al del fax.
– Perdone. He recibido varios fax de ustedes, de SP Asociados, pero no precisan quién me los envía. No. No puedo dar más detalles.
El interlocutor debía recorrer toda la oficina preguntando quién había enviado fax a un tal Pepe Carvalho. Notó el ruido del teléfono al moverse, también el sonoro silencio voluntario que se cernía al otro lado de la línea y de pronto brotó una estudiada voz de mujer, como si hubiera preparado lo que iba a decir durante mucho tiempo.
– ¿Carvalho? ¿Es usted? ¿Seguro?
– No lo ponga en duda. No aumente mi sensación de inseguridad.
Los Reyes Magos existen, ya lo sé.
Su llamada telefónica ha sido «una experiencia religiosa», todavía estoy aturdida, sorprendida y balbuceante (como habrá percibido). Yo le recordaba tímido, muy tímido, pero aparentemente prepotente (conmigo ejerció su prepotencia), además de muy ocupado. Por ello supuse que, como mucho y con suerte, me enviaría mediante el fax un lacónico Sí o No.
Me ha sorprendido del todo, no sólo por el medio, también sus explicaciones y mas aún que no supiera a qué debía responder. Yo, de momento, sólo le habría hecho una propuesta que, en el caso de resultar positiva, se traduciría en una aportación a su paladar (unas recetas de cocina, un vino…, ¿recuerda?); todo ello con el ánimo de compensar su generosa atención hacia mí. Debería estar cumpliendo ya con mi compromiso, pero ahora no puedo centrarme en contarle, pormenorizadamente, los secretos de mi «empanada de bonito en hojaldre» y mi «ensalada de naranjas con ajo». Usted no me recuerda cocinera, al contrario, pero gracias a usted lo soy. ¡En tantos aspectos ha sido usted el hombre de mi vida! Quisiera enviarle unas botellas de vino blanco del Empordá que mi familia elabora, está de moda lo de meterse en negocios de vino. Necesitaré que me indique si puedo hacérselo llegar a su despacho ¿Sigue Biscuter con usted?¿Sabe que tiene una voz más cálida que la de antes?, también retórica, y un punto «suficiente»…, ¿en el Olimpo, todos los dioses hablan como usted? Todavía bajo los efectos de su llamada de ayer, es decir deslumbrada, en las nubes, nubes, nubes… (¡ojalá! pudiera sonar esto, como suena Alberti con sus olas, olas, olas…). Quedo en estado de gracia, vamos.
Compré un vestido precioso, estoy (me siento)' guapíííííísi-ma con él; todo fue ayer absolutamente perfecto.
Ríase cuanto quiera, en casa había una cena familiar y era tal mi estado de enajenación que decidieron poner un cubierto en la mesa para usted, de ese modo resultaba más «natural» que yo siguiera mi/nuestra alelada, e íntima, conversación; es decir: cuando miraba hacia su plato nadie debía interrumpirme/nos; soporté bromas de todos los colores y tuve que darles cuenta de qué era lo que usted había opinado acerca de «la sopa fría de melón» y del «bacallá a la llauna»…, ¡lo que hace la envidia!, les dije. Era el menú de la cena y usted como siempre, aunque no lo sepa, asiste a mis cenas, a mis comidas, cuando las hago, cuando compro lo que necesito para hacerlas u ordenarlas a la asistenta. Usted está presente en lo que vivo y en lo que sueño y mi familia lo sabe, porque Mauricio, mi marido, conoce que gracias a usted nos casamos y tuvimos dos hijos espléndidos.
La cosa tuvo su gracia, más, cuando me retiré a descansar (ellos están, ya, de vacaciones y alargaron la sobremesa), con todas las historias que sobre usted se cuentan, incluida la que me afecta. No fue un: ja, ja, ja, no, el carcajeo general sonó: jua, jua, jua.
he notifico todo esto porque es justo que conozca los resultados de su buena obra de ayer. A estas alturas no será preciso que le diga que yo no soy ni tímida ni prudente, y como en el pedir no se debe ser tacaño, a la vuelta de vacaciones, tal como usted precisó, le propondré una cita: Boadas, El Viejo Paraguas…, pero escoja usted el sitio, seguro que me gustará (no, no tiene alternativa).
Escarlata
(sentada en las escaleras
y llenando un librillo de bailes)
Olvidaba decirle que me voy de vacaciones algo tardías. Voy a fragmentarlas en dos, porque me encanta tomarme unas semanas de descanso en Navidad y otras en primavera. Podría tomarme los días que quisiera como esposa del dueño y copropietaria, pero he de dar ejemplo. A mi vuelta le daré, en mano, el final de mis apreciaciones críticas por su pasmado comportamiento en Madrid a raíz del asesinato de Conesal, espero que sea posible, que esté de acuerdo en que nos veamos. Usted y yo somos cómplices, compartimos un secreto, o al menos eso creo yo. No sabe lo bella que me parece la vida, me encantaría hacerle sonreír (tiene siempre una expresión tan adusta y retraída…). ¿Dónde pasa usted sus vacaciones? Seguro que las fragmenta o tal vez vaya a recuperar algún paisaje de la memoria. Yo misma experimento esa necesidad. Dejémonos de boleros por un momentito (aunque a mí me parecen preciosos) y oiga lo que está sonando en mi radio ahora: canta Azúcar Moreno:
… dale a tu cuerpo vacilón
¡ay! ¡caramba!
sólo se vive una vez
sólo se vive una vez…
Ya puede volver a poner a Vivaldi (si eso es lo que quiere), pero para estar en el cielo oyendo el rumor de las aguas y lostrinos de los pajarMos… ya habrá tiempo, algo así como una eternidad.
Nota: espero no estar dejando sin papel su fax; pero sobre todo lo que más me preocupa es resultarle tediosa, cargante. Sólo puedo liberarle de su caballerosidad y pedirle que no se abstenga de decirlo claramente, le pondré remedio de inmediato (pensándolo mejor… sólo insinúelo, o me moriré de vergüenza).
Lluquet i Rovelló estaba más cerca de ser una herboristería a la antigua usanza que una tienda dedicada a la nueva salud, llena de pastillas de fibra contra el estreñimiento y de hierbas medicinales contra el colesterol, la hipertensión y la glucosa en la sangre. Las paredes eran pura estantería en marrones de coro catedralicio, para tarros de cerámica antiguos o falsamente antiguos, en cualquier caso trataban de escenificar una supuesta edad de oro en la que los seres humanos eran casi inmortales gracias a las hierbas medicinales. La tienda se parecía a la que se abría en la calle Botella en los años cuarenta y desapareció en los cincuenta para convertirse en un negocio tan anodino que Carvalho ni siquiera lo recordaba, ¿o era una mercería cuyos propietarios se mostraron solidarios cuando la policía le detuvo por primera vez? El nombre de la tienda era transparente para Carvalho, pero quizá no decía nada a las nuevas generaciones, ni siquiera a las no tan nuevas alejadas de las ambientaciones culturales del catalanismo de posguerra. Lluquet y Rovelló eran los nombres de los personajes centrales de Els pastorets de Folch i Torres, comedia con villancico incluido sobre la hipótesis, en cierto sentido no descartable, de que el niño Jesús na-ció en Cataluña y que los dos principales pastores que fueron a adorarle eran los pusilánimes Lluquet y Rovelló, dos cobardicas que no pueden con la maldad del diablo. En la época de inicio de una tímida recuperación de la lengua catalana, el franquismo había tolerado la representación de la pieza en teatros dependientes de centros parroquiales y los actores solían permitirse algunas morcillas subversivas. Carvalho recordaba la indignación del diablo, una vez más vencido por el arcángel san Miguel, de tan mala manera que estaba postrado en el suelo y el arcángel mantenía el pie sobre su cerviz y el pobre Belcebú levantaba apenas la cabeza para gritar:
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