John Grisham - La Apelación

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La política siempre ha sido un juego sucio. Ahora la justicia también lo es. Corrupción política, desastre ecológico, demandas judiciales millonarias y una poderosa empresa química, condenada por contaminar el agua de la ciudad y provocar un aumento de casos de cáncer, que no está dispuesta a cerrar sus instalaciones bajo ningún concepto. Grisham, el gran mago del suspense, urde una intriga poderosa e hipnótica, en la que se reflejan algunas de las principales lacras que azotan a la sociedad actual: la justicia puede ser más sucia que los crímenes que pretende castigar.

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Aunque no fueran abogados, otros muchos también compartían su nerviosismo. Tony Zachary y Barry Rinehart habían acordado ponerse en contacto por teléfono en cuanto se publicaran los dictámenes. Carl Trudeau contaba los minutos cada semana. En el centro y al sur de Manhattan, docenas de analistas financieros vigilaban la página web. Denny Ott comía un sándwich con su mujer en el despacho de la iglesia. En la casa del párroco no había ordenador.

Sin embargo, en ningún otro lugar se temía y se esperaba tanto la hora mágica como en las deslustradas entrañas de Payton amp; Payton. El bufete al completo se había reunido en el Ruedo, en la mesa de trabajo siempre abarrotada, donde estaban comiendo mientras Sherman no apartaba la vista del portátil. El primer jueves de mayo, a las doce y cuarto, anunció: «Aquí está». Todos apartaron el plato. De repente el aire se volvió irrespirable. Wes no quiso mirar a Mary Grace y ella no quiso mirarlo a él. De hecho, ninguno de los presentes se atrevió a mirar a los ojos a los demás.

– El dictamen lo ha redactado el juez Arlon Calligan -continuó Sherman-. Esto me lo salto. Cinco, diez, quince páginas, veamos, una opinión mayoritaria de unas veintiuna páginas, apoyada por Romano, Bateman, Ross y Fisk. Sentencia revocada y sobreseída. Fallo definitivo a favor del demandado, Krane Chemical. Romano también concurre con cuatro páginas llenas de sus chorradas de siempre, pero Fisk es muy breve. -Silencio mientras seguía pasando páginas-. y luego una opinión disidente de doce páginas de McElwayne y Albritton. Tengo más que suficiente. No pienso leer esa mierda en un mes como mínimo.

Se levantó y salió de la habitación.

– No podemos decir que sea una sorpresa -comentó Wes.

Nadie respondió.

F.Clyde Hardin lloriqueó sobre su escritorio. Aunque aquella tragedia llevaba meses rondándolo, no por ello fue menos demoledora. Su única oportunidad de hacerse rico se había desvanecido y con ella todos sus sueños. Maldijo a Sterling Bintz ya su disparatada demanda colectiva. Maldijo a Ron Fisk ya los otros cuatro payasos que habían formado la mayoría. Maldijo a los borregos ciegos del condado de Cary y de todo el sur de Mississippi a los que habían engañado para que votaran en contra de Sheila McCarthy. Se sirvió otro vodka y siguió maldiciendo y bebiendo hasta que se desmayó, con la cabeza sobre el escritorio.

Siete puertas más abajo, Babe recibió una llamada y le comunicaron la noticia. La cafetería pronto se llenó de la gente que pasaba por Main Street en busca de respuestas, rumores y ánimos. Para muchos, la noticia no tenía sentido. No limpiarían el agua, no se recuperarían, no recibirían ninguna compensación, ni una disculpa. Krane Chemical se libraba y se burlaba de la ciudad y de sus víctimas.

Denny Ott recibió una llamada de Mary Grace, que le hizo un breve resumen de la situación, poniendo especial énfasis en que el litigio había acabado. No quedaban opciones viables. La única salida era apelar al Tribunal Supremo de Estados Unidos y ellos, por descontado, presentarían la documentación necesaria, pero era muy poco probable que el Supremo aceptara un caso como aquel. Wes y ella se pasarían por allí para hablar con sus clientes.

Denny y su mujer abrieron la sala auxiliar, sacaron galletas y botellas de agua y esperaron a que la gente llegara para ofrecerle consuelo.

A última hora de la tarde, Mary Grace entró en el despacho de Wes y cerró la puerta. Llevaba dos hojas de papel y le tendió una de ellas. Era una carta dirigida a los clientes de Bowmore.

