Arturo Pérez-Reverte - La Tabla De Flandes

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A finales del siglo XV un viejo maestro flamenco introduce en uno de sus cuadros, en forma de partida de ajedrez, la clave de un secreto que pudo cambiar la historia de Europa. Cinco siglos después, una joven restauradora de arte, un anticuario homosexual y un excéntrico jugador de ajedrez unen sus fuerzas para tratar de resolver el enigma.
La investigación les conducirá a través de una apasionante pesquisa en la que los movimientos del juego irán abriendo las puertas de un misterio que acabará por envolver a todos sus protagonistas.
La tabla de Flandes es un apasionante juego de trampas e inversiones -pintura, música, literatura, historia, lógica matemática- que Arturo Pérez- Reverte encaja con diabólica destreza.

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– Señoritas o lo que sean -a Lola Belmonte le costaba articular las palabras, ofuscada por su propia irritación-. Debieron consultarnos también a nosotros.

– Por mi parte -dijo el marido- tienen todas las bendiciones.

Menchu estudiaba descaradamente a Alfonso y parecía a punto de decir algo, pero no lo hizo. Después miró a la sobrina.

– Ya oye a su esposo.

– Me da igual. La heredera soy yo.

Desde la silla de ruedas, Belmonte levantó irónicamente una de sus manos descarnadas, como si pidiera permiso para intervenir.

– Todavía sigo vivo, Lolita… Lo que heredes llegará a su debido tiempo.

– Amén -dijo Alfonso.

La barbilla huesuda de la sobrina apuntó hacia Menchu de un modo venenoso, y durante un momento Julia creyó que se les iba a echar encima. Realmente podía ser peligrosa, con sus uñas largas y aquel aire de pájaro rapaz, hasta el punto de que se dispuso a hacerle frente mientras su corazón bombeaba adrenalina. Julia no tenía una especial forma física; pero cuando era niña había aprendido de César algunos trucos sucios, muy útiles para matar piratas. Por fortuna, la violencia de la sobrina se limitó a su mirada, y al modo en que, dando media vuelta, abandonó el vestíbulo.

– Tendrán noticias mías -dijo.

Y el furioso taconeo se perdió pasillo adentro. Las manos en los bolsillos, Alfonso sonreía con plácida serenidad.

– No deben tomárselo a mal -se volvió hacia Belmonte-. ¿Verdad, tío?… Ahí donde la ven, Lolita es oro puro… Un pedazo de pan.

El inválido asintió con la cabeza, distraído; era evidente que pensaba en otra cosa. El rectángulo vacío de la pared parecía atraer su atención, como si allí se enmarcaran signos misteriosos que sólo él era capaz de leer con sus ojos cansados.

– Así que conocías al sobrino -dijo Julia, apenas estuvieron en la calle.

Menchu, que miraba el escaparate de una tienda, hizo un gesto afirmativo.

– Hace tiempo -dijo, inclinándose para comprobar el precio de unos zapatos-. Tres o cuatro años, creo.

– Ahora me explico lo del cuadro… El negocio no te lo propuso el viejo, sino él.

Menchu sonrió, aviesa.

– Premio para ti, guapita. No te equivocas. Tuvimos lo que tú, tan recatada, llamarías un affaire … De eso hace tiempo, pero cuando se le ocurrió lo del Van Huys tuvo el detalle de pensar en mí.

– ¿Y por qué no se encargó de negociarlo directamente?

– Porque nadie se fía de él, incluido don Manuel… -se echó a reír-. Alfonsito Lapeña, más conocido por E l T imbas , debe dinero hasta al limpiabotas. Ya hace unos meses escapó por los pelos de ir a la cárcel. Un asunto de cheques sin fondos.

– ¿Y de qué vive?

– De su mujer, de dar sablazos a los incautos, y de la poca vergüenza que tiene.

– Y confía en el Van Huys para salir de apuros.

– Sí. Está loco por convertirlo en montoncitos de fichas sobre un tapete verde.

– Parece un pájaro de cuenta.

– Lo es. Pero tengo debilidad por los golfos, y Alfonso me cae bien -se quedó pensativa un instante-. Aunque tampoco sus aptitudes técnicas, que yo recuerde, sean para darle una medalla. Es… ¿Cómo te diría yo? -reflexionó en busca de la definición adecuada-. Muy poco imaginativo, ¿entiendes? Ni punto de comparación con Max. Monótono, ya sabes: del tipo hola y adiós. Pero te ríes mucho con él. Cuenta unos deliciosos chistes guarros.

