John Grisham - La Apelación

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La política siempre ha sido un juego sucio. Ahora la justicia también lo es. Corrupción política, desastre ecológico, demandas judiciales millonarias y una poderosa empresa química, condenada por contaminar el agua de la ciudad y provocar un aumento de casos de cáncer, que no está dispuesta a cerrar sus instalaciones bajo ningún concepto. Grisham, el gran mago del suspense, urde una intriga poderosa e hipnótica, en la que se reflejan algunas de las principales lacras que azotan a la sociedad actual: la justicia puede ser más sucia que los crímenes que pretende castigar.

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A última hora del domingo, cuando la gente ya se había ido, Doreen se quedó en la UCI y Ron fue a pasear por los pasillos del hospital para estirar las piernas y tratar de mantenerse despierto. Encontró otra sala de espera para los familiares de los pacientes de pronóstico leve. Era mucho más acogedora, el mobiliario era más bonito y había más máquinas expendedoras. Su cena consistió en un refresco bajo en calorías y en una bolsa de galletas saladas. Estaba masticándolas, con la cabeza en otra parte, cuando se le acercó un niño pequeño que parecía a punto de tocarle la rodilla.

– Aaron -lo llamó su madre, con sequedad, desde el otro extremo de la sala-. Ven aquí.

– No pasa nada -dijo Ron, sonriendo al niño, que se apartó rápidamente.

Aaron. El nombre le trajo un recuerdo. Aaron era el chico que había recibido el impacto en la cabeza de una pieza de metal que había salido despedida de una desbrozadora. Lesión cerebral, discapacidad permanente y la ruina económica para la familia. El jurado había considerado responsable al fabricante y el juicio había tenido una sentencia clara. En este momento, el juez Fisk no recordaba por qué había votado con la mayoría con tanta tranquilidad para revocar la sentencia.

Entonces, hacía apenas dos meses, jamás había sentido el dolor de un padre por un hijo que padecía una lesión grave. O el miedo de perderlo.

Ahora, en medio de esta pesadilla, Aaron se le apareció bajó otra luz. Al leer los informes médicos del caso, lo había hecho desde la comodidad de su despacho, muy alejado de la realidad. El niño sufría lesiones de gravedad, lo que era una lástima, pero los accidentes ocurren a diario. ¿Podría haberse prevenido el accidente? Así lo creyó entonces y así lo seguía creyendo en estos momentos.

El pequeño Aaron volvió a la carga, mirando embobado la bolsa de galletas, que temblaba.

– ¡Aaron, deja a ese señor ahora mismo! -le gritó la madre. Ron miró las temblorosas galletas.

Se podría haber prevenido el accidente y así debería haber sido. Si el fabricante hubiera cumplido la normativa vigente, la desbrozadora habría sido mucho más segura. ¿Por qué había protegido al fabricante?

El caso ya había pasado, había sido desestimado por cinco hombres supuestamente sensatos, ninguno de los cuales había demostrado jamás ni una pizca de compasión por los que sufrían. Se preguntó si los otros cuatro -Calligan, Romano, Bateman y Ross- se habrían paseado alguna vez por las salas sepulcrales de un hospital a cualquier hora del día o de la noche, a la espera de la noticia de si su hijo viviría o moriría.

No, no lo habían hecho. Si no, no serían lo que son ahora.

El domingo cedió el paso lentamente al lunes. Empezaba una nueva semana, aunque por completo diferente a cualquiera anterior. Ron y Doreen se negaron a abandonar el hospital durante más de una o dos horas. Josh no evolucionaba bien y temían que cada visita que hacían a su cama fuera la última en que lo vieran con vida. Los amigos les llevaron mudas, comida, periódicos y se ofrecieron a quedarse allí si los Fisk querían ir a casa a descansar unas horas. Sin embargo, Ron y Doreen se mantuvieron firmes y siguieron adelante con determinación, como zombis, convencidos de que Josh estaría mejor si los tenía cerca. Cansados y ojerosos, se les agotó la paciencia para recibir al desfile de visitas y empezaron a esconderse por el hospital.

