Nora Roberts - Mágicos Momentos

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Para Ryan Swan, a la que la vida le había enseñado que sólo podía confiar en sí misma, Pierce Atkins era el último hombre al que debía confiarle el corazón. Pero ante la presencia cautivadora de Pierce, todas sus defensas parecían desvanecerse como por arte de magia.
A Pierce Atkins, obsesionado con huir de su pasado, no le costaría escapar del interior de una caja fuerte ante miles de espectadores. Pero, ¿estaba dispuesto a seguir huyendo toda la vida?, ¿o debía escuchar a su corazón y firmar el contrato de matrimonio que Ryan le ofrecía?

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Había necesitado varios días para estabilizarse. Ryan se había ido y tenía que aceptarlo. Sus propias normas lo dejaban sin opción alguna. Pues, aunque supiese dónde localizarla, no podría recuperarla.

Durante la semana que había transcurrido, no había trabajado nada. No había tenido fuerzas. Cada vez que había intentado concentrarse, se había encontrado con la imagen de Ryan. Había recordado el sabor de su boca, el calor de tenerla entre los brazos. Era todo cuanto podía evocar. Tenía que sobreponerse. Pierce sabía que si no retomaba su ritmo, no tardaría en estar acabado.

Se había quedado solo mientras Link y Bess disfrutaban de su luna de miel en las montañas. Tras recuperarse del impacto inicial, había insistido en que siguiesen adelante con sus planes. Los había expulsado de casa con una sonrisa en la boca, obligándose a mostrarse feliz y transmitirles alegría mientras un vacío absorbente se cernía sobre su propia vida.

Ya era hora de volver a lo único que le quedaba. E incluso eso le daba un poco de miedo. Ya no estaba seguro de que le quedara algún resto de magia.

Pierce dejó las cartas a un lado y se dispuso a preparar uno de sus números más complicados. No quería ponerse a prueba con algo sencillo. Pero no había hecho sino empezar a concentrarse y estirar las manos cuando levantó la cabeza y la vio.

Pierce miró fascinado el espejismo. Jamás se le había presentado una imagen tan vívida de Ryan. Hasta podía oír sus pasos por la mazmorra camino del escenario. Cuando percibió su fragancia, el corazón empezó a palpitarle. Se preguntó, casi con indiferencia, si estaba volviéndose loco.

– Hola, Pierce.

Ryan lo vio sobresaltarse, como si lo hubiese despertado de un sueño.

¿Ryan? -la llamó él, pronunciando el nombre con suavidad, dudando todavía de su presencia.

– La puerta no estaba cerrada, así que he entrado. Espero que no te importe.

Pierce siguió mirándola, incapaz de articular palabra. Ryan subió los escalones que daban al escenario.

– ¿Estabas ensayando?, ¿interrumpo?

Pierce siguió la mirada de Ryan y vio el frasco de cristal que tenía en la mano y los cubos de colores que había sobre la mesa.

– ¿Ensayando? No…, no importa -Pierce dejó el frasco. En el estado en el que se encontraba, no habría sido capaz de realizar ni el juego de cartas más elemental.

– No voy a tardar mucho -dijo ella sonriente. Nunca lo había visto tan descompuesto y estaba convencida de que jamás volvería a verlo así-. Quiero que hablemos de un contrato nuevo.

– ¿Contrato? -repitió Pierce, como hipnotizado por los ojos de Ryan.

– Sí, he venido por eso.

– Entiendo… Tienes buen aspecto -comentó. Estaba deseando tocarla, pero mantuvo las manos sobre la mesa. No volvería a tocar lo que ya no le pertenecía. Por fin, consiguió reaccionar y le acercó una silla-. ¿Dónde has estado?

Aunque sonó como una acusación, Ryan se limitó a seguir sonriendo.

– Fuera -contestó sin entrar en detalles. Luego dio un paso al frente-. Dime, ¿has pensado en mí?

Pierce dio un paso atrás.

– Sí, he pensado en ti.

– ¿Mucho? -preguntó Ryan al tiempo que avanzaba hacia él de nuevo.

– ¡Ryan, no! -dijo Pierce a la defensiva, retrocediendo otro paso más.

– Yo he pensado mucho en ti -continuó ella como si no lo hubiese oído-. Constantemente, aunque intentaba evitarlo. ¿Es posible que también hagas pócimas de amor?, ¿me has hechizado, Pierce? Porque he intentado odiarte y olvidarte con todas mis fuerzas, pero ha sido inútil ante el poder de tu magia -añadió, dando un nuevo paso hacia él.