– Échale un vistazo -dijo, y se sentó para leerla ella también.

Decía así:

Apreciado cliente:

Hoy, el tribunal supremo del estado de Mississippi ha fallado a favor de Krane Chemical. La apelación de Jeannette Baker ha sido revocada y sobreseída, lo que significa que no hay posibilidad de repetir el juicio ni de presentar una nueva demanda. Tenemos intención de solicitar una revisión de la causa, que es lo acostumbrado, aunque también una pérdida de tiempo. Asimismo, apelaremos al Tribunal Supremo de Estados Unidos, si bien únicamente se trata de un mero formalismo, ya que rara vez dicho tribunal revisa causas procedentes de tribunales estatales, como es el caso.

El fallo de hoy, del cual os enviaremos una copia la semana que viene, impide cualquier actuación contra Krane. El tribunal exige un estándar de prueba que imposibilita hacer recaer la responsabilidad en la compañía, y es tristemente obvio lo que ocurriría con un nuevo veredicto ante este mismo tribunal.

No hay palabras para expresar nuestra decepción y frustración. Llevamos cinco años batallando contra enormes obstáculos y hemos perdido en muchos frentes.

Sin embargo, nuestras penalidades no son comparables a las vuestras. Seguiremos dedicándoos nuestros pensamientos, nuestros rezos y estaremos a vuestra disposición siempre que lo necesitéis. Nos sentimos honrados por la confianza que habéis depositado en nosotros. Que Dios os bendiga.

– Muy bonito -dijo Wes-. Enviémosla por correo.

Con los movimientos de la tarde, Krane Chemical regresó al mercado con mayor fuerza que nunca. Ganó cuatro dólares con setenta y cinco por acción y cerró a treinta y ocho con cincuenta. El señor Trudeau había recuperado los mil millones que había perdido, y todavía quedaban muchos más por venir.

Hizo llamar a Bobby Ratzlaff, a Felix Bard y a dos confidentes más a su despacho para celebrar una pequeña fiesta. Bebieron champán Cristal, fumaron unos habanos y se felicitaron por el sorprendente giro. Ahora consideraban a Carl un verdadero genio, un visionario. No había flaqueado ni en los peores momentos. Su mantra había sido: «Comprad, comprad».

Le recordó a Bobby la promesa que le hizo el día de la sentencia. Ni un solo céntimo, que tan duramente habían ganado, pasaría jamás a manos de aquella panda. de ignorantes y sus malditos abogados.

39

Entre los invitados se encontraban desde los estereotipos de Wall Street, como el propio Carl, hasta el peluquero de Brianna y dos actores de Broadway subempleados. Había banqueros con sus mujeres envejecidas aunque adecuadamente retocadas, y magnates con sus trofeos magníficamente famélicas. Había ejecutivos del Trudeau Group que habrían preferido estar en cualquier sitio menos allí y pintores en apuros del MuAb emocionados por la rara oportunidad de poder codearse con la jet seto También había algunas modelos, el número 388 de la lista Forbes, un defensa que jugaba con los Jets, un periodista del Times junto con un fotógrafo para contarlo todo y un periodista del Journal que no publicaría nada sobre la fiesta, pero que no quería perdérsela. Cerca de un centenar de invitados, casi todos ellos gente pudiente, aunque ninguno había visto jamás un yate como el Brianna.

Estaba fondeado en el Hudson, en los muelles de Chelsea.

En esos momentos, la única embarcación que lo superaba era un portaaviones fuera de servicio, a unos cuatrocientos metros al norte. En el elitista mundo de los paseos en barco obscenamente caros, el Brianna estaba clasificado como megayate: mayor que un superyate, aunque sin llegar a gigayate, el cual, hasta el momento, era coto privado de un puñado de multimillonarios del software, príncipes saudíes y mafiosos rusos del petróleo.

La invitación rezaba: «Le invitamos a acompañar al señor ya la señora Trudeau en el viaje inaugural de su megayate, Brianna, el miércoles 26 de mayo a las seis de la tarde, en el muelle 60».

Tenía cincuenta y ocho metros de eslora, lo que lo situaba en la posición vigesimoprimera de la lista de mayores yates registrados en Estados Unidos. Carl había pagado por él sesenta millones de dólares dos semanas después de que Ron Fisk fuera elegido, y luego se gastó quince millones más en renovaciones' mejoras y caprichos.

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