– El señor Atkins lo espera, señor Swan.
– Hágalo pasar.
Swan se puso de pie cuando Pierce entró y, tal como había hecho la primera vez, cruzó el despacho con la mano extendida.
– Pierce -lo saludó jovialmente-, gracias por venir.
– Señor Swan.
– Bennett, por favor -contestó éste al tiempo que lo invitaba a tomar asiento.
– Bennett -accedió Pierce mientras se sentaba. Swan ocupó un asiento frente a él y se recostó.
– Bueno, ¿satisfecho con cómo va todo? Pierce enarcó una ceja.
– Sí.
Swan sacó un puro. El señor Atkins parecía hermético, pensó malhumorado. No iba a ser una conversación sencilla. Lo mejor, decidió Swan, sería abordar el tema mediante una aproximación indirecta.
– Coogar me ha dicho que los ensayos van viento en popa. Está preocupado -dijo sonriente-. Es muy supersticioso. Le gusta que haya muchos problemas antes de rodar. Dice que casi te las arreglas tú solo para dirigir el espectáculo.
– Es un buen director -comentó Pierce con tranquilidad mientras lo observaba encenderse el puro.
– El mejor -enfatizó Swan-. Estamos un poco preocupados con el número que está preparando para cerrar la actuación.
– ¿Por?
– Esto es televisión, ya sabes -le recordó Swan con una amplia sonrisa-. Esa fuga es demasiado larga.
– No puedo hacerla en menos tiempo -contestó Pierce-. Estoy seguro de que Ryan te lo habrá dicho.
Swan lo miró a los ojos.
– Sí, me lo ha dicho. Vino a verme anoche. Estaba desquiciada.
Pierce se puso un poco tenso, pero mantuvo la mirada de Bennett.
– Lo sé. Lo siento.
– Mira, Pierce, somos personas razonables -Swan se echó hacia adelante y soltó una bocanada de humo-. Esa fuga tiene una pinta fantástica. El reto de las tres cajas fuertes es apasionante; pero con una pequeña modificación…
– Yo no modifico mis números.
La contundencia de Pierce irritó a Swan.
– El contrato no está grabado en piedra -lo amenazó.
– Intenta romperlo si quieres -contestó Pierce-. Te traerá muchos más problemas a ti que a mí. Y al final no cambiará nada.
– ¡Maldita sea!, ¡la chica está muerta de miedo! -Swan dio un puñetazo sobre la mesa-. Dice que está enamorada de ti.
– Lo está -confirmó Pierce con serenidad, tratando de no dar importancia al nudo que se le había formado en el estómago.
– ¿Y se puede saber qué piensas hacer?
– ¿Me lo preguntas como padre o como director de Producciones Swan?
Swan frunció el ceño y soltó un gruñido ininteligible.
– Como padre -respondió finalmente.
– Estoy enamorado de Ryan -Pierce mantuvo la mirada de Swan-, Si ella quiere, pasaré el resto de mi vida a su lado.
– ¿Y si no? -replicó Swan.
Los ojos de Pierce se oscurecieron, algo frágil tembló en su interior, pero no dijo nada. Todavía no había querido pensar en esa posibilidad. Swan captó la indecisión de Pierce y decidió aprovechar aquel momento de vulnerabilidad.
– Una mujer enamorada no siempre es razonable -arrancó sonriente-. El hombre tiene que adaptarse.
– Son pocas las cosas que no haría por Ryan -contestó Pierce-. Pero no puedo cambiar lo que soy.
– Estamos hablando de un número -insistió Swan impaciente.
– No, estamos hablando de mi forma de vivir. Podría olvidarme de esta fuga -continuó sin dejarse intimidar por el ceño de Swan-. Pero después de ésta, habrá otra y luego otra. Si Ryan no asume esta fuga, ¿cómo aceptará las que vengan después?
– La perderás -advirtió Swan.
Pierce se levantó, incapaz de permanecer sentado ante tal perspectiva.
– Puede que nunca la haya tenido -contestó. Podría soportar el dolor, se dijo. Ya sabía cómo hacerle frente. Cuando continuó, había conseguido tranquilizarse-. Ryan tiene que tomar sus decisiones. Y yo tendré que aceptarlas.