Ron llamó al despacho e informó a su secretaria de que no sabía cuándo iba a volver. Doreen le comunicó a su jefe que se tomaba un permiso. Cuando este le explicó, con delicadeza, que según la política de la empresa no se concedían tales permisos, ella le informó, con educación, que había llegado el momento de cambiar dicha política. El hombre accedió de inmediato.

El hospital se encontraba a quince minutos del edificio Gartin y el martes por la mañana Ron se pasó por allí para echar un rápido vistazo a lo que tenía encima de la mesa, donde se habían acumulado unas cuantas pilas nuevas de papeles. Su letrado principal le leyó la lista de los casos pendientes, pero Ron parecía distraído.

– Creo que vaya tomarme un permiso. Háblalo con el jefe -le indicó alletrado-. De unos treinta días, tal vez sesenta. No puedo concentrarme en esto ahora.

– Sí, no te preocupes. Esta mañana tenías planeado concurrir en el caso Baker contra Krane.

– Puede esperar. Todo puede esperar.

Consiguió salir del edificio sin ver a ningún otro miembro del tribunal.

La edición del martes de The Clarion- Ledger publicaba un artículo sobre Josh y su lesión. El juez Fisk no deseaba hacer ninguna declaración, pero una fuente anónima conocía bien los hechos. Los médicos le habían extraído un gran coágulo de sangre que le presionaba el cerebro. Aunque su vida no corría peligro, todavía era demasiado pronto para hablar de problemas a largo plazo. No se mencionaba al médico que había valorado el TAC equivocado.

Sin embargo, las habladurías que circulaban por internet no tardaron en rellenar los huecos. Se decía que un bate de béisbol prohibido había tenido algo que ver, se especulaba sobre una lesión cerebral grave y corría por ahí la declaración de alguien del Henry County General Hospital según la cual los médicos de ese centro la habían cagado. También corrían un par de descabelladas teorías según las cuales el criterio jurídico del juez Fisk había sufrido una conversión drástica. Un rumor aseguraba que estaba a punto de renunciar a su cargo.

Wes Payton seguía atentamente el desarrollo de los acontecimientos desde su despacho. Su mujer no. Mary Grace se volcaba en el trabajo y utilizaba otros casos para distraerse, pero Wes estaba obsesionado con la historia de Josh. Como padre, no quería ni imaginar el horror por el que estaba pasando Fisk, pero al mismo tiempo tampoco podía evitar preguntarse cómo iba a afectar aquella tragedia al caso Baker. No esperaba un cambio radical de postura por parte de Ron Fisk, pero la esperanza era lo último que se perdía.

Habían rezado todo lo que sabían y solo les faltaba pedir un milagro. ¿Podría ser aquel?

Siguieron esperando. Cualquier día de aquellos tomarían la decisión.

A primera hora de la tarde del martes, Josh empezó a mostrar signos de mejora. Estaba despierto, lúcido y no tenía problemas para ejecutar órdenes. No podía hablar por culpa del tubo de respiración, y no se estaba quieto, lo que era una buena señal. La presión del cerebro se había reducido hasta niveles que podían considerarse casi normales, aunque el equipo médico les había avisado de que quizá pasarían días, tal vez incluso semanas, antes de atreverse a ofrecerles un pronóstico a largo plazo.

Ya que Josh estaba despierto, los Fisk decidieron pasar la noche en casa, animados por médicos y enfermeras. La hermana de Doreen se ofreció a quedarse en la UCI, a cuatro metros de la cama de su sobrino.

Salieron de Jackson aliviados de abandonar el hospital y con ganas de ver a Zeke y a Clarissa. Hablaron de qué prepararían de cena, de las largas duchas que iban a tomarse y de su cómoda cama. Se prometieron aprovechar las próximas diez horas porque la pesadilla no había hecho más que empezar.

Sin embargo, no iba a resultarles tan fácil relajarse. El móvil de Ron sonó cuando apenas habían salido de Jackson. Era el juez Calligan, que inició la conversación con un largo e interminable cuestionario sobre el estado de Josh. Le transmitió las condolencias de todos los del tribunal y le prometió pasarse por el hospital en cuanto pudiera. Ron se lo agradeció, pero enseguida tuvo la sensación de que la llamada tenía un motivo laboral.

– Solo un par de cosas, Ron -dijo Calligan-, aunque ya sé que ahora mismo estás ocupado en otros asuntos.

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