La fragancia de Ryan le embriagaba los sentidos.

– No…, no tengo poderes sobrenaturales. Sólo soy un hombre, Ryan. Y tú eres mi debilidad. No me hagas esto -Pierce negó con la cabeza y se obligó a controlarse-. Tengo que seguir trabajando.

Ryan miró hacia la mesa y jugueteó con uno de los cubos de colores.

– Ya tendrás tiempo. ¿Sabes cuántas horas hay en una semana? -preguntó sonriente.

– No. Ya basta, Ryan… -dijo Pierce. La sangre le palpitaba en las sienes. La necesidad aumentaba hasta límites inmanejables.

– Ciento sesenta y ocho-susurró ella-. De sobra para recuperar el tiempo perdido.

– Si te toco, no dejaré que vuelvas a marcharte.

– ¿Y si te toco yo a ti? -Ryan le puso una mano en el pecho.

– No -la avisó de inmediato-. Deberías irte mientras puedas.

– Volverás a hacer esa fuga, ¿verdad?

– Sí… Maldita sea, sí -respondió Pierce. Los dedos le cosquilleaban, ansiosos por acariciarla-. Ryan, por favor, márchate.

– Así que la harás -prosiguió ésta-. Y en algún momento harás otras fugas, probablemente más peligrosas o, como poco, que den más miedo. Porque así es como eres. ¿No fue eso lo que me dijiste?

– Ryan…

– Pues ése es el hombre del que me enamoré -afirmó ella con calma-. No sé por qué pensé que podía o debía intentar cambiarte. Una vez te dije que eras exactamente como quiero y era verdad. Pero supongo que he tenido que aprender lo que eso significaba. ¿Todavía me quieres, Pierce?

Éste no respondió, pero ella vio que los ojos se le oscurecían, notó que el corazón se le aceleraba debajo de su palma.

– Puedo marcharme y llevar una vida muy tranquila y rutinaria -prosiguió Ryan, dando un último paso hacia Pierce-. ¿Es eso lo que me deseas?, ¿tanto daño te he hecho como para que me desees una vida de aburrimiento insufrible? Por favor, Pierce, ¿no puedes perdonarme? -murmuró.

– No hay nada que perdonar-contestó él mirándola a los ojos-. Por Dios, Ryan, ¿no ves lo que me estás haciendo? -añadió desesperado al tiempo que le retiraba la mano que le había puesto en el pecho.

– Sí, y me alegro mucho. Tenía miedo de que me hubieses expulsado de tu corazón. Voy a quedarme, Pierce. No puedes hacer nada para echarme -Ryan entrelazó las manos tras la nuca de Pierce y dejó la boca a un centímetro de la de él-. Dime otra vez que me vaya.

– No… No puedo -Pierce la aplastó contra su torso. Luego bajó la cabeza y se apoderó de su boca. Devoró sus labios en un beso ardiente y doloroso y notó que Ryan respondía con la misma fiereza-. Es demasiado tarde… No volveré a dejarte la puerta abierta, Ryan. ¿Entiendes lo que te digo? -murmuró sin dejar de abrazarla.

– Sí, te entiendo -Ryan echó la cabeza hacia atrás para verle los ajos-. Pero también estará cerrada para ti. Y pienso asegurarme de que no puedas saltar este cerrojo.

– Nada de fugas. Ninguno de los dos -dijo justo antes de capturar su boca de nuevo con tanta fogosidad como desesperación-. Te quiero, Ryan. Te amo. Lo perdí todo cuando me dejaste -afirmó mientras le cubría la cara y el cuello de besos.

– No volveré a dejarte -aseguró ella. Luego le sujetó la cara entre ambas manos para detener sus labios-. Me equivoqué pidiéndote que no hicieras la fuga. Me equivoqué al salir corriendo. No confiaba suficientemente en ti.

– ¿Y ahora?

– Te quiero, Pierce, tal como eres.

Éste la abrazó de nuevo y posó la boca sobre su cuello.

– Preciosa Ryan, eres tan pequeña, tan delicada. ¡Dios, te deseo tanto! Vamos arriba, a la cama. Deja que te haga el amor como es debido.

El pulso se le disparó al oír las palabras roncas y serenas de Pierce. Ryan respiró profundo, le puso las manos en los hombros y se apartó.

– Tenemos que resolver lo del contrato.

– A la porra el contrato -Pierce trató de abrazarla de nuevo.

– Ni hablar -Ryan dio un paso atrás-. Quiero que esto quede zanjado.

– Ya te firmé el contrato: tres especiales en tres años -le recordó Pierce impaciente-. Venga, ven.

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