Swan se puso de pie y le lanzó una mirada furiosa.
– Vaya forma de hablar para estar enamorado.
Pierce respondió con una mirada gélida que lo hizo tragar saliva.
– En una vida de ilusiones -dijo con voz rugosa-, ella es lo único que es real.
Luego se dio la vuelta y salió del despacho.
La actuación se emitiría a las seis en punto de la tarde. A las cuatro, Ryan ya había tenido que serenar a todo el equipo, desde atender las exigencias del director de iluminación a tranquilizar los nervios de uno de los estilistas de la peluquería. Nada como un programa en directo para desquiciar hasta a los profesionales más experimentados. En palabras de un tramoyista catastrofista, todo lo que pudiera ir mal, iría mal. No era el tipo de opiniones que Ryan quería oír en esos momentos.
Pero los problemas, las quejas, la locura que envolvía los últimos preparativos del especial la mantenían ocupada, sin darle ocasión a tirarse a llorar por las esquinas. La necesitaban y no le quedaba más remedio que mostrarse a disposición de los demás. Ryan sabía que si lo único que iba a quedarle después del espectáculo era una carrera prometedora, tenía que esforzarse al máximo por conseguir que el programa fuese un éxito.
Llevaba diez días evitando a Pierce, tratando de guardar las distancias para protegerse. Aunque estaban obligados a coincidir de vez en cuando, siempre era por motivos de trabajo. Por su parte, Pierce no había hecho el menor intento por salvar las barreras que ella había interpuesto entre ambos.
Estaba destrozada. A veces la asombraba cómo podía estar sufriendo tanto. Pero, aun así, prefería el sufrimiento. El dolor la ayudaba a reprimir el miedo. Habían recibido las tres cajas fuertes. Tras obligarse a examinarlas, había comprobado que la más pequeña tenía menos de un metro de altura y poco más de medio metro de ancho. Imaginar a Pierce doblado a oscuras en el interior de la caja le revolvía el estómago.
Estaba de pie, mirando el complejo sistema de seguridad de la cerradura de la caja más grande, cuando había intuido la presencia de Pierce detrás de ella. Al girarse, se habían quedado mirándose en silencio. Ryan había deseado abrazarlo, decirle que lo amaba; pero también se había sentido impotente y había terminado marchándose. Pierce no le había pedido que se quedara ni con gestos ni con palabras.
Desde entonces, Ryan se había mantenido alejada de las cajas fuertes, concentrándose en repasar y supervisar los últimos detalles de producción.
Había que revisar el vestuario. Un foco se había roto en el último momento. Había que sustituir a un técnico que se había puesto enfermo. Y el tiempo, el elemento más crucial de todos, había que ajustarlo al segundo.
Parecía que los imprevistos no tenían fin y Ryan no podía sino dar gracias de que surgieran. De ese modo no tenía tiempo para pensar. El público ya había ocupado sus asientos en el estudio.
Con el corazón en un puño, pero sin dejar que su rostro reflejara sus nervios, Ryan esperó en la cabina de control mientras el director de escenario daba la cuenta atrás final.
El espectáculo empezó.
Pierce estaba sobre el escenario, tranquilo, con todo controlado. El decorado era perfecto: todo estaba limpio y una tenue iluminación le daba un toque misterioso. Vestido con su traje negro, Pierce era un hechicero del siglo XXI, sin necesidad de varitas mágicas ni sombreros de copa.
El agua fluía entre las palmas de Pierce, sus dedos disparaban llamaradas de fuego. Ryan miró cómo clavaba a Bess en la punta de un sable; luego le hacía dar vueltas como una centrifugadora, hasta que le quitaba la espada y Bess seguía girando sin ningún punto de apoyo.
Elaine levitó sobre las llamas de las antorchas mientras el público contenía la respiración. Pierce la encerró en una burbuja de cristal transparente, la cubrió con una tela roja y la elevó tres metros por encima del escenario. Luego la hizo balancearse al compás de la música de Link. Cuando la bajó y retiró la tela, Elaine se había transformado en un cisne blanco.
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