– ¿Lo sabe la mujer?

– Supongo que se lo huele, porque tonta no es. Por eso mira con esa cara. La muy perra.

III. UN PROBLEMA DE AJEDREZ

«El noble juego tiene sus abismos en los que muchas veces un alma noble ha desaparecido.»

U n antiguo maestro alemán

– Yo creo -dijo el anticuario- que se trata de un problema de ajedrez.

Hacía media hora que cambiaban impresiones frente al cuadro. César de pie, apoyado en la pared con un vaso de ginebra y limón pulcramente sostenido entre los dedos pulgar e índice. Menchu ocupaba el sofá con aire lánguido. Julia se mordía una uña sentada en la alfombra con el cenicero entre las piernas. Los tres miraban la pintura como si estuviesen frente a un aparato de televisión. Los colores del Van Huys oscurecían ante sus ojos, a medida que se iba extinguiendo la última luz del atardecer por la claraboya del techo.

– ¿Alguien puede encender algo? -sugirió Menchu-. Tengo la sensación de estarme quedando ciega poco a poco.

César accionó el interruptor que tenía a su espalda, y una luz indirecta, reflejada en las paredes, devolvió vida y color a Roger de Arras y a los duques de Ostenburgo. Casi al mismo tiempo, en el reloj de pared sonaron ocho campanadas al compás del largo péndulo de latón dorado. Julia movió la cabeza, acechando en la escalera ruido de pasos inexistentes.

– Álvaro se retrasa -dijo, y vio a César hacer una mueca.

– Por muy tarde que llegue ese filisteo -murmuró el anticuario- siempre llegará demasiado pronto.

Julia le dirigió una mirada de reproche.

– Prometiste ser correcto. No lo olvides.

– No lo olvido, princesa. Reprimiré mis impulsos homicidas, sólo merced a la devoción que te profeso.

– Te lo agradeceré eternamente.

– Eso espero -el anticuario miró su reloj de pulsera como si no confiase en el de pared, viejo regalo suyo-. Pero ese cerdo no es muy puntual, que digamos.

– César.

– Vale, queridísima. Ya me callo.

– No, no te calles -Julia señaló el cuadro-. Estabas diciendo que se trata de un problema de ajedrez…

César asintió. Hizo una pausa teatral para mojar los labios en la bebida, secándoselos después con un pañuelo de inmaculada blancura que extrajo del bolsillo.

– Verás… -Miró también a Menchu y suspiró levemente-. Veréis. Existe en la inscripción oculta un detalle en el que no habíamos caído hasta ahora, al menos yo. Q uis necavit equitem se traduce, efectivamente, por la pregunta: ¿Quién mato al caballero? Lo que, según los datos de que disponemos, puede interpretarse como un acertijo sobre la muerte, o el asesinato, de Roger de Arras… Sin embargo -César hizo un gesto de prestidigitador que extrae una sorpresa de su chistera-, esa frase puede traducirse también con matiz diferente. Que yo sepa, la pieza de ajedrez que nosotros conocemos por caballo se llamaba caballero en la Edad Media… Incluso hoy en muchos países europeos sigue siendo así. En inglés, por ejemplo, la pieza es literalmente knight : caballero -miró pensativo el cuadro, juzgando la solvencia de su razonamiento-. Quizá la pregunta, entonces, no sea quién mató al caballero, sino quién mató al caballo… O, formulada en términos ajedrecísticos: ¿Q uién se comió el caballo?

Quedaron en silencio, meditando. Por fin habló Menchu.

– Una lástima, nuestro cuento de la lechera -su mueca traslucía la decepción-. Hemos montado toda esta película de una simple bobada…

Julia, que miraba fijamente al anticuario, movió la cabeza.

– Nada de eso; el misterio sigue existiendo. ¿No es cierto, César?… Roger de Arras fue asesinado antes de que se pintara el cuadro -se incorporó indicando un ángulo de la tabla-. ¿Véis? La fecha de ejecución de la pintura está aquí: P etrus V an H uys fecit me, anno MCDLXXI … Eso quiere decir que, dos años después del asesinato de Roger de Arras, Van Huys pintó, haciendo un ingenioso juego de palabras, un cuadro en el que figuraban la víctima y el verdugo -vaciló un momento, pues se le acababa de ocurrir una nueva idea-. Y, posiblemente, el móvil del crimen: Beatriz de Borgoña